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Crítica: Los Afectos Diversos interpretan a Tomás Luis de Victoria en el ciclo «Salamanca Barroca» del CNDM y la USAL

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Autor: Álvaro de Dios
17 de abril de 2021

Los Afectos Diversos, una de las más prometedoras formaciones españolas del momento, ofrece su particular revisión de la excelsa música de tres compositores renacentistas, pero a la vez avanzadilla de la nueva retórica barroca, ganándose por méritos propios un puesto de privilegio entre las interpretaciones de referencia.

De contingencias y necesidades

Por Álvaro de Dios | @Kynkos
Salamanca. 14-IV-2021. Capilla del Colegio del Arzobispo Fonseca. CEntro Nacional de Difusión Musical y Universidad de Salamanca [Salamanca Barroca]. Officium Defunctorum – Novo modo. Obras de Tomás Luis de Victoria, Manuel Cardoso y Duarte Lôbo. Los Afectos Diversos: Armelle Morvan, Carmen Botella, Julieta Viñas y Cristina Teijeiro [sopranos], Jorge Enrique García y Hugo Bolívar [altos], Fran Braojos, Diego Blázquez, César Polo y Ariel Hernández [tenores], Javier Cuevas y Ales Pérez [bajos]; Laura Puerto [órgano y arpa de dos órdenes], Manuel Vilas [arpa de dos órdenes] | Nacho Rodríguez [dirección].

   Vaya usted a saber por qué extraña conexión mental, uno escucha los primeros compases de esta música y no puede evitar acordarse de aquella gloriosa escena de la película del añorado Cuerda, cuando se pide que la muchacha de un alcalde muy necesario sea comunal, a la vez que se reflexiona sobre lo contingente y lo necesario.

   Pues precisamente esa inocente escena nos sirve para estructurar nuestra relación con el acontecimiento musical en torno a Victoria. Sí, la definición no es una errata, por cuanto que la cosa trascendía de un «simple» concierto y, aunque vinieron grandes autores como Cardoso y Lôbo, el programa giraba inequívocamente en torno a Tomás Luis de Victoria. Traemos aquí la explicación de Nacho Rodríguez sobre cómo lo diseñó, concebido como «un camino desde el dolor inicial hacia la redención del último motete; como una especie de narrativa y de homenaje a Victoria, del mismo modo que su Officium Defunctorum era un homenaje a su querida emperatriz». Así que, sin más preámbulo, empecemos a reclamar la necesidad y la «comunalidad» de esta música; a estas alturas del pastel, podría pensarse que Victoria –Duarte Lôbo y Manuel Cardoso sabrán perdonar que los situemos en un plano muy ligeramente inferior a la magnificente figura del abulense– es un compositor suficientemente comunal y sobradamente necesario, pero uno tiene sus dudas. Ninguna en cuanto a la necesidad de volver continuamente sobre su obra, dada la extraordinaria altura de la misma, como refleja cierto revelador paralelismo con la obra de Bach, ya que tanto el español como el alemán soportan bien casi cualquier opción interpretativa, lo que habla de la calidad de sus composiciones. Sin embargo, sí existe alguna incertidumbre en cuanto a la difusión y el conocimiento de Victoria fuera de círculos especializados –profesionales y aficionados avanzados–, porque no es, ni mucho menos, un compositor tan conocido como merece, ni es tan habitual en los circuitos como nos gustaría, esa es la triste realidad. Victoria es necesario, tanto como cualquier otro de su época con más renombre –y no digamos nada entre los más modernos–, porque sus méritos exigen un reconocimiento más global del que tiene.

   Por otra parte y desde la máxima humildad, toca admitir que este es uno de esos conciertos que hacen replantearse un poco el sentido de esta afición a criticar conciertos y el sentido de la crítica misma. Existen tantos estilos de crítica como críticos: si dicen que todo español lleva dentro un entrenador de fútbol, es plausible pensar que todo músico lleva dentro un crítico, a ver por qué no. No es nuestra función criticar a la crítica, pero sí conviene establecer una máxima de trabajo: la crítica debe aportar algo que justifique su existencia. Una tribuna dedicada a difundir obviedades, se antoja tan carente de sentido como esas otras consagradas al «todo mal», sin sugerir alternativas constructivas. Porque la crítica debe aportar algo constructivo al concierto, más allá de señalar cualquier imperfección irrelevante o subrayar la opinión del crítico, que nunca va a ser más que eso, una opinión. Es justo esa necesidad de aportar la que se ve extraordinariamente complicada en un concierto tan bueno como el que pudimos disfrutar –adelanto: hasta el éxtasis– el 14 de abril en la capilla de Fonseca, uno de esos conciertos que permanecen en la memoria sin fecha de caducidad.

   Partamos de una premisa absoluta que espero compartamos todos, salvo algún despistado: lo verdaderamente importante y trascendental es la música objeto de la interpretación y las circunstancias que la rodean y explican. En este aspecto, nada podemos añadir a lo expuesto por un tipo como Nacho Rodríguez, al que adornan por igual una exquisita sensibilidad musical y erudición sobre las partituras que maneja. Tomando en consideración sus excelentes explicaciones en las notas al programa, nos enfrentamos a una música que aúna el más alto nivel técnico y contrapuntístico en su escritura, junto a una expresividad que la asoma a la modernidad venidera, porque Victoria es moderno; en menor medida que Cardoso –que por algo es posterior–, pero esas disonancias y esa expresividad lo hacen moderno en su época, sin discusión. El portugués transita otros caminos más avanzados, más cercanos al madrigalismo: es igualmente brillante, pero es «otra cosa».

   Es frecuente encontrar pasajes en autores menores en los que parece que momentáneamente se pierde el hilo del discurso y escasea la inspiración, algo que no ocurre en la obra de Victoria. Los motetes son vívidos, y la música rezuma devoción por el texto, con el que va indisoluble y perfectamente ligada en una concepción a la que cuesta encontrar la más mínima fisura. Resulta un tanto sorprendente la inclusión de las arpas en la plantilla, pero no es en absoluto caprichosa, sino fruto de una decisión perfectamente meditada y argumentada por el director; a tenor del resultado, estamos seguros de que pronto será más habitual y menos sorprendente en futuras interpretaciones de esta música. Del mismo modo, celebramos unos tempi ligeramente más rápidos de lo habitual, que permiten que la música camine y respire con naturalidad. En palabras de Nacho Rodríguez, esta elección da mayor visibilidad a la riqueza de cambios modales, disonancias ya avanzadas, y otros elementos modernos que están continuamente en la pieza. Se explica que no tengamos nada que añadir a este respecto.

   ¿Y cómo suena? No exagero si digo que lo que realmente apetece es abandonar la escritura y la reflexión, saltar al escenario y hacerse un huequecito entre los intérpretes para participar activamente en semejante fiesta musical. Pero como las capacidades no acompañan –y seguramente resultaría un tanto inapropiado– toca conformarse con la más incondicional entrega al disfrute, dejando la crítica como una labor puramente contingente. No vamos a perder nada si no se escribe, hacedme caso.

   Las líneas flotan aéreas y se elevan, tornando contundentes cuando el texto lo exige. Es un oficio de difuntos que respira y tiene una luminosidad arrebatadora, de algún modo precursora de los trabajos modernos de Pizzetti o Fauré. Y si es luminoso, hagámoslo brillar, como nos propone Los Afectos Diversos con esa concepción viva, tan alejada de otros Victoria graves y pesados.

   Si la propia música y el diseño del programa ya han hablado por sí mismos, reduciendo cualquier posible necesidad de estas letras, la interpretación arroja otra capa de contingencia a nuestro trabajo, porque se antoja sencillamente perfecta y sospecho –garantizo– que no soy el único que lo piensa, a tenor de la intensidad y duración de los aplausos del público al terminar el concierto. El sonido es un bloque imperturbable, perfectamente equilibrado en la distribución de pesos entre las distintas líneas y con una contundente potencia en las partes homofónicas. Los músicos se gustan, están disfrutando y por ello nos están haciendo disfrutar a los oyentes. Gozan de una máxima precisión en los finales y en las consonantes trampa, todo ello con la más perfecta afinación, que aunque debería presuponerse en grupos de este nivel, no siempre acude a la cita; conocemos bien la exigencia casi obsesiva de Nacho Rodríguez con ese asunto, así que por ahí no hay caso.

   Victoria suena con una monumentalidad acorde a su figura, con el nivel de terminación sólida de un edificio a prueba de las siete plagas y un desastre nuclear. Sólido, sí. Y delicado cuando toca. Y siempre expresivo y emocionante, solventando cualquier reto técnico con mucha altura. Maravillan también órgano y arpas doblando las voces, aportando su granito de exquisito gusto y color tímbrico. Fue una delicia escuchar todo, todo –Victoria, y Cardoso y Lôbo–, aunque personalmente destacaría un Sanctus absolutamente catedralicio, más grande que el mismo mundo.

   Tanta perfección no queda ensombrecida por un par de mínimos desajustes apenas perceptibles en alguna intonatio, que reflejamos únicamente por constatar la condición humana de los intérpretes y no porque les concedamos la más mínima importancia en lo transmitido al oyente. A fin de cuentas, es harto dudoso que la interpretación original a cargo de los canónigos de la capilla de las Descalzas Reales tuviera un cariño y cuidado por el detalle ni remotamente parecidos al que ponen los cantantes profesionales contemporáneos. De hecho, uno se pregunta por qué formaciones como esta no están grabando discos como rosquillas, o por qué no están presentes en las conversaciones de todo melómano que se precie; tenemos una brillantísima generación de músicos españoles muy bien preparados, que se han formado sólidamente en los mejores centros europeos, son ambiciosos en el diseño y ejecución de programas, pero probablemente no están contando con todo el apoyo institucional que merecen. Contamos en este país con un buen puñado de músicos excelsos, a los que ha tocado luchar contra el brillo –frecuentemente snob– de lo extranjero, que tienen un argumentario suficientemente amplio como para no tener nada que envidiar a nadie, incluyendo a cualquiera de las vacas sagradas de la interpretación historicista; de hecho, la cercanía que aporta una pronunciación más natural, las arpas y unos tempi más ligeros, nos hacen preferir a los Afectos sobre la escuela inglesa, por citar un ejemplo. Reivindiquemos a Victoria, sí, pero también a los magníficos grupos españoles que lo estudian.

   Así pues, no conviene extenderse más de lo que ya hemos hecho acerca de un concierto épico en el que, siempre para bien, el trabajo venía hecho de antemano –gracias Victoria, gracias Afectos, gracias Nacho–, reduciendo estas líneas a una mera contingencia, cuya lectura igualmente os agradezco.

   Pero mientras haya quedado claro que queremos que Victoria sea comunal, porque es necesario, daremos por bueno todo lo demás.

Fotografías: USAL/CNDM.

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