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Crítica: Marc Soustrot dirige las dos primeras sinfonías de Brahms con la Sinfónica de Sevilla

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Autor: Álvaro Cabezas
10 de abril de 2022

El Teatro de la Maestranza acoge un concierto de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla bajo la dirección de Marc Soustrot

Marc Soustrot

Primera parte de la integral sinfónica de Brahms 

Por Álvaro Cabezas | @AlvaroCabezasG
Sevilla, Teatro de la Maestranza. 7-4-2022. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla; Marc Soustrot, director. Programa: Primera sinfonía en do menor, op. 68 y Segunda sinfonía en re mayor, op. 73 de Johannes Brahms.

   La ejecución de integrales de determinados autores siempre reviste ribetes de interés musical. La de tipo sinfónico más interpretada es, seguro, la beethoveniana, aunque el que se lleve a cabo requiere un enorme esfuerzo, estudio y dedicación por parte de programadores, músicos y directores, que pueden articular una temporada entera partiendo de esa base y, así, distribuir los programas a lo largo de varios meses o –solo en el caso de las grandes orquestas–, disponerlos en días consecutivos. La integral sinfónica de Brahms requiere menos arrojo que la del compositor de Bonn desde un punto de vista organizativo, ya que son cuatro las piezas que la contienen y, en ese terreno, la Sinfónica de Sevilla ha devenido en auténtica especialista al interpretar al de Hamburgo una y otra vez y con notable éxito (todavía recuerdo con emoción la 1ª y  la 4ª sinfonía de este compositor que dirigió Pedro Halffter en octubre de 2011 y junio de 2012 en el Teatro de la Maestranza). Una vez tomada la decisión de programar este ciclo, la clave estribaría en la disposición de cada una de las cuatro sinfonías –comparadas alguna vez con los cuatro evangelios de la música–, en dos programas de concierto. Teniendo en cuenta que dos de ellas –la 1ª y la 4ª–, están escritas en tonalidad menor y las otras dos –la 2ª y la 3ª–, en tonalidad mayor, han podido resultar infructuosos los intentos de combinar las dos más, digamos, más tremendas –1ª y 4ª–, y las dos más, podríamos decir, animadas –2ª y 3ª–, tal y como hizo Lorin Maazel con la Philharmonia en Madrid los días 23 y 24 de junio de 2001. Lo más efectivo y enriquecedor es buscar el contraste entre unas y otras y, por ello, han sido frecuentes las combinaciones de la 1ª con la 3ª y la 2ª con la 4ª, tal y como propuso Daniele Gatti con la Wiener Philharmoniker en el Auditorio Nacional de la capital en septiembre de 2011. A pesar de ello, lo más natural y adecuado parece ser la mezcla determinada por Marc Soustrot para esta integral ofrecida en la presente temporada en dos conciertos –este de abril y el siguiente de junio–: seguir el orden lógico y numérico: la 1ª y la 2ª por un lado y la 3ª y la 4ª por otro. Así funcionan de una forma unitaria y original y sirven para conmemorar en Sevilla el CXXV aniversario del fallecimiento del compositor.

Marc Soustrot con la Sinfónica de Sevilla

   Creo que la calidad demostrada por la orquesta y la categoría de su director titular y artístico es más que suficiente para haber conseguido la admiración de toda Europa si hubieran paseado este ciclo por las principales salas de concierto de nuestro continente. Podrían pasar por una orquesta alemana, tal fue la compostura estética, la densidad y lentitudes de determinados pasajes, el ambiente creado alrededor de la interpretación, la confianza, el recreo de detalles y la lozanía musical. En demasiadas ocasiones se acomete este repertorio desde la obsesión por el fraseo y parsimonia celibidachiana o furtwängleriana sin tener en cuenta que los testimonios históricos (y desde luego antológicos), que quedan de esos grandes maestros ya cuentan con (en algunos casos), más de medio siglo de antigüedad. Hoy nuestro mundo es muy distinto y, con ello, nuestra manera de escuchar la música y no hay nada mejor que una propuesta libre de ataduras y complejos como la que nos hizo el jueves el director francés, un lujo para nuestra orquesta y nuestra ciudad. Perfecto conocedor del terreno en que se movía, utilizando siempre movimientos expansivos, naturales y hasta demasiado directos en ocasiones, Soustrot consiguió un sonido sedoso y bellísimo y una interpretación, en líneas generales, (salvo algún gazapo inexcusable) totalizada y homogeneizada, perfectamente parangonable con la que se pueda ofrecer en los grandes enclaves musicales de nuestro tiempo. Al éxito contribuyó, por supuesto, el silencio y atención de un público fiel que, aunque cada vez menos numeroso, esquivó cada uno de los obstáculos dispuestos para llegar al Paseo de Colón y disfrutar y celebrar con cariño los logros de su orquesta.

   En la Primera sinfonía, la lectura del maestro galo fue antes tupida que luminosa, ya que se centró con mucho mayor estímulo en los movimientos extremos que en los dos intermedios. El arranque del primero resultó muy clarividente de por dónde iba a transitar el director. Las cuerdas se mostraron enérgicas y las maderas precisas, no como los metales, que no siempre convidaron al respetable con ese color dorado y profundo que requiere la obra. El segundo y tercer movimiento fueron menos expresivos, pero suficientemente evocadores de la gracia y la bruma y el último, bien planificado, contó con una destacada intervención de la concertino Alexa Farré Brandkamp, pero no fue del todo bien resuelto al no reproducir la orquesta el encanto de la parte acometida por la solista. Tras la pausa, en la Segunda sinfonía, Soustrot, con ritmo muy vivo y acuciante, fue desgranando cada una de las virtudes de la misma consiguiendo aquí un final de mayor trascendencia y brillantez, rotundo y lleno de hermosura, que provocó el cariñoso reconocimiento del público asistente. En definitiva, programar un ciclo de Brahms nunca pasa de moda, ya que obras como estas no se agotan a pesar de la permanencia que tienen en la memoria reciente del oyente y los abonados de Sevilla –cada vez más regenerados y rejuvenecidos, integrados en algún porcentaje por un público novel que demuestra su compromiso y entusiasmo en cada cita–, pueden contarse entre los pocos y afortunados melómanos españoles que disfrutan de una orquesta que ha recobrado la forma y el nivel con el trabajo alentado por dos maestros franceses –Plasson y Soustrot–, quienes, en el ejercicio del disfrute de su veteranía quieren tributar, en esta etapa de su carrera artística, sus más esmeradas versiones de la ópera o el sinfonismo a la ciudad de Sevilla. Un auténtico privilegio.

Fotos: Guillermo Mendo

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