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Crítica: «L'italiana in Londra», de Domenico Cimarosa, en la Oper Frankfurt

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Autor: Raúl Chamorro Mena
8 de noviembre de 2021

El bien engrasado mecanismo de la siempre esmerada labor global, seña de identidad de la Ópera de Frankfurt, volvió a funcionar como un reloj en esta animada comedia de enredos amorosos, con toques eróticos y humor del absurdo, localizada en un hotel londinense regentado por la italiana Madama Brillante.

Cimarosa en Frankfurt

Por Raúl Chamorro Mena
Frankfurt, 5-XI-2021, Opernhaus. L'Italiana in Londra, de Domenico Cimarosa. Angela Vallone [Livia], Bianca Tognocchi [Madama Brillante], Theo Lebow [Sumers], Iuri Samoilov [Milord Arespingh], Gordon Bintner [Don Polidoro]. Frankfurter Opern- und Museumsorchester. Dirección musical: Leo Hussain. Dirección de escena: RB Schlather.

   El intermezzo, obra ligera de argumento más bien insustancial, servía de intermedio contrastante en Nápoles y Venecia a interpretar en las representaciones de las más sesudas y pesantes óperas serias. Domenico Cimarosa perfeccionó y dotó de mayor enjundia a estas creaciones mediante las ocho que estrenó en el Teatro Valle de Roma. Entre ellas se encuentra L'Italiana in Londra (1778), obra que la Ópera de Frankfurt y ante la desidia de los teatros italianos, ha tenido la feliz iniciativa de programar, con lo que, asimismo, reivindica a un gran compositor hoy día oscurecido por los titanes Mozart y Rossini.

   El bien engrasado mecanismo de la siempre esmerada labor global, seña de identidad de la Ópera de Frankfurt, volvió a funcionar como un reloj en esta animada comedia de enredos amorosos, con toques eróticos y humor del absurdo, localizada en un hotel londinense regentado por la italiana Madama Brillante. Las limitadas posibilidades del Teatro Valle conllevaban la ausencia de coro y la presencia de sólo cinco personajes de distintas nacionalidades –los tópicos y prejuicios entre distintas naciones están muy presentes en la obra– de los que saldrán dos parejas en el obligado final feliz.

   La preceptiva orquesta en formación camerística ofreció un sonido refinado, pulidísimo y de texturas diáfanas, bajo la dirección de Leo Hussain, a cargo también del clave en los recitativos. Un trabajo meticuloso, ágil y con un impecable acompañamiento a las voces el del director británico, al que sólo cabría reprochar un punto de fantasía e inspiración.

   Bien conjuntados y rebosantes de frescura juvenil los cinco intérpretes. Modesto timbre, sin esmalte y duro de emisión el de Bianca Tognocchi como Madama Brillante, quien regenta la casa de huéspedes, ampara a la enamorada abandonada Livia y «se trabaja» a Don Polidoro, arrogante italiano de cadenas y pelo en pecho, del que está enamorada, pero que no le hace caso en su fascinación por «Enriqueta de Marsella», que no es otra que la propia Livia. Sin embargo, Tognocchi atesoró la articulación más nítida del idioma y los acentos más intencionados en los recitativos. Angela Vellone, de timbre más bello con atractivo centro y canto elegante, adoleció, lástima, de registro agudo sn resolver técnicamente. Sensual, con cierto empaque se mostró en lo interpretativo y con un toque de ironía, así como muy entregada en su gran escena dramática del segundo acto, propia de una ópera seria. En el reparto masculino destacó el barítono Gordon Bintner que a pesar de su italiano mejorable y timbre gutural, ingrato y nasal, «clavó» el personaje de Don Polidoro, italiano pagado de sí mismo que, sin embargo, se cree de forma disparatada que una piedra le confiere el don de la invisibilidad. Realmente hilarante –el público reía a carcajadas– fue verle deambular sobre el escenario entre los demás personajes creyéndose invisible con la mano aferrada a la piedra. Timbre desvaído, corto y escaso de volumen el del tenor Teo Lebow, creíble, sin embargo, en su encarnación escénica del comerciante holandés Sumers. El menos interesante del elenco fue Iurii Samoilov de timbre gris, pobre dicción del italiano, además de envarado sobre el escenario en el papel del Lord inglés que ha abandonado a Livia y al que su padre ordena regresar de Jamaica para casar con una dama inglesa.

   La puesta en escena del neoyorquino R.B. Schlather se fundamenta en una enorme plataforma móvil cilíndrica que, con su constante movimiento, expresa el dinamismo de la acción con la animada entrada y salida de los personajes. Eso sí, con ello compensó en cierto modo, que este elemento escénico resulta demasiado grande, comiéndose gran parte del escenario. En definitiva, un montaje moderno, pleno de vitalidad juvenil, que respeta obra tan escasamente representada y la sirve de manera apropiada, con encomiable consideración hacia Cimarosa. El público se divirtió y aplaudió con generosidad.

Fotografías: Monika Rittershaus.

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