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CD: 'Pegaso', primicia mundial en manos de La Galanía

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10 de febrero de 2015

El último disco de La Galanía rescata del olvido una auténtica joya del Seicento, en unas lecturas dignas de elogio y que les ratifican como la primera línea de los conjuntos españoles dedicados a los repertorios pretéritos.

ALAS PARA MERULA

Por Mario Guada

Pegaso. Música de Tarquinio Merula. La Galanía | Raquel Andueza. Anima e Corpo, 1 CD [AEC004], 2014. T.T.: 66:52.

   Para muchos, Tarquinio Merula [1595-1665] no pasa de ser un autor de los muchos que adornaron esa inmensa constelación que fue la Italia del Seicento. Conocido básicamente por alguna pieza instrumental extraída de sus diversas colecciones de canzoni –célebre es su Ciaccona, que Il Giardino Armonico hizo popular hace años–, son muy pocos los que saben que Merula es un notable compositor para lo vocal. Autor de varios libros de madrigali y canzonette, dedicó también buena parte de su tiempo a la creación en el terreno sacro, donde destacan sus motetes, concerti spirituali y salmos.

   Una de estas colecciones dedicadas a lo sacro es Pegaso op[e]ra musicale l’undecima ove s’odono Salmi Motetti, Suonate, e Letaniae della B.V. a due tre quattro e cinque voci… El título resulta suficientemente elocuente per se. Se trata de una edición impresa en Venezia en 1640, aunque probablemente se trate de una segunda edición, siendo la primigenia datada entre 1633 y 1637, que recoge el total de 17 piezas, 16 de las cuales tiene a la voz como protagonista. Destaca especialmente por su belleza la única pieza instrumental de la colección –que en la edición original se coloca justamente entre las piezas vocales: 8/1/8–, una exquisita canzona intitulada La Vesconte –como homenaje a Giovanni Battista Visconti, para quien compusiera diversos encargos–, que tiene al violín y al violone como extraña pero bien avenida pareja «concertante».

   El resto de piezas vocales se ordenaron en el original por el número de voces intervinientes, a saber, ocho piezas a dúo, seguidas de otras ocho para tres, cuatro y cinco voces respetivamente. La variedad de la colección es realmente notable, y pone en un lugar más que honroso la capacidad compositiva de Merula. Como muy bien hace notar el musicólogo belga Pieter Mannaerts, en sus excelsas notas críticas, debe valorarse Pegaso como lo que es, al menos desde el punto de vista puramente musical: una colección en la que su autor demuestra de manera fehaciente la estructura compleja y global en que es concebida, pero especialmente por lo extraordinario en el uso de recursos, técnicas y variantes compositivas. El recurso de la imitatio es probablemente el usado con mayor frecuencia –todas las obras lo albergan–, pero usada de manera muy particular y libre. Es de destacar el uso de pequeños motivos que forman parte de esta imitación, lo que supone en cierta manera un adelante notable a otras composiciones coetáneas. Merula hace un notable uso del ostinato, especialmente del basso di chiacona –muy particular y que solo se ha encontrado en esta formulación concreta en la obra del autor de bussetano–, como en su maravilloso Confitebor tibi a 3. Finalmente, Merula –o su editor, Alessandro Vicenti– resulta tremendamente preciso en cuanto a las indicaciones de dinámicas, lo que en una fecha como esta no es tan habitual como pueda parecer.

   La belleza de las piezas está fuera de toda duda. Resulta fascinante la manera en que se dialoga entre las voces y los instrumentos, con ese lenguaje tan propio de la escritura instrumental del Seicento y de la escuela violinística italiana del momento. La escritura resulta realmente inteligente, pues conjuga muy bien la relativa sencillez de las partes con la brillantez del resultado final. Merula parecía conocer bien aquello del «menos es más».

   Estamos, por increíble que parezca, ante la primera grabación mundial de tan exquisita colección. Y no han sido Antonini, Marcon, Biondi, Minasi o Alessandrini los encargados de hacerlo. No, nada más lejos. Aquellos que dicen que en España no se puede hacer música europea de nivel tienen en este registro la mejor refutación posible. Un total trece músicos con un 95% de sangre nacional –el 5% restante lo componen una alemana y dos portugueses– son los encargadas de darle vida a este caballa alado para que vuele bien alto y lejos. Y a fe que lo consiguen. La parte vocal corre de la cuenta de un sexteto notable, aunque en cierto manera algo irregular. Raquel Andueza es la soprano que pone, junto a Monika Mauch, los destellos de las líneas vocales altas, con la calidad y calidez acostumbradas. Se muestran realmente cómodas en este repertorio. Hay que volver a hacer notar el impresionante paladeo del texto y la expresividad casi mágica de Andueza. Excelente también el barítono Hugo Oliveira, de timbre carnoso, profundo, elegante línea y fantástica amplitud de registro. Notable la labor de los dos tenores: Íñigo Casalí y Victor Sordo, especialmente la del primero, que muestra una facilidad vocal considerable –lástima que no se prodigue más–. Cumplen con notas, aunque sin alardes unas partes por momentos complejas y realmente hermosas. El apartado vocal más flojo en la grabación se debe a Marta Infante, quien por otro lado le toca bregar con la línea más exigente en cuanto a la tesitura de toda la colección. Dicho esto, lamentamos la incomodidad que parece mostrar en muchos momentos, lo que se refleja en una emisión poco natural y muy forzada.

   El apartado instrumental se conforma por una plantilla de siete intérpretes, con una contundente sección para el bajo continuo. Las partes altas se destinan a los violines barrocos de José Manuel Navarro y Pablo Prieto, quienes superan con nota las partes más exigentes de sus líneas y que nos hacen disfrutar de algunos de los pasajes más delicados y brillantes del registro –especial mención para Navarro por su participación en La Vesconte, reitero, uno de los momentos más fascinantes del disco–. Sin duda la parte fundamental en lo instrumental recae sobre el continuo, conformado aquí por una plantilla de lujo, en la que se encuentran algunos de los intérpretes nacionales más dotados. Vega Montero está realmente imperial, con un sonido terso, redondo y contundente, y luce con brillo apolíneo en La Vesconte. Poco se puede añadir a estas alturas de Manuel Vilas, probablemente el mejor arpista español de las últimas décadas, que aporta aquí el toque de color siempre delicado y luminoso de su instrumento. Extraordinario Miguel Jalôto al órgano, firmando uno de los papales más destacados del registro, construyendo un continuo muy inteligente y que sostiene con sobrada capacidad la totalidad del conjunto. El toque de la cuerda pulsada viene de la mano de César Hualde –habitual del conjunto– y Jesús Fernández –que además coordina el proyecto–, que nos regalan ese continuo sosegado, colorista y que es capaz de mejorar todo lo que hay a su alrededor.

   Este es un disco muy bueno por muchas razones. Primero porque coloca a La Galanía en la cúspide de los conjunto españoles dedicados a la música antigua. Dos proyectos de amplio espectro como el dedicado a Antonio Cesti y el que aquí presentamos demuestran, con sobrados motivos, que estamos ante un conjunto de un nivel comparable al de cualquier conjunto internacional de la actualidad en algunos repertorios concretos, por supuesto. Segundo porque demuestra que Anima e Corpo se está asentando como una discográfica muy capaz, que selecciona sus proyectos de manera muy inteligente y que proporciona al mercado productos de un interés mayúsculo. Tercero, pues nos muestra la faceta en la dirección artística de Andueza, y nos descubre no solo una cantante monumental, sino una artista integral, con una visión fantástica del repertorio italianos del XVII. Cuarto porque estamos ante un producto que va más allá de lo estrictamente musical, sino que se convierte en un elemento cultural de primer orden, y en el que colaboran multitud de personas a las que es necesario nombrar aquí por su trabajo: por supuesto Antoni Pons, por su gran labor en las transcripción de la edición original; Gerardo Tornero y el equipo de The Recording Consort, que realizan un trabajo de sonido fabuloso –cuán importante es tener un gran profesional en este aspecto–; Simón Andueza, que realiza inteligentes labores como asistente de dirección; Antonio Santillana y Dandelium, que junto a las excelsas fotografías de Michel Novak conforman un diseño moderno, pero elegante y con que supone el contrapunto perfecto para una grabación de música del XVII. Quinto y último, pero probablemente lo más importante, porque rescata del olvido una obra descomunal, que no podía seguir más tiempo alejada de las ávidas mentes y oídos de todos aquellos apasionados del repertorio Barroco, y porque presta las perfectas alas de Pegaso al vuelo de Merula. Gracias, aunque cabría pedirles para la próxima más atención para los Merula españoles, que no debemos olvidar, también los hay.

Autor:Mario Guada
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