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Crítica: Víkingur Ólafsson interpreta a Bach y Glass en el ciclo «Fronteras» del CNDM

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23 de noviembre de 2019

La repetición como elemento de creación

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 21-XI-2019. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Fronteras]. Obras de Johann Sesbastian Bach y Philip Glass. Víkingur Ólafsson [piano].

   Este concierto del peculiar ciclo del Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM] Fronteras fue toda una oda a la repetición como creadora.

   Ya desde los tiempos de Aristóteles el ser humano se ha percatado de la existencia en sí mismo de hábitos o conductas repetitivas en las que ciertas acciones se producen de forma automatizada, sin necesidad de tener que prestar una atención concentrada a éstas.

   La música, como fiel reflejo del hombre, tiene mucho de repetición pues, al igual que nuestros hábitos nos conforman como seres humanos, la recurrencia dota de sentido y cohesión a una música que, de otro modo serían un conjunto de notas que nuestro cerebro sería incapaz de asociar. Piénsenlo, ya sólo el sistema temperado se basa en la superposición de minúsculos elementos denominados tonos y semitonos, y es la combinación de estos lo que produce los diferentes intervalos, que en total, no son más de seis y en la repetición de esos seis reside la base de la gran mayoría de la música occidental hasta bien entrado el siglo XX.

   Pero el uso de la repetición no acaba en la generación de la melodía. Estas se tienen que combinar de forma ordenada, pues ya sabemos que el ser humano busca el orden de forma natural y necesita de crear jerarquías. Así se dan lugar las estructuras musicales, de las cuales Ólafsson nos muestra a través de Bach dos de las más importantes de este periodo musical: el aria con variaciones y la fuga.

   La primera supone la repetición constante de una melodía, o al menos la esencia de ésta de tal forma que el espectador la pueda escuchar constantemente y sea capaz de asociarla con sus variaciones. Y este –variación– es el segundo concepto de la noche. La combinación de ambos es una pieza música. O al menos lo que en Occidente comprendemos como tal.

   Si bien Johann Sebastian Bach escribe en la partitura la manera de interpretar las variaciones, el pianista debe poner su parte en cuestiones más difíciles de plasmar sobre el papel, como por ejemplo el carácter. El islandés Víkingur Ólafsson destacó precisamente por eso, por su énfasis en la variación a través de unos matices que Bach no indica o de unas articulaciones más exageradas que otras que hacen interesante cada una de las repeticiones de la melodía del Aria variata alla maniera italiana, BWV 989.

   La exageración de los matices que resulta en una constante pugna entre ambas manos del piano por ostentar el liderazgo de la melodía me resultó muy apropiada e interesante y destacó especialmente en el Preludio en si menor de Alexander Siloti basado en el Preludio en mi menor de Bach.

   De las tres fugas que interpretó la más interesante fue la última, la perteneciente a la Fantasía y fuga en la menor, BWV 904. Cogió un tempo un poco más lento de lo habitual, supongo que debido a que los tiempos rápidos no le habían permitido lucirse en las anteriores fugas en las que el exceso de velocidad le causó una notable pérdida de expresión y la omisión de detalles y puede que también de alguna nota. El caso es que la primera vez que escuchamos el sujeto de la fuga, fue con gran ternura y muy pequeño, pero fue creciendo progresivamente con cada interpretación del contrasujeto, que supo destacar sobre el mar de notas de esta fuga, hasta llegar a las grandiosas armonías del final de la fuga.

   En la segunda parte del concierto Ólafsson volvió a dejar patente que, si bien las agilidades no son su punto fuerte, es capaz de dotar a la música de Philip Glass de un sonido único, muy rico, lleno de matices y pequeñas variaciones dentro de la extrema repetición del movimiento minimalista que abandera el americano. El pianista, tras interpretar el opening de Glassworks y el n.º 9 de los Études para piano se dirigió al público y dio una imagen que resulta muy evocadora: la del río, cuya agua, por mucho que fluya siempre por los mismos caminos, nunca es dos veces la misma. Una evocación que supo plasmar a la perfección.

   Hubo una gran ovación tras esta segunda parte dedicada a Glass, mayor incluso que a Bach, y eso que el primero sigue vivo. Algo bueno tendrá si gusta al público aunque otros compositores lo desprecien.

   Como no podía ser de otra forma, la propina fue el Andante de la Sonata en trío para órgano n.º 4, BWV 528. Una obra construida a partir de un único motivo compuesto por cuatro corcheas que crean dos intervalos de cuarta justa ascendente y una tercera menor descendente que se repite constantemente. Desde esta mínima expresión de la música Bach y Ólafsson, mano a mano fueron capaces de crear una maravillosa atmósfera íntima y emotiva.

Fotografía: Elvira Megías/CNDM.

Autor:David Santana
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