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Crítica: María Espada, la Orquesta Barroca de la Universidad de Salamanca y Enrico Onofri cierran la temporada del 'Universo Barroco' [CNDM]

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8 de junio de 2018

El conjunto historicista salmantino y la soprano emeritense ofrecen un bellísimo programa, con ciertas irregularidades, pero que supone un exquisito cierre de temporada en uno de los ciclos estrella del CNDM.

Galante es igual a calidad

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 06-VI-2018. Auditorio Nacional de Música, sala de cámara. Centro Nacional de Difusión Musical. Universo Barroco. Música de Tommasso Traetta, Gennaro Manna, Alessandro Scarlatti, Juan Martín Ramos, Antonio Sacchini y Niccolò Jommelli. María Espada • Orquesta Barroca de la Universidad de Salamanca | Enrico Onofri.

Ser galante, en general, es buscar el agrado.
François-Marie Arouet, «Voltaire».

   Como es habitual en la historiografía que presta su atención en las artes, existen ciertas etiquetas que, con el paso –y peso– del tiempo, se yerguen como una losa implacable sobre aquello que acompañan. El término galante –en sus diferentes formas– es, a buen seguro, uno de los más crueles de cuantos se adhieren a la historia de la música. No solo es su momento algunas de sus variantes fueron utilizadas como elementos más hirientes que elogiosos, sino que hoy día este Styl galant es notablemente menospreciado por una buena parte de los intérpretes especializados en el repertorio barroco, que lo consideran un repertorio menor, una especie de híbrido de escaso interés. El presente concierto, que se encargó de poner el cierre al ya célebre ciclo Universo Barroco del Centro Nacional de Difusión Musical, se sustentó sobre dos pilares que considero de sumo interés y que necesariamente han de comentarse: I. poner en valor este repertorio, el de autores relativamente poco conocidos, pero cuya calidad musical queda claramente atesorada con los pocos ejemplos sobre los que se configuró el programa; y II. la oportunidad de poder ver a una orquesta barroca española con una formación grande –por fin y con la venia de la Orquesta Barroca de Sevilla– sobre los escenarios del CNDM. Mucho hemos hablado ya del evidente agravio comparativo, de esta y otras instituciones, públicas y privadas, existente con relación a los conjuntos especializados foráneos frente a los nacionales.

   La Orquesta Barroca de la Universidad de Salamanca, conjunto formado allá por 1990, toma la mayor parte de sus miembros –aunque mantiene un núcleo estable de profesionales consagrados– de los alumnos que pasan por la formación de su Academia de Música Antigua, la cual –junto con la orquesta– ha tenido entre su profesorado y directores a varias de las figuras de mayor trascendencia en el panorama mundial de la interpretación con criterios históricos. De todos ellos, sin duda el violinista italiano Enrico Onofri es uno de los pilares fundamentales en la consolidación del conjunto en los últimos años sobre la escena musical española. Acudieron a este concierto con una sustanciosa plantilla conformada por una nutrida sección de cuerda [5/5/4/2/1], dos trompas barrocas, dos oboes barrocos y el habitual sustento de la tecla –clave y órgano positivo– para el continuo.

   El precioso programa se imbricó con una serie de autores italianos, la mayor parte de ellos bien napolitanos o de localidades bajo su área de influencia, a los que sumar al español Juan Martín Ramos (1709-1789), zamorano que desarrolló gran parte de su carrera como organista y maestro de capilla en la Catedral de Salamanca–, del que se interpretaron dos exquisitas composiciones: la Lamentación del Sábado «Aleph quomodo» [1749] –de gran belleza, pero en un estilo más solemne, sin duda la más alejada en lo estilístico del resto del programa– y su Cantada al Santísimo «Si el Amor flechas arroja» [1755] –esta sí es un estilo muy cercano al napolitano del momento, con giros que recuerdan en ocasiones a autores como Pergolesi–. La estructura del programa contrapuso obras vocales con acompañamiento estricto de violines y continuo a una serie de composiciones para orquesta de cuerda con oboes y trompas, en la que sin duda la Orquesta Barroca de la USAL brilló con un esplendor fastuoso. De entre las obras puramente orquestales no cabe destacar especialmente una sobre el resto, dada su calidad compositiva y la capacidad de la OBUSAL para construir un sonido realmente compacto, con una gran actuación de los oboes de Rodrigo Gutiérrez y Jacobo Díaz –modélica su afinación y empaste en la impresionante «Periodical Ouverture» en Mi bemol mayor de Niccolò Jommelli (1714-1774)–, así como los trompistas Miguel Olivares y Jairo Jiménez.

   Tanto la sinfonía de Sofonisba [1762] –del magnífico operista Tommasso Traetta (1727-1779), en la que destacó su movimiento final, marcado singularmente como Allegrissimo e strepitosissimo–, como la Ciaccona en Do menor –obra de otro magnífico operista, pero también creador de oratorios, Antonio Sacchini (1730-1786), en la que el bajo se difumina tanto que en muchos momentos no se reconoce la escucha de una chacona–, y la sinfonía del Concerto grosso en Do menor –firmada por Alessandro Scarlatti (1660-1725) dentro de su serie de 12 sinfonie di concerto grosso, comenzada en 1715– son exquisitos ejemplos de la más refinada música orquestal en el llamado Stile galante, en el que destaca claramente una inclinación muy marcada por la creación de melodías agradables, pero no por ello faltas de sustancia, ni tampoco un notable rigor en el tratamiento contrapuntístico, como se puede observar en muchos de sus pasajes. Son obras que llegan de forma muy directa al oyente –merced precisamente a esas melodías tan bien concebidas–, pero en las que es posible atisbar momentos cualitativamente elevados. Personalmente encuentro en esta mixtura algo no solo muy agradable auditivamente, sino realmente satisfactoria en términos intelectuales y expresivos.

   En cuanto a las obras vocales, a las ya mencionadas de Martín Ramos, hay que sumarle el magnífico Canto solo «In incendio beato», de Gennaro Manna (1715-1779), otro autor bregado en la escena y la creación de obras sacras de sumo interés –uno de los compositores napolitanos de su generación, a mí entender–, cuyo aria conclusiva es un dechado de refinamiento y exquisitez melódica; así como su Lamentazione III del Giovedì Santo, que se construye con una particularidad en relación a otras obras del género, pues repite hasta en tres ocasiones cada una de las tres letras hebraicas presentes aquí [Aleph, Beth y Ghimel] para introducir un total nueve movimientos que se sostienen sobre breves y poéticos versos, para cerrar el último movimiento con el habitual «Ierusalem, convertere ad Dominim Deum tuum».

   Dicha parte vocal corrió a cargo de la soprano María Espada, bien conocida en sus lides por los repertorios de los siglos XVII y XVIII, en los que se ha especializado. La emeritense continúa atesorando un hermoso timbre, con una dicción notable para lo que suele ser habitual sobre los escenarios nacionales, aunque parece que la brillantez que su voz poseía antaño se ido difuminando cada vez más con el paso del tiempo, siendo todavía una cantante joven. Ya no es aquella soprano de voz refulgente, límpida, casi prístina. Todavía alberga momentos realmente buenos, que dejan ver la esencia de su talentosa voz, pero ha adquirido una peligrosa tendencia a la ejecución de elementos extraños al canto, especialmente cuando salta hacia el agudo –golpes de glotis y brusquedad notables–, mostrando además algunos problemas de afinación más acusados que antes. Por otro lado, algunas de las obras presentan pasajes un tanto graves para su voz, por lo que –sumado a momentos en los que la orquesta debió trabajar en planos dinámicos más bajos– en ciertos puntos su línea de canto se hizo casi inaudible. No obstante, maneja bien la proyección de la zona media-agua y presenta una claridad expresiva que es muy de agradecer en este repertorio, añadiendo el punto justo de expresión, sin resultar rebuscada ni antinatural.

   A lo ya comentado del viento en la OBUSAL, hay que sumar una trabajada sección de cuerda –no puede ser de otra forma estando Onofri al frente, con la siempre inestimable ayuda de Pedro Gandía como estelar concertino secondo–. Especialmente solvente las cuatro violas barrocas de Iván Braña, Clara García, Raquel Tavira y Joseph Lowe, de sonido muy empastado, bien equilibrado y cuidado, que desde la parte derecha de la orquesta aportaron un gran color al resultado global. La nutrida sección de violines se mostró con claroscuros. Aunque brillaron más los claros, algunos desajustes rítmicos y ciertos problemas de afinación se hicieron notables a lo largo del concierto. Aun con ello, una actuación encomiable y digna de alabanza, sobre todo teniendo en cuenta que la orquesta se renueva con uno o dos años de manera importante. Excepcional, como es habitual, la labor de Merdeces Ruiz al violonchelo barroco –acompañada para la ocasión por Elsa Pidre–, aportando inteligencia, color, firme sustento y calidez sonora. Mención especial –aunque no por lo ajeno de su calidad, sino todo lo contrario– para Alfonso Sebastián, quien desde el clave y el órgano positivo aportó su habitual sapiencia desplegada en un continuo rico, sabiamente ornamentado, colorista en su justa medida y tremendamente expresivo. No me cansaré de decirlo: tener a Sebastián en este país es un lujo al que todavía no le hemos dado el valor que justamente merece.

   Un concierto de alto nivel e importante ya que que pone en valor un repertorio injustamente maltrecho y presenta a una orquesta barroca española en las condiciones que merece una institución como el CDNM –ahora bien, habría que ver en qué condiciones económicas ha acudido la orquesta, porque por algún lado la cosa no cuadra con lo que solemos presenciar en prácticamente todos los casos similares–. Como respuesta a los cálidos aplausos del público –un tanto menos ruidoso de lo habitual–, tuvieron a bien ofrecer un magnífico regalo en forma de José de Nebra (1702-1768), con su descomunal aria «Llegar ninguno intente», de la no menos excepcional zarzuela Para obsequio a la deidad nunca es culto la crueldad y Iphigenia en Tracia [1747], que sirve para volver a demostrar –por si alguien albergaba todavía algún tipo de injustificada duda– que Nebra es no solo un absoluto genio, sino también uno de los más importantes compositores de todo el XVIII europeo. Otro lujo que en España todavía no estamos paladeando al nivel que requiere…

Fotografía: Centro Nacional de Difusión Musical.

Autor:Mario Guada
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