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Crítica: L'Apothéose deslumbra en el XXVIII Festival Internacional de Arte Sacro

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27 de febrero de 2018

El excepcional conjunto español ofrece un concierto de nivel estratosférico, que sirve de justo y esplendoroso homenaje al patrimonio musical hispánico del siglo XVIII.

Trabajo, honestidad y autoexigencia como claves del éxito

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 25-II-2018. Real Basílica Pontifica de San Miguel. XXVIII Festival Internacional de Arte Sacro. Soberano manjar divino. Obras de José de Nebra, Juan Martín Ramos, Francesco Corselli, Francisco Hernández Illana y Juan Francés de Iribarren. Olena Sloia • L’Apothéose.

   Lo digo sin ambages, cuando uno escucha a L’Apothéose en directo tiene la sensación de estar presenciando un acontecimiento transcendente, de enormes dimensiones. ¿Cómo un cuarteto conformado por traverso barroco, violín barroco, violonchelo barroco y clave puede alcanzar cotas tan extraordinarias y lograr un nivel de excelencia que consigue impactar a los oyentes de forma tan poderosa? Simplemente por lo que reza el titular de esta crítica: trabajo, honestidad y autoexigencia, pero hasta límites insospechados. No conozco actualmente en España un conjunto instrumental historicista que trabaje con una plantilla estable de forma tan escrupulosa, y no solo eso, sino que ensaye cada semana, haga sol o truene, haya conciertos a la vista o no… Los miembros de la L’Apothéose han encontrado en su formación su jardín secreto, ese lugar en el que se sienten felices y del que no quieren salir, por eso el ensayo es un acto sagrado que no se puede transgredir. Este, además de su talento, es el verdadero logro de esta agrupación y lo que está provocando el ascenso meteórico que estamos presenciando. Personalmente me alegro mucho del mismo, pues considero a L’Apothéose como el conjunto historicista español de mayor interés y proyección en el próximo lustro.

   Para el presente recital, titulado Soberano manjar divino, han contado –como viene siendo habitual desde hace unos meses– con la colaboración de Ars Hispana [Antoni Pons y Raúl Angulo], quienes se han encargado de confeccionar para la ocasión un precioso y brillante programa que gira en torno a José de Nebra (1702-1768) –como homenaje a su figura en la efeméride del 250.º aniversario de su muerte–, en el que se han centrado en autores coetáneos sobre los que tuvo una notable influencia. De este modo, se seleccionaron algunas piezas inéditas y otras que, sin ser estreno en tiempos modernos, suponen también un evento mayúsculo, tanto por su calidad como por lo poco habituales que resultan sobre los escenarios españoles. Se inició la velada con No llores, dueño mío, bellísima Cantada de Reyes con violines [1759] –estreno en tiempos modernos–, del poco menos que ignoto Juan Martín Ramos (1709-1789) –desarrolló gran parte de su carrera como organista y maestro de capilla en la Catedral de Salamanca–, que destaca por una galante y refinada escritura, sin duda la más avanzada en el tiempo del programa, con algunos destellos casi de Clasicismo. A ti, invisible ruiseñor canoro es una fascinante Cantada de Reyes con violines y flauta [1749] de Francisco Corselli (1705-1778), uno de los grandes compositores del momento –italiano de nacimiento y español de adopción–, quien desarrolla en esta cantada una preciosa aria descriptiva de los cantos del ruiseñor, tañidos por la flauta en su diálogo con la tiple solista. Corselli, que fue profesor de música de los Infantes –primero–, así como maestro de la Real Capilla y rector del Real Colegio de los niños cantores –después–, es uno de los más destacados maestros del XVIII en España, y junto a José de Nebra –que fue vicemaestro de la Real Capilla durante su magisterio– brindó a España uno de los momentos más gloriosos en su historia musical. Desde luego, ninguno de los dos tiene mucho que envidiar al resto de compositores del momento –Bach aparte–.

   Francisco Hernández Illana (c. 1700-1780) es otro fantástico compositor ligado a diversas instituciones religiosas, en las que ostentó el magisterio de capilla: Catedral de Astorga, Corpus Christi de Valencia y Catedral de Burgos. De él se interpretaron dos exquisitas obras, realmente interesantes y contrastantes en estilo. Por un lado Soberano manjar, impresionante Cantada al Santísimo Sacramento con violón, en la que con el único sustento del violón obbligato y el bajo continuo se construye una excepcional muestra de su refinamiento, cuya aria final es un impresionante y expresivo movimiento lento de un impacto emocional elevadísimo. Por el contrario, su Recercada a 3 –otro estreno en tiempos modernos– es una impecable construcción puramente instrumental, en la que se toma como base un cantus firmus extraído del himno Pange lingua, que va pasando por distintas líneas, mientras las restantes se debaten en pasajes imitativos de una riqueza rítmica muy interesante. Fue sin duda la obra más sorprendente del concierto.

   Completaron el programa Escala de la gloria, una Cantada al Santísimo Sacramento con violines firmada por Nebra, que es, dentro de sus grandes ejemplos del género, de las menos conocidas e interpretadas. En ella se observa con meridiana claridad la magnífica, y tan personal, escritura melódica del autor bilbilitano, cuyo desarrollo en el género de la cantada encuentra parangón solo en algunos de los compositores europeos más destacados del momento. Por su parte, Juan Francés de Iribarren (1699-1767), otro de los magníficos autores en la España del XVIII –organista en la Catedral de Salamanca y maestro de capilla en la de Málaga–, estuvo muy bien representado en sendas composiciones: su fascinante «Tocata» de la cantada Prosigue, acorde lira [1740], que compone sobre una de las sonatas del Op. V del genial Arcangelo Corelli, desdoblando la escritura del violín solo en una pareja de violines, con una elegancia superlativa y sabiendo mantener la esencia corelliana de inicio a fin, incluso en la compleja fuga final. Se cerró el programa con Respira sin temor, brillante Cantada a la Purísima Concepción con violines y flauta [1750], majestuosa creación en la que traverso, voz, violines y continuo se engarzan con una sutileza y elegancia realmente magníficas.

   Un programa de este calibre –me veo obligado a recalcar la calidad de las composiciones, especialmente para aquellos descreídos repletos de complejos en cuanto a la creación musical hispánica de este período se refiere– necesita de unos intérpretes del nivel apropiado para sacarles todo el partido. Por ello, no puedo celebrar con mayor esperanza la unión entre L’Apothéose y Ars Hispana, pues ambos representan, en sus respectivas disciplinas, el saber hacer, la cultura del trabajo, el esfuerzo, el rigor y la pulcritud profesional como máximas. Si alguien debía triunfar en lo que va de edición del XXVIII Festival Internacional de Arte Sacro [FIAS] no eran otros que L’Apothéose, por pura justicia artística. Programa nuevo, con el aporte de una soprano y un segundo violín, pues así lo requería el repertorio. Un riesgo, sin duda, pero en cierto momento ellos supieron comprender que, teniendo una base tan sólida como la suya, el añadido de algunos miembros a su plantilla es una tarea que fluye con naturalidad cuando se hace con inteligencia y trabajo, sobre todo mucho trabajo. Personalmente no albergaba grandes esperanzas en cuanto al concurso de la soprano ucraniana Olena Sloia, a la que había visto en algunos vídeos. Me parecía una cantante interesante, pero alejada absolutamente de este repertorio. Que no hubiese cantado Barroco nunca antes no resultaba muy halagüeño. No comprendía cómo los miembros de L’Apothéose habían escogido a una cantante así para este concierto, con el riesgo con ello conllevaba. Pues bien, se ve que ellos supieron vislumbrar las capacidades de Sloia y lo que podía ofrecer en este repertorio. A fe que han acertado. Es una soprano de voz poderosa, con una notable proyección en el agudo, de timbre argénteo y una zona media bien aposentada. Su dicción del español resulta notable, por más que sufre el mismo problema de la mayoría de las sopranos de la actualidad en este repertorio, pues la comprensión del texto –especialmente en las arias– es casi ininteligible. Además, algunas consonantes resuenan con demasiada dureza. Aun con ello, su adaptación al medio ha sido casi milagroso: control muy inteligente del vibrato, interpretaciones realmente expresivas y bastante en estilo –queda quizá un giro de tuerca más–. Lo demás, la facilidad para la coloratura y una técnica sólida venían de serie, por lo que se postula como una interesante soprano para este repertorio. Desde luego, este estreno en el repertorio hispánico del XVIII augura grandes cosas si es que decide continuar por ahí.

   Por su parte, los cinco miembros de L’Apothéose brillaron al nivel superlativo al que nos están malacostumbrando. Lo de Laura Quesada roza el escándalo. Qué difícil es ver a un traversista con su fluidez y naturalidad, con esa aparente falta de esfuerzo, y que además es capaz de aportar ese extra expresivo tan magnífico a un instrumento que no destaca precisamente por ello. Aunque tuvo un papel menor al que está acostumbrada –por las exigencias del repertorio–, brilló sobremanera en las cantadas de Corselli e Iribarren, con un fraseo refinado, repleto de sutilezas y con un insultante dominio de los trinos y la ornamentación. Por su parte, impecable labor de Víctor Martínez y Roldán Bernabé en los violines barrocos, con un trabajo conjunto admirable y un desenvolvimiento técnico al que no es posible poner peros. El sonido conjunto fue realmente equilibrado y pulido al extremo, lo que en este repertorio –y con dos violines– es una absoluta prueba de fuego y una muestra de su calidad interprtativa. No menos brillante resultó la presencia de Carla Sanfélix al violonchelo barroco, una de las violonchelistas más interesantes de la actualidad en el terreno de la interpretación histórica. No se encuentra muchos intérpretes capaces de mostrarse igual de efectivos en el desarrollo del continuo –con un sonido siempre presente pero equilibrado, además de excepcionalmente cuidado– y en las partes solísticas –expresiva y emocionante al extremo en la cantada de Illana, por un lado, y brillante y descollante en la Recercada del mismo autor, por otro–. Para terminar, Asís Márquez, que es un excepcional clavecinista, capaz de ofrecer un continuo sólido, imaginativo y delicado a partes iguales. La calidad imperante y el detallismo apabullante de todo el ensemble se dejó ver de forma evidente en la pulcritud extrema de los unísonos, en un repertorio en el que hay por doquier: entre violines, violines con voz, voz con traverso, traverso con violines, violines octavados con violonchelo… En todos ellos –salvo alguna pequeña e insustancial ocasión– el resultado fue impecable e impactante. Ese –no tan pequeño– detalle sirvió para denotar con meridiana claridad la calidad y el concepto de trabajo conjunto al que estos intérpretes se someten de manera permanente. Son, por lo demás, extremadamente respetuosos para con este repertorio, con lo que hay sobre la partitura, algo a lo que los supuestos buques insignia de la interpretación bien informada de este país no acostumbran. Un lujo.

   Sinceramente, mucho tienen que brillar los que vengan detrás en lo que queda de FIAS 2018, porque el listón puesto por estos jóvenes talentos es muy difícil de superar. Diría que este no es solo el mejor concierto de lo que va de Arte Sacro, sino uno de los mejores que recuerdo en relación a las dos anteriores ediciones, pero también uno de los conciertos más exquisitos que he tenido el placer de disfrutar en lo que va de temporada. Que esta unión L’Apothéose/Ars Hispana dure, y dure mucho, porque el maravilloso patrimonio musical español se merece a unos investigadores e intérpretes de esta calidad. Lo demás simplemente no hace justicia...

Fotografía: Jaime Massieu.

Autor:Mario Guada
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