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Crítica: United Instruments of Lucilin en el ciclo «Series 20/21» del CNDM

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11 de febrero de 2020

Crónica de una muerte anunciada

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 10-II-2020. Auditorio 400 del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Centro Nacional de Difusión Musical [Series 20/21]. Hagi de Clara Olivares, Trío fluido de Helmut Lachenmann, Zenit de Claude Lenners, Prima domenica de Domeniche alla periferia dell’impero, de Fausto Romitelli, y Boyish de José Luis Valdivia Arias. United Instruments of Lucilin. Steve Boehm [dirección en Boyish].

   «Nunca hubo una muerte más anunciada», ni más deseada me atrevería también a decir, que la del máximo estado del formalismo musical encarnado por el serialismo.

   Al igual que en la novela de Márquez, en el fondo del asunto subyace una cuestión de honor: la legítima venganza del asesinato del ritmo, innato en los seres humanos y característico de la música desde tiempos prehistóricos.

   Sin este ritmo, la música queda sostenida en el tiempo y el espacio, en una especie de limbo sonoro del que difícilmente el ser humano pude sacar una apreciación placentera más allá de una textura nueva o una mixtura de timbres interesante. Sin embargo, parece que por el no querer opinar por miedo a que a uno le tachen de conservador, tradicionalista o de incapaz para apreciar las maravillas de la modernidad, se ha tragado con un arte que tiene más de probeta que de orgánico, violando los instintos básicos del hombre para con la música.

   Se puede y se debe perdonar, sin embargo, el estatismo de Hagi –la obra de Clara Olivares– si lo que trata de representar es un paisaje sonoro. El uso del aire, los efectos del viento y las numerosas técnicas de emitir sonido a través de un saxofón bien pueden acercarnos a los sonidos de una tranquila ciudad de la costa del sur del Japón, así como la percusión se acerca al sonido de los templos budistas y sintoistas.

   Helmut Lachenmann, sin embargo, sí es imperdonable, pues su Trío fluido, que pretende huir del puntillismo sonoro, no lo consigue, y lleva  a una nueva profanación del ritmo y por lo tanto al estatismo que Lachenmann intenta evitar. En consecuencia, tras esta martirial obra una parte nada desdeñable del público abandonó el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía, lo que fue una verdadera pena, al tratarse de un desprecio a la increíble interpretación que llevó a cabo Danielle Hennicot de un papel para viola tremendamente difícil. Además las tres obras que restaban son buenos ejemplos de otro tipo de modernidad en la que parece que comienza a importar más la belleza sobre la bata de laboratorio.

   Claude Lenners y Romitelli fueron todo un descubrimiento para el público español con obras con bastante más que decir. Zenit produce una curiosa variedad de timbres entre las que destaca el amplio repertorio de sonidos que puede producir la flauta a través de una excelente intérprete como es Sophie Deshayes. Por otra parte, la obra de Fausto Romitelli se vale del espectralismo como innovación tímbrica, pero usa la repetición de elementos –un par de acordes y un glissando del clarinete bajo– para dotar de sentido a una excelente obra.

   Lo mejor, sin embargo, se reservó para el final. José Luis Valdivia Arias, joven compositor granadino fue el encargado de tomar el papel de los hermanos Vicario y asestar una nueva puñalada al formalismo con su obra Boyish, compuesta por encargo del Centro Nacional de Difusión Musical. Ya alabé la maña de este autor para dotar de sentido a la experimentación cuando en 2018 en estrenó su obra Gouache  en el mismo auditorio. Esta vez va, sin embargo, más allá y consigue implicar en mayor grado el ritmo, que dota de gran intensidad la primera parte de la pieza usando compases aksak muy habituales en el flamenco, pero también en la música de Stravinsky y, por supuesto, en Manuel de Falla. Un uso muy inteligente del modo frigio nos rememora la sonoridad del flamenco. El tempo Lento está marcado por la aparición de tenues líneas melódicas que sobresalen constantemente de una maraña de texturas entre las que destaca el timbre del saxofón.

   Todo esto, contando con la profesionalidad de un grupo como United Instruments of Lucilin hizo de este un excelente concierto dentro del ciclo Series 20/21 en el que, una vez más, se anuncia la esperada muerte del formalismo de Darmstadt. No esperen, sin embargo, una muerte rápida, recuerden que el castillo de Frankenstein se cierne sobre una colina de esta ciudad alemana y habrá quien trate de resucitar al monstruo antes de  resignarse a dejarlo morir.

Fotografías: Ben Vine/CNDM.

Autor:David Santana
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