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Crítica: «Siegfried» de Wagner en el Teatro Real de Madrid

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Autor: Raúl Chamorro Mena
15 de febrero de 2021

Redención vocal

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 13-II-2021, Teatro Real. Siegfried (Richard Wagner). Andreas Schager (Sigfried), Tomasz Konieczny (Wanderer-el viandante), Ricarda Merbeth (Brünnhilde), Andreas Conrad (Mime), Martin Winkler (Alberich), Okka von der Damerau (Erda), Jongmin Park (Fafner), Leonor Bonilla (Waldvogel -voz del pájaro del bosque). Orquesta titular del Teatro Real. Dirección musical: Pablo Heras Casado. Dirección de escena: Robert Carsen.

   El Teatro Real de Madrid ha dado una vuelta de tuerca a su audacia y determinación por mantener su programación, contra viento y marea, a pesar de la pesadilla en forma de pademia que nos amarga la vida desde hace ya casi un año. Efectivamente, poder representar una obra de la duración y exigencia orquestal de la segunda jornada de la Tetralogía wagneriana se antojaba tarea imposible, pero Joan Matabosch ha mantenido su propósito, tantas veces expresado, de que cancelar es la última opción. Si el «toque de queda» actualmente vigente en la Comunidad de Madrid está fijado a las 22 horas, se anticipa el comienzo de las funciones a las 16.30 horas. Si el foso más amplio de los que prevé el recinto no es suficiente para colocar la copiosa orquesta que exige la obra con las distancias que requiere el protocolo anti-covid, pues se distribuyen las arpas y parte de los metales –trompetas y trombones- en los palcos de platea. Cierto es que con esta ubicación el empaste orquestal resultó imposible,  pero eso no fue la razón principal de la gris prestación orquestal como ya subrayaré a lo largo de esta crítica. Se impone, ante todo, agradecer, una vez más, al Teatro Real por su esfuerzo, mientras la mayoría de los demás teatros del Mundo tienen sus puertas cerradas y sólo ofrecen streaming, y celebrar que el estreno de esta segunda jornada -después del prólogo El oro del Rhin y primera jornada La valquiria- de la tetralogía Wagneriana El anillo del nibelungo, que está ofreciendo el Teatro Real en temporadas consecutivas, se desarrollara con total normalidad.


   Con Sigfrido, que en un principio iba a ser un contrapunto cómico a La muerte de Sigfrido, obra que finalmente sería El ocaso de los sioses, Richard Wagner también confiere una vuelta de tuerca a su concepto del drama musical con una orquestación que profundiza en su rango sinfónico, así como en su complejidad armónica y que desarrolla de forma fascinante un amplio tejido de leitmotiv, consolidándose como motor principal del drama. Asimismo, lo que iba a ser una especie de cuento se convirtió en algo de mucho más calado. El personaje de Sigfrido encarna al joven héroe impetuoso cuyo comportamiento, libre de cualquier compromiso o sometimiento a moral alguna, consagra el más genuino «libre albedrío»  y que conecta con el ideal revolucionario del hombre libre, que se guía por sus impulsos naturales y se libra de las caducas ataduras del pasado, de los antiguos poderes establecidos, tan desfasados como corruptos.

   Escribía el gran divulgador y especialista wagneriano español por antonomasia Angel-Fernando Mayo respecto al personaje de Sigfrido: «Hasta que llega el momento en que el muchacho descubre a la primera mujer -en realidad la única- y tiembla por primera vez ante el bellísimo misterio del otro, de la critatura distinta y necesaria, no hace otra cosa sino luchar contra “viejos” que pretender impedir la libre manifestación de su impetuosa vitalidad». Esos “viejos”, que se interponen en el camino del héroe vigoroso e irreflexivo, cuyo origen ya constituye un importante acto de rebeldía, pues es engendrado por la pareja de gemelos welsungos, Siegmund y Sieglinde, que llevan adelante su amor contra todo y contra todos, son en primer lugar, Mime, el nibelungo que lo ha criado después de que su madre falleciera al darle a luz, es decir quien ha ejercido de padre y le ha educado. En segundo lugar, el gigante Fafner que simboliza la riqueza al detentar el tesoro de los nibelungos incluido el anillo y el yelmo mágico. «Yazgo y poseo» exclama, como genuina representación de un agiotista. Los dos caerán bajo al acero de la espada Nothung (forjado nuevamente por el propio Sigfrido), que también quebrará, esta vez -al contrario de lo que sucede en La Valquiria-,  la lanza del tercer “viejo”, que se interpone en su camino, su abuelo Wotan en su manifestación como viandante.

   La obra estructurada en escenas de a dos, excepto el pasaje del tercer acto en que coinciden Wotan, Alberich y Fafner, alberga otro protagonista esencial, el bosque romántico alemán, lóbrego y profundo; Tan insondable como inquietante.


   En la tónica de los anteriores capítulos de este Anillo que viene desarrollándose en el Teatro Real, pero aún con más fuerza dadas las características de esta segunda jornada, decepcionó una dirección musical de Pablo Heras-Casado anodina, sin pulso, plana y sin tensión teatral. Ni rastro de lo que debe ser la orquesta de Wagner, que comenta, crea atmósferas, desarrolla, subraya y apuntala el drama. En su lugar pudo escucharse un sonido pobretón, descolorido y sin vigor alguno, como en segundo plano, que encarnó una especie de hilo musical de fondo tan mortecino como plomizo. La orquesta mostró una cuerda débil, ayuna de cuerpo, empaste y mordiente. Buena actuación, sin embargo, tanto de las maderas, que posibilitaron que los murmullos del bosque fueran un buen momento orquestal, como de la trompa interna a cargo de Jorge Monte de Fez en su exigente intervención del segundo acto. Ni rastro de emoción, ni voltaje e incandescencia –más allá de la que aportaron los cantantes con su entrega- en el sublime dúo final. Estamos ante otra muestra -como sucede en Tristán e Isolda- de amor trascendente y metafísico, también redentor, que sólo se perfeccionará con la muerte, pero que, a diferencia del dúo tristanesco donde los protagonistas buscan la noche, en Sigfrido a los enamorados les enmarca la luz radiante, ese Sol que saluda Brunilda en su despertar.

   Ante tan insulsa dirección musical, hay que destacar que el elenco vocal salvó los muebles, pues con sus problemas y sus defectos, el mismo reunió timbres sonoros y potentes, así como una gran afinidad y conocimiento del lenguaje wagneriano, junto a un indudable compromiso interpretativo y de sentido del drama.


   El papel titular de Sigfrido es temible por su larguísima duración y necesidad de enfrentarse a una orquesta enorme, lo que exige potencia y resistencia innegociables. Un heldentenor con todas las barbas.  Normalmente, además, esas cualidades las alcanzan tenores ya de una edad y experiencia, pero que, sin embargo, deben plasmar en escena un héroe juvenil e impetuoso, que no sabe lo que es el miedo, pero tambien solitario, carente de amor filial y que necesita una compañera. Hay que destacar, por tanto, como se merece, la actuación tanto vocal como dramática, del tenor austríaco Andreas Schager que exhibió timbre potente y resonante, de nítidos orígenes líricos, bien es verdad, y con un registro agudo sin terminar de solucionar técnicamente, lo que le planteó especiales problemas en la agotadora escena de la fragua que le puso al límite. Magnífico resultó su acto segundo, en el que supo combinar el carácter heroico del enfrentamiento con Fafner -transformado en dragón- con el lirismo, el tono patético, melancólico y ensoñador de la evocación a la madre en el bosque, así como los diálogos con el pájarillo.

   Para terminar, Schager, además de llegar al tercer acto en buenas condiciones vocales se mostró apropiadamente descarado e irreverente en su enfrentamiento con su abuelo Wotan y entregado y flamígero en el dúo final, aportando ese ardor y apasionamiento que faltó a la batuta. De las tres apariciones de Brunilda en la tetralogía, la de Sigfrido es las más corta, pero también la más intensa, además de contar con una tesitura inclemente. Ricarda Merbeth, voz como mucho de Siglinda, pero que ya se ha pasado a Brunilda (y a otros papeles de hochdramatische sopran como Elektra), comenzó su sublime despertar con una emisión dura, agria y totalmente oscilante. La soprano alemana fue controlando la misma, sin lograr que desapareciera totalmente, pero suplió la falta de anchura en el centro con entrega y agudos penetrantes (alargó con generosidad el Do 5 conclusivo del dúo), aunque atacados muchos de ellos con portamento y dando lugar a unas notas con más punta que plenitud sonora. Tomasc Konietzny volvió a ratificar la buena impresión causada por su Wotan en La valquiria. El timbre del cantante polaco, indudablemente robusto y caudaloso, resulta baritonal, faltándole la entidad y solidez en la franja grave que exige una escritura destinada a una vocalidad especial de bajo barítono creada por Wagner.

   Konietzny, cantante que no destaca por su refinamiento, aportó, sin embargo, acentos vehementes, fraseo vibrante y enérgica presencia escénica al servicio de una apropiada caracterización del Dios supremo, que se debate entre asumir un final que sabe cercano e inevitable, el amor por su nieto y su orgullo como líder de los Dioses.  


   En plena tradición, el Mime de Andreas Conrad, tenor liviano, pero de sonido suficientemente penetrante en su encarnación creíble e incisivamente fraseada del mezquino, cobarde y traicionero Mime. Su hermano, el nibelungo Alberich, taimado elfo negro que pretende recuperar el anillo por él forjado y que ha sellado el destino de quiénes lo posean con su maldición, fue adecuadamente encarnado en lo interpretativo por Martin Winkler, que presentó cierta irregularidad vocal al alternar notas sordas y desapoyadas junto a otras bien timbradas.

   Okka von der Damerau, por su parte, puso su musicalidad intachable y su timbre homogéneo y bien emitido al servicio de una Erda, la Wala, Diosa de la tierra, a la que, sin embargo, faltó una mayor entidad en la franja grave, además de acentos y personalidad. Cumplió la sevillana Leonor Bonilla, que ha completado doblete en Madrid al afrontar el pájaro del bosque después de su Duquesa Carolina de Luisa Fernanda en el Teatro de la Zarzuela. Si bien su pronunciación del idioma pareció extraña e insegura, Bonilla aportó el innegociable timbre fresco y juvenil, así como brillantes notas altas a la voz del pajarillo que protege y acompaña a Sigfrido al final del segundo acto para desaparecer en el siguiente, al huir despavorido ante los cuervos que acompañan a Wotan. Sin especial rotundidad, pero suficientemente sonoro el Fafner del bajo coreano Jongmin Park.

   La puesta en escena de Robert Carsen continúa con su única idea del colapso de la naturaleza y estrago ecológico provocado por la intervención codiciosa del hombre, inconsciente, insensata y destructiva. De tal modo, el bosque presenta sólo el tronco de los árboles, pues los mismos han sido cercenados, lo que nos proporciona un escenario inhóspito, pero no el bosque profundo, oscuro y amenazante, esencial en la obra. No deja de resultar sorprendente que un montaje que pretende incidir sobre el elemento de atentado contra la Naturaleza que contiene la tetralogía, nos prive de la misma en la jornada en que es más fundamental. La cabaña de Mime es, en esta ocasión, una especie de rulotte desvencijada rodeada de desechos, muebles y aparatos destartalados. Una enorme pala de una excavadora representa al dragón, como símbolo de la construcción voraz y sin tasa con el único objetivo de la ganancia inmediata. En fin, el fundamental enfrentamiento entre Sigfrido y su abuelo se produce inexplicablemente en la sala del Walhalla, lo que no tiene mucho sentido. No estamos, desde luego, ante una producción brillante ni inspirada, más bien insustancial, como ya he subrayado en las anteriores críticas de El oro del Rhin y La valquiria, pero también es verdad, que las hemos visto mucho peores y que tiene el nivel de mínimos de un montaje de Carsen. Por ello, no se comprenden bien los sonoros abucheos que recibió el director de escena irlandés en su salida, mientras se saludaba con bravos al director musical, después de su anodina labor.

Fotos: Javier del Real / Teatro Real

   

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