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Crítica: Angela Gheorghiu y Teodor Ilincai en las 'Voces del Real', del Teatro Real

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3 de julio de 2018

Conciertos que derrochan arte

   Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 29-VI-2018. Teatro Real. Voces del Real. Angela Gheorghiu (soprano), Teodor Ilincai (tenor). Obras de George Enescu, Francesco Cilea, Piotr Ilich Chaikovski, Georges Bizet, Giacomo Puccini, Johannes Brahms, Umberto Giordano, Dimitri Shostakovich, Alfredo Catalani, George Grigoriu, Pablo Sorozábal y Agustín Lara. Orquesta Sinfónica de Madrid. Ciprian Teodorascu, director.

   Todos los que asistimos regularmente a los conciertos –en los que el reclamo son los grandes artistas de la ópera escénica, aquellos que cantan en los primeros teatros a nivel mundial, los divos ya consagrados–, nos acercamos siempre a la cita –cuando no conocemos previamente el repertorio seleccionado para cada ocasión– con la lógica inquietud de lo que haya podido ser programado (¿qué nivel, cuánta dificultad, arriesgará mucho o poco dado su estado vocal actual?, etc.). Nos referimos a aquel “desasosiego” que nos lleva a pensar –ya que la situación se nos ha dado en múltiples ocasiones– que grandes intérpretes puedan venir a una plaza importante a dar un concierto para reservarse, para cubrir el expediente y, en definitiva, para no ofrecer realmente repertorio de ese primer nivel que les ha hecho mundialmente famosos.

   Afortunadamente, no fue –en absoluto– el caso del programa de este concierto, que compartieron al alimón la grandísima soprano Angela Gheorghiu y el –para nosotros menos conocido– tenor Teodor Ilincai. De principio a fin se dieron lectura a primerísimas páginas y dúos del repertorio operístico de su cuerda. El recital atesoró la virtud de saber acompasar y compensar el número y la duración de las partes seleccionadas para la parte canora y para la orquestal, que también tuvo peso propio en el desarrollo de la velada, y que sirvió para dar resuello a las voces protagonistas.

   Con sendos entremeses para abrir e intermediar los comienzos de cada una de las partes, brillaron arrebatadas en la segunda parte las interpretaciones de la famosísima Danza húngara n.º 5 de Johannes Brahms y la bailable Suite de jazz n.º 2 de Shostakovich, a cargo de la Sinfónica de Madrid y Ciprian Teodorascu, manteniendo con ellas las dosis de adrenalina que la pareja de cantantes estaba inyectando en el respetable. De igual forma, en la primera parte, se sirvió con ampulosa rotundez la polonesa de la ópera Eugenio Oneguin, de Chaikovski. Para abrir el concierto, se interpretó la Rapsodia rumana n.º 1 en La mayor, Op. 11, de George Enescu, maravillosa conjunción y síntesis de la música culta y de la popular que la sección de cuerda de la Sinfónica de Madrid –todavía fría y con un repertorio un tanto ajeno al suyo habitual– no terminó de redondear.

   Después de esta rapsodia apareció –con un vestido azul claro, deslumbrante, sobre el escenario– la Diva Angela Gheorghiu –ella así se considera– para interpretar la primera sección del concierto dedicada a la ópera Adriana Lecouvreur, de Francesco Cilea. Etérea y sublime fue la interpretación de "Del sultano Amuratte… Io son l’umile ancella", con profusión de filados y medias voces, así como de amplios legati, engarzados, de factura tremendamente expresiva. En el dúo "Ma dunque é vero, dite", pudimos tomar nota sobre la primera impresión causada por su colega y compatriota Teodor Ilincai. Estamos ante un tenor de bella y caudalosa voz lírico-spinto. Desde la segunda fila del patio de butacas del Teatro Real podemos asegurar haber estado cerca de experimentar el umbral del dolor en nuestros pabellones auditivos. Pero no sólo de agudos y de voces voluminosas vive el arte de la lírica. En la parte de "L’anima ho stanca", supo desarrollar musical y expresivamente, de forma admirable, el conflicto que vive Maurizio en esta aria, pudiendo elaborar grandes arcos expresivos a través de un canto legato admirable.

   En la siguiente aparición de Gheorghiu, encarnó de forma semiescenificada, pero muy teatral y racial, a la gitana de alma libre Carmen en "L’amour est un oiseau rebelle", ópera que sí ha grabado –y también cantado en teatros– tanto de Carmen, con Moser, como de Micaëla, con su exmarido Roberto Alagna. Como es lógico pensar, aún en versión de concierto, la predisposición de Gheorghiu hacia la interpretación teatral es una de sus mayores virtudes, es decir, aquella forma artística de actuar que hace creíbles los personajes, aunque no se ejerza la escena plenamente. Para terminar la primera parte, se interpretaron "E lucevan le stelle" y "O soave fanciulla". En el "Adiós a la vida", Ilincai hizo exhibición en el control del fiato, en una versión un poco más lenta que de costumbre, sin ningún desfallecimiento y llevando las notas hasta el final, con la orquesta batiendo detrás. Psicológicamente, quizá pudo haberse implicado un poco más en la difícil situación que el rol demanda, poco antes de ser fusilado. Por explicarnos, diremos que hizo una lectura muy racional y menos emocional, más apta para la grabación discográfica, no permitiendo dejarse llevar aun estando en un escenario y con público presente. No fue de la misma forma en el picarón dúo de Bohème, donde la experimentada soprano llevó a su terreno a su colega (al igual que ocurre con Mimí y Rodolfo en ese momento de la ópera), y ambos acabaron marchándose acaramelados, entre cajas, para emitir, en unísono, sendos tremebundos do sobreagudos –con filado en la culminación incluído–, que enfervorecieron a los allí presentes.  

   Andrea Chenier y el gran momento para el tenor, "Colpito qui m'avete...un dì all'azzurro spazio", se escuchó en la reanudación del concierto. Con canto arrojado, belleza vocal a raudales, e imbuido de verismo, Teodor Ilincai sacó adelante con sobresaliente esta página que alterna también momentos de lirismo, exponiendo muy a las claras la necesaria autoafirmación del psicológicamente robusto rol de Chenier. Una gran versión, sin duda, modelada sólo con su voz, sin aspaviento alguno. Como era difícil subir en intensidad este gran momento, para eso estaba la siguiente intervención de Gheorghiu (cambio de vestido incluido, a rojo intenso), a través del personaje homónimo de Madama Butterfly y su versión de "Un bel di vedremo". Quizá no totalmente adecuado para su voz, pero sí muy aplaudido. De igual forma, el incomparable y exigentísimo dúo de Andrea Chenier,"Vicino a te s’aqueta", que ambos artistas abordaron sin concesión alguna para el recato vocal. Todo estuvo en su sitio, la atmósfera, la pasión, el amor incondicional, la valiente asunción de la muerte ante el patíbulo… Un “Viva la morte, insieme!” para recordar, de los mejores que uno haya podido escuchar en directo.

   Para finalizar, el último tramo del concierto delectó en torno a un poderoso y aguerrido "Nessun Dorma" por parte del tenor y una matizadísima, delicada y potente –todo a la vez– prestación de "Ebben ne andró lontana", de La Wally de Catalani, con una muy cuidada tímbrica que la soprano supo proyectar en cada uno de los rincones del teatro, además de sustentarla con una administración pasmosa del aire. Para finalizar con lo programado, a dúo interpretaron Muzika, de Valurile Dunarii, canción muy festiva y del gusto de la rumana –se la hemos escuchado, como remate, en varios conciertos–, que ambos culminaron en sobreagudo.

   En el momento de las consabidas propinas, y como consecuencia de la insistencia del público, un antológico "O mio babbino caro" del Gianni Schicchi pucciniano con toda suerte de rallentandi, filados y pianisímos de inigualable factura con un final de las últimas frases, “babbo, pietá, pietá”, muy emotivas. Para la propina correspondiente a Teodor Ilincai, y como sorpresa para con nuestro repertorio zarzuelístico, eligió el ya famoso mundialmente "No puede ser", que abordó muy ajustado en idioma, intención y fuerza expresiva requerida para el final de la romanza. El concierto culminó con la celebérrima Granada, interpretada a dúo por ambos artistas –Gheorghiu, abanico en ristre– que ya hacía muchas piezas tenían enloquecido al respetable. Aun con la insistencia del público, la mayoría puestos en pie, no hubo más propinas ya que la Diva –con gran desparpajo– agarró del brazo del concertino de la Sinfónica de Madrid y todos abandonaron el escenario.

   En resumen, un magnífico concierto que fue mucho más allá de lo esperado por el repertorio programado –que de suyo ya era de primera–, ya que en él se conjugaron desbordante arte en estado puro –sin olvidar nunca la preeminencia del canto frente a cualquier otra consideración–, predisposición al buen humor rumano (muy parecido al nuestro), a la cercanía por parte de todos los componentes y una gran implicación del maestro Ciprian Teodorascu, tanto con la Sinfónica de Madrid como por la máxima atención dedicada a los cantantes. Inmejorable presencia escénica (sobre todo por parte de nuestra Diva), y una conexión desde el primer momento de todos los intérpretes con el público –que llenaba el Teatro Real–, y que acabó vitoreando puesto en pie a todo el conjunto (obviamente, con predilección hacia Gheorghiu). Deseamos que los próximos concurrentes a estas veladas de las Voces del Real, nombres como Mariella Devia, Bryn Terfel, Matthias Goerne, Sonya Yoncheva, etc., hagan disfrutar al público –de puro derroche de arte–, y con repertorios exigentes, lo mismo que a nosotros en esta ocasión.

Fotografía: Gabi Hirit.

Autor:Óscar del Saz
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