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Crítica: Recital de András Schiff en Granada

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Autor: José Antonio Cantón
6 de julio de 2021
András Schiff

Formal éxito de András Schiff

Por José Antonio Cantón
Granada, 3-VII-2021. Auditorio Manuel de Falla. LXX Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Recital de piano de András Schiff. Obras de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven.

   Con el aforo totalmente ocupado, se presentaba el pianista húngaro András Schiff en una velada vespertina dentro de los eventos organizados por el Festival que más expectación habían suscitado. Tanto el intérprete como el programa tenían un enorme atractivo para los buenos aficionados a la gran música. El primero por su gran trayectoria artística durante más de cuarenta años y lo segundo por complementar a dos de los grandes genios de la música universal a través de alguna de sus obras características. De Bach, la Fantasía cromática y fuga en re menor, BWV 903 y el  segundo Ricercare a tre de la Ofrenda musical, BWV 1079, y de Beethoven, sus sonatas 17 y 32 en re menor, Op. 31 nº 2 y en do menor, Op. 111.

   Curiosamente el recital se inició con el bis previsto, el Capriccio sopra la lontananza de suo fratello dilettissimo, BWV 992 (que J. S. Bach compuso pensando en su hermano mayor, el oboísta Johann Jacob, cuando éste marchó al reino de Suecia), a propuesta  del director del Festival, Antonio Moral, ante lo inadecuado de tocar pieza alguna después de la invitación a la reflexión silenciosa que supone la escucha de la Arietta de la última sonata de Beethoven. Pareciéndole una buena idea, Schiff fue desgranando con gran sentido las seis partes de la obra hasta llegar a un alto grado de expresividad en la fuga final dado el aire jovial que imprimió a su conclusión, lo que significó un estimulante anticipo para entrar de lleno en la obra siguiente, ya perteneciente al programa. Así sirvió como introducción a los logros contenidos en la Fantasía que el intérprete fue esclareciendo en su manera de destacar su cromatismo como sustancia formal impulsora de su carácter dramático. Con suma elegancia activó el estilo contrapuntístico de la fuga sin apreciarse esa severidad que suelen desplegar otros intérpretes. Los bajos previos a su terminación sirvieron para apreciar la expansión sonora cuasi-organística que quiso dar a su apasionante final.

   Como si de una liberación de la forma se tratara planteó la interpretación de la Sonata, op.31-2, «La tempestad» de Beethoven, asumiendo el concepto del autor en ritmo, melodía y armonía de un modo espontáneo y natural, al destacar en el primer movimiento la importancia de sus pasajes recitados que parecían irrumpir con absoluta autonomía, hecho que realzaba la alternancia de los tempi y la fijación del tema principal como omnipresente valedor de todo su discurso. Prácticamente cantó desde el teclado en el Adagio central, haciendo un ejercicio evocativo con sus sonoridades oscuras y dramáticas hasta llegar a la coda donde reafirmó con serena y a la vez rotunda aquiescencia la inspirada solidez del tema inicial. Andras Schiff expuso el Allegretto final como si fuera un movimiento perpetuo en el que intentó realzar la alternancia de sus elementos tonales y dinámicos, que dejaba la sensación de una improvisación  discursada con placidez.

   En el Ricercare a tre de la Ofrenda musical, BWV 1079 de Juan Sebastián Bach se pudo escuchar el mejor músico que lleva Schiff dentro, realizando una versión que hacía olvidar la sonoridad del piano para adentrar al oyente en las esencias de la sublime especulación musical del autor, primando la creación sobre la interpretación. Fue el momento más elocuente de su recital con diferencia, dejando claro el por qué ha sido categorizado como uno de los mejores traductores de la música para teclado de Bach junto a leyendas tan inaccesibles como Glenn Gould y Rosalyn Tureck o, más recientemente y a un limitado nivel, Evgeni Koriolov, que supieron encontrar el secreto de la transferencia pianística de la obra para teclado del Cantor de Sto. Tomás de Leipzig. 

   Tan buenas sensaciones no tuvieron continuidad en la obra más trascendente de las programadas; la Sonata nº 32 en do menor, Op. 111 de Beethoven. Recordando la sensitiva versión que nos ofreció Igor Levit en el Patio de los Arrayanes de la Alhambra la pasada edición del Festival, en esta ocasión András Schiff no ha trascendido más allá de una pulcra interpretación, más formal que emocional. Las esencias de la obra han quedado reducidas a un puro efectismo sonoro que no resultó siquiera en los interminables trinos con los que Beethoven parece romper el sentido del tiempo sin que en instante alguno se resienta la consonancia de su balance musical. La exigencia visionaria que contiene la indescriptible Arietta del segundo movimiento quedó en un intento ante despropósitos dinámicos y des-esclarecida musicalidad. 

   A la postre, la interpretación de las obras de Bach quedaban prevalentes ante las de Beethoven en ese ejercicio que significó este recital de contraposición de estos genios paradigmáticos de la composición, lo que atrajo multitudinariamente a un público que terminó encontrando respuesta a sus expectativas, como se demostró con su intensa ovación final.

Foto: Fermín Rodríguez

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