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Crítica: «Norma» de Bellini en el Teatro Real con Yolanda Auyanet y Marco Armiliato

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Autor: Óscar del Saz
5 de marzo de 2021

Norma no es sólo el ‘Casta Diva’

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 3-III-2021. Teatro Real. Norma (Vincenzo Bellini) (1801-1835). Yolanda Auyanet (Norma), Michael Spyres (Pollione), Clémentine Margaine (Adalgisa), Roberto Tagliavini (Oroveso), Berna Perles (Clotilde), Fabián Lara (Flavio). Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Dirección musical: Marco Armiliato. Dirección de escena: Justin Way. Director del coro: Andrés Máspero.

   Algunas veces hemos comentado que echamos de menos las épocas en las cuáles los divos de turno se «enfrentaban» a según qué producciones y directores de escena, negándose a cantarlas o pudiendo al menos participar sobre su visión de los personajes, la escena o el mejor encuadre histórico-temporal de las producciones, sobre todo cuando abundan los directores de escena que no conocen profundamente los entresijos de muchas de las óperas que dirigen.

   Afortunadamente, no fue éste el caso del australiano Justin Way, que ofreció una muy trabajada puesta en escena de la bellísima y legendaria ópera Norma, en la que alternó escenografías de la época de las luchas romano-druidas con otras posteriores -nos referimos a la época en que Italia fue sometida por el imperio austro-húngaro-, dando al espectáculo escénico una interesante -aunque en algunos momentos, confusa- doble cara o espejo espacio-temporal en la que se alterna tramoya y pirotecnia lumínica de todo tipo (decorados pintados, corpóreos, movimientos a la vista con empuje humano sin trampa ni cartón, escamoteados verticales de elementos singulares, como el árbol donde Norma recoge el muérdago para hacer sus ofrendas) y, al final de la ópera un escenario que se ‘deconstruye’ de todos los elementos y se tiñe de rojo, para enfatizar la hoguera inmoladora hacia la que dirige sus pasos Norma.


   En general, el reparto vocal estuvo descompensado en calidad y consistencia escénica, recreado con asimétricas prestaciones actorales -vestuarios a parte-, poniendo a distintas alturas los protagonistas del triángulo amoroso del drama, aunque armonizadas con la cuasi-omnipresente figura del paternal Oroveso (que, no lo olvidemos, a la vez es el jefe de los druidas). Roberto Tagliavini ofreció una lectura vocal muy límpida de este personaje, con unos medios generosos y muy bien administrados, además de ejercer un canto muy matizado por una paleta de graves de distintos colores que le sirvió para reflejar adecuadamente diferentes facetas psicológicas de un rol que nunca debe mostrarse anodino, sino cambiante respecto de ciertos momentos clave de la obra en los que este personaje impone su autoridad.

   El tenor norteamericano Michael Spyres, como Pollione (mando militar austriaco en este montaje), nos defraudó un tanto en algún aspecto de sus prestaciones vocales en cuanto al estilo que necesita ser aplicado a este repertorio/personaje, ya que si bien exhibió un centro amplio y bien asentado, de gran volumen y de franca emisión, tuvo momentos de ciertos estrechamientos en el registro agudo -que normalmente no se perciben en grabaciones discográficas o del directo, pero que sí se observan en un teatro- y que no superaron la orquesta y, sobre todo, en la falta de una maestría más elaborada en la utilización de las medias voces, que tan importantes son en el repertorio belcantista: a veces, el caudal resultó un poco fluctuante, pero sin ningún objetivo regulador ni plus estilístico o sofisticado que se quisiera ofrecer.

   La moraleja en esto es que quizá no todos los cambios de repertorio sean adecuados cuando se viene de cantar papeles rossinianos en donde la llamada voz de «baritenor» acostumbra a un canto menos proclive a la matización y sí a la pirotecnia vocal de ascensos y descensos por el pentagrama. Unido todo ello a su faceta de actor, que tampoco es que convenza en demasía, digamos que al final dio como resultado un Pollione estilísticamente ‘alicorto’ y con poca pegada dramática.


   La Adalgisa de la mezzosoprano francesa Clémentine Margaine parece que estuviera planteada para «luchar» de poder a poder con el rol protagonista, tanto a nivel vocal como actoral. Imaginar que -en teoría- una Adalgisa pueda «llevarse» una función de Norma sería posible, pero no probable. En este caso, la excelente materia prima vocal de nuestra mezzo en toda su extensión, encontró en su forma de cantar los puntos más negativos, con una emisión un tanto entubada, y con cierta pesadez inercial, así como penalizada por un escaso refinamiento en el fraseo: en suma, un canto demasiado lineal, poco imaginativo y que dibuja un personaje -también en lo actoral, muchas veces mirando al suelo- poco acorde con el reflejo de la juventud, la pasión y el conflicto/rabia que habitan en él.  

   En el papel protagonista nos reencontramos con la soprano Yolanda Auyanet, que viene de cantar otro personaje de carácter, como es Luisa Fernanda, y que fue de menos a más a través de todo el carrusel vocal y actoral que significa desarrollar en escena el rol de Norma, que pasa por multitud de vicisitudes psicológicas -en algunos casos, contradictorias-. Y aunque se trata de bel canto, quizá la artista y/o el director de escena pudieron tener la tentación de permitir concederse el recrear un rol más humanizado de Norma como mujer, madre, amante, líder espiritual, guerrera, etc., pero siempre -incluso cuando es sacerdotisa- manteniendo los pies en el suelo.

   Utilizaremos como apoyo de lo que queremos comentar, la frase del maestro Alfredo Kraus: «el escenario hace al artista, pero ‘estropea’ al cantante», y aunque él se refiriera a la evolución del cantante/artista según pasan los años de carrera, nosotros la utilizaremos para tratar de explicar que en una misma función es muy difícil volcarse en crear una Norma tan humana queriendo ser todo lo que es Norma y, encima, tener que salirse de ese personaje -por exigencias de la escena- (ya que se asiste a «teatro dentro del teatro»), y que eso no pase cierta factura a la parte puramente vocal. Y es que una Norma es infinitamente más que cantar adecuadamente el Casta Diva. Pero, si nos circunscribimos solamente a que la clave de este montaje fue la búsqueda de una mayor humanidad del personaje, entendemos que sí que resultó una Norma bastante convincente.


   Desde el punto de vista puramente vocal, podemos decir que Auyanet se llevó la función a su terreno y sí que utilizó de forma inteligente, aunque no totalmente redondeada, toda la artillería necesaria de notas colgadas y esmaltadas, agudos y medias voces -también claroscuros- al más puro estilo belcantista, así como una proyección y dicción excelentes, aunque el resultado seguro que se optimizará a medida se sucedan las funciones, ya que durante el primer acto -cuando la cantante probablemente está pensando en lo que se le viene encima- la encontramos más fría que de costumbre, más que nada en los pasajes con agilidades, quizá llevados por la mano de Marco Armiliato más lentos que de costumbre. Sí que superó con éxito la «prueba del algodón» de cantar de forma muy notable un aria tan paradigmática como es Casta Diva, y estuvo muy entregada en las escenas clave del drama, sobre todo en la escena donde se plantea matar a sus propios hijos.

   El Coro titular del Teatro Real convenció a medias en varias de sus intervenciones, ya que creemos necesario un mayor trabajo de empaste entre los tenores, cuerda en la que resaltan demasiadas voces solistas. Con mayores dosis de conjunción vocal se les escuchó en el coro «Guerra, guerra», dibujando propiamente la escena en la que aparece una bandera italiana con la leyenda UNIONE, FORZA E LIBERTÁ, -en virtud de esa dualidad histórica con la que se juega en este montaje-, y dotándola de una rotundidad dramática muy atinada.

   En cuanto a la dirección musical, Marco Armiliato, fue para nosotros un grato sustituto del inicialmente programado, Maurizio Benini (que suspendió por motivos personales, y que quizá está más especializado en bel canto), con una dirección muy presente y pendiente en todo momento de los cantantes, poniendo arrebatada garra y adecuados balances sonoros en los pasajes más dramáticos y/o movidos, y siempre con un cuidadísimo tratamiento de la cuerda y sentido práctico de las dinámicas cuando se minimiza la orquestación como simple soporte armónico del canto.

   En resumen, una producción en conjunto, muy de valorar de Norma. En ciertas óperas, como comenta muy acertadamente Joan Matabosch en las notas al programa, uno puede catartizar desde los sentimientos más puramente humanos, hasta darse cuenta de los manejos políticos y religiosos que han sufrido los pueblos a través de la historia -con los agravantes de las guerras y las invasiones-, el normalmente incorrecto tratamiento del patriotismo y la importancia -e incluso, conveniencia- de decidir inmolarse cuando uno ha alcanzado las más altas cotas de contradicción.

Fotos: Javier del Real / Teatro Real

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