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Crítica: Gala Vivaldi en el Teatro Real, con P. Jaroussky, E. González Toro, E. Baráth y L. Richardot como solistas vocales

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12 de octubre de 2020

El Teatro Real presenta a bombo y platillo un recital a cuatro con el evidente reclamo del contratenor francés, por más que este fue tan solo uno más de los solistas participantes, brindando una actuación mediocre muy por debajo de sus colegas de escenario.

Bienvenidos... al circo de la música

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 05-X-2020. Teatro Real. Las voces del Real. ¡Viva Vivaldi! Obras de Antonio Vivaldi. Emőke Baráth [soprano], Philippe Jaroussky [contratenor], Lucile Richardot [contralto], Emiliano González Toro [tenor] • Le Concert de la Loge | Julien Chauvin [violín barroco y dirección].

Si no te gusta esto, dejaré de escribir música.

Antonio Vivaldi [atribuida].

   No conviene engañarse: el mundo de la música es, antes que nada, un negocio. Y como tal hay que entenderlo. No pensar en que detrás de los artistas, cachés y agentes, sobre todo agentes, hay intereses claramente pecuniarios, entre otros de diversa índole, es poco menos que concebir que aquello de «por amor al arte» pudiera convertirse en un axioma. Hay ocasiones, como la que nos ocupa, en las que estas cuestiones son tan evidentes como el mismo Sol. El contratenor francés Philippe Jaroussky es, desde hace muchos años, una superestrella de la música; como tal hay que entenderlo. No es un caso excepcional, pero quizá sí dentro del mundo de los falsetistas, llegando su fama a competir con otra de las grandes divas del repertorio barroco, Cecilia Bartoli, lo cual es decir mucho. Hasta esas cotas de éxito no se llega así como así: hay que tener talento –Jaroussky lo tiene–, visión de futuro –la tuvo–, inteligencia escénica –también la tiene– y, sobre todo, una poderosa maquinaria de marketing y apoyo comercial para construir una marca –él la ha tenido y aquí estriba, probablemente, la clave de ese éxito inmenso a lo largo y ancho del mundo durante más de una década–. Sin embargo, uno no se explica cómo, sabiendo desde hace años como lo sabe –no porque lo diga yo, sino que sus múltiples declaraciones hace algunos años iban claramente encaminadas hacia ese mensaje–, que su voz está en un evidente declive, todavía es capaz de subirse al escenario para ofrecer actuaciones que están muy alejadas de lo que uno puede esperar de una superestrella y, especialmente, de lo que esa voz fue en su día.

   Solo esa maquinaria, a la que el Teatro Real no es en absoluto ajena, porque su relación mano a mano con las agencias no hace sino perpetuar un sistema que flaco favor le hace al panorama musical actual, puede explicar que el concierto aquí analizado vendiera, con todo el aparato posible, la figura del contratenor galo como protagonista, cuando en realidad se trataba de una gala barroca en la que cuatro cantantes actuaron en igualdad de condiciones: ni una aria más para uno que para otro, ni un momento de lucimiento más para este o aquel… ¿Por qué entonces se apuesta claramente por una figura como reclamo para este recital? Las respuestas son claras, incluso diría que múltiples, así que cada cual escoja la que considere más oportuna. Pero, si además de esto tenemos en cuenta que la calidad ofrecida por la estrella del cartel no estuvo, ni por asomo, a la altura de la de sus colegas sobre el escenario, el despropósito se torna mayúsculo.

   El enfoque de este concierto fue muy sencillo, emulando en cierta forma el sistema de los grandes cantantes del siglo XVIII, que siempre llevaban consigo aquello que se denominaba «arias de baúl», una especie de grandes éxitos operísticos que cada cantante tenía como fondo de armario para su lucimiento en los teatros. No sé si realmente cada uno de estos cantantes puede decir que sus tres arias escogidas para este concierto son sus favoritas, ni que las lleven consigo allá donde vayan, pero la cuestión es que cada cual ofreció una breve selección con la intención de mostrar sus cualidades canoras y dramáticas dentro del maravilloso –y nunca bien ponderado– universo operístico de Antonio Vivaldi (1678-1741). Este tipo de espectáculos son muy del gusto del público habitual en teatros de óperas, porque sirve como muestrario de las capacidades de cada cual y la variedad, al menos, está servida sobre la escena; de la calidad se pasará a hablar a continuación. Lo primero a tener en cuenta es que hablamos de cuatro cantantes de importante nivel, figuras que van desde lo ya establecido en el panorama a nivel solista, como Jaroussky y el tenor suizo-chileno Emiliano González Toro, hasta figuras que han llegado a los escenarios con gran fuerza y parece que para quedarse, caso de la soprano húngara Emőke Baráth y la contralto francesa Lucile Richardot.

   Emiliano González Toro eligió para la velada las arias «Non tempesta che gl’alberi sfronda» [La fida ninfa, RV 714], «Il piacer della vendetta» [Il Giustino, RV 717] y «Tu vorresti col tuo pianto» [Griselda, RV 718], las dos primeras en un estilo dramático y vocal bastante similar, en la que nos descolló a pesar de mostrar unas condiciones interesantes en su vocalidad. Su voz tiene cierto tinte plomizo en su timbre, que tiende a obscurecerse especialmente en el registro medio-grave. El agudo refulge en ciertos pasajes, fluyendo con cierta naturalidad y mostrando una magnífica proyección. En la coloratura se desenvuelve con solvencia, aunque articula las agilidades en la mandíbula, lo que necesariamente le resta naturalidad a la emisión. La dicción está cuidada y aunque mostró los agudos un punto apretados en el aria de Il Giustino, en general el tono brillante de su línea resultó de interés, en un aria que por otro lado no puso a prueba sus capacidades de forma intensa. La última de sus arias sirvió para escucharle por fin en un rol distinto, mostrando una emisión más brillante, elegante fraseo y buena gestión del fiato. En el da capo del aria ofreció, además, un buen trabajo en las dinámicas bajas y una marcada musicalidad de cierta filigrana sobre su línea vocal. Un trabajo de pincel fino que se agradeció como despedida de su actuación.

   De la soprano húngara Emőke Baráth, que es una de las voces de mayor proyección en los últimos años en el panorama de la música temprana, cabía esperar grandes cosas. Sin embargo, ofreció una versión muy correcta de sus tres arias, que sin embargo no impactaron ni a nivel vocal ni en el plano expresivo. La impetuosa aria «Armatae face et anguibus» –única aria extraída de un oratorio, el magnífico Juditha triumphans devicta Holofernis barbarie, RV 644– es uno de esos momentos que cualquier soprano desea para lucirse cantando Vivaldi. Tiene todo lo que su música vocal desarrolla: brillantez, virtuosismo, energía, luminosidad y una vitalidad contagiosa. Es un aria de una exigencia importante, que fue plasmada por Baráth con una proyección algo escasa en ciertos momentos, verosímil a nivel dramático, manejando con solvencia una coloratura articulada, aquí sí, con naturalidad y desde donde procede. «Alma oppressa da sorte crudele» [La fida ninfa] es otra de esas arias «vivaldianas» muy agradecidas, y a pesar de que evidenció una técnica firme, su interpretación no logró epatar, especialmente por la escasa convicción dramática. Una mayor brillantez e impacto expresivo en el da capo aportaron algo más de interés a su actuación. Concluyó su presencia con la penúltima aria del recital, «Vede orgogliosa l’onda» [Griselda], sin duda una escritura más adecuada a su vocalidad, en la que poder lucir sus cualidades de forma menos forzada, lo que favoreció el impacto expresivo. Si su línea vocal puede brillar con una mayor libertad a expensas del virtuosismo, el resultado mejora de manera exponencial. Este fue uno de los mejores momentos de la noche.

   De Jaroussky no cabe comentar mucho a excepción de que su vocalidad estuvo expuesta en más de una ocasión al límite de sus posibilidades, y desde luego no porque se trate de un repertorio tremendamente exigente, en el que, por otro lado, hace años se movía como pez en el agua. Bien es cierto que finalmente decidieron ofrecerse dos pases del concierto, para compensar las restricciones de aforo, pero estamos hablando de tres arias en cada pase, ¡tres! No hay excusa… Estuvo a punto de quebrar la voz en más de una ocasión en el agudo, evidenciando notables problemas técnicos: la voz no corre, ha perdido carnosidad –en una voz que de por sí es bastante más «etérea» que «terrenal»– en casi todos los registros, la afinación tiende a calar en varios momentos e hizo gala de un sonido no especialmente hermoso. A su favor hay que decir que su factor expresivo sigue siendo convincente y su presencia escénica parece prevalecer para sus adeptos por encima de su escasa solvencia vocal, una evidente muestra de que la maquinaria comercial y de imagen continúa funcionando. Ni en «Vedrò con mio diletto» [Il Giustino], ni en el aria que cerró la velada, «Se in ogni guardo» [Orlando finto pazzo, RV 727], se encontraron atisbos del Jaroussky que en su día fue. Ni siquiera en la coloratura, otrora un dechado de apabullante dominio técnico, su voz encuentra un verdadero acomodo. Incluso corporalmente se apreciaron tensiones, algo que hace años no sucedía. De cualquier manera, en esta aria conclusivo fue lo más cerca que estuvo de recordar a aquel falsetista arrebatador. «Gelido in ogni vena» [Il Farnace, RV 711], un aria de una hondura subyugante, le dio la oportunidad de redimirse a nivel expresivo, pero Jaroussky nunca ha sido un cantante de timbre especialmente profundo, lo que diría complejiza su adhesión estilística a momentos dramáticos de cierta intensidad. Su intencionalidad dramática se intuye, pero vocalmente no logra plasmarlo, por lo que existe una disociación entre ambos planos que resulta problemática.

   Sin duda, la triunfadora de la velada –de lo que me alegro considerablemente, porque es una cantante a la que vengo siguiendo con admiración hace tiempo– fue la contralto Lucile Richardot. Dada a conocer por su estrecha relación con conjuntos como Ensemble Correspondances o Les Arts Florissants, la versatilidad, su color vocal tan particular y la capacidad para expresar emociones la han convertido en una de las contraltos más interesantes del panorama de la música temprana, aunque está abriéndose hacia repertorios más tardíos. En «Sovente il sole» [Andromeda liberata, pasticcio de diversos compositores] demostró su color vocal espectacular, que se mueve en el registro medio y grave con exquisita naturalidad, regalando momentos auditivos en los graves que no pueden escucharse de forma muy habitual sobre los escenarios. Demostró una potencia de sonido apabullante, además de un ámbito expresivo de muchos quilates, así como otras virtudes importantes: magníficos su dicción, control del fiato y fluidez canora. El timbre tiende a obscurecerse en ocasiones, pero con intenciones expresivas muy bien gestionadas. «Frema pur» [Ottone in villa, RV 729] sirvió para mostrar su adaptabilidad a diversos registros y caracteres, en una actuación de un impacto escénico muy poderoso, además de una extensión vocal que impresiona por la profundidad del grave y que sorprende por la solvencia del agudo –solo hubo que lamentar aquí unos leves desajustes en el pasaje más agudo del aria–. Despidió su actuación con «Come l’onda con voragine orrenda e profonda» [Ottone in villa], en un alarde técnico y de virtuosismo en una coloratura vibrante, facilidad insultante para solventar las complejidades vocales del aria y una comodidad apabullante en todos los registros. Richardot no vive del virtuosismo, sino de ofrecer otros muchos aspectos, sutilezas en las que radica su verdadero éxito.

   El siempre exigente apartado orquestal corrió a cargo de la agrupación historicista francesa Le Concert de la Loge, conjunto fundado en 2015 por el violinista Julien Chauvin tras la escisión de parte del conjunto del anterior Le Cercle de l’Harmonie, que había cofundado con Jérémie Rhorer. Es un conjunto de amplio espectro, que cubre desde recitales con repertorio barroco hasta el universo escénico y sinfónico-coral de los siglos XVIII y XIX. De hecho, el conjunto se fundó como un homenaje a uno de los eventos musicales más importantes de Francia en la segunda mitad del XVIII: la fundación en 1783 de Le Concert de la Loge Olympique, agrupación que en su momento fue considerada una de las mejores del continente. Si bien Chauvin es un excepcional violinista, como demostró en el acompañamiento del violín obbligato en el aria «Solvente il sole», interpretada sobre un hermoso sonido sustentando en una línea muy fluida, un virtuosismo bien entendido y una afinación pulcra al extremo, el conjunto que ha conformado no puede considerarse aún entre las orquestas historicistas punteras de su país, ni de Europa. El comienzo notablemente desajustado de los violines al arranque del aria inicial del recital, por ejemplo, además de un sonido general algo falto de empaque –que no energía, porque no es lo mismo– demostraron que queda camino por recorrer, aunque los mimbres son muy buenos. Bien es cierto que la complicada acústica de la escena del Real para una agrupación de este tipo –ya ha pasado antes–, incluso con la ayuda de la caja acústica móvil, no facilitó su labor. En ciertos momentos, cuando uno recibía el sonido de la orquesta, parecía no haber una correspondencia entre el nutrido número de efectivos –con una sección de cuerda nada menos que 5/4/2/3/1– y el impacto y la densidad sonoros. No obstante, el trabajo está ahí y es muy bueno, con un equilibrio muy interesante entre líneas, una afinación y empaste en los violines de notable calidad, un bajo continuo maravillosamente construido y ofreciendo destellos a lo largo de la velada que no pueden ni deben pasarse por alto: los detalles de filigrana ofrecidos en «Frema pur»; el gran trabajo en los oboes barrocos de Laura Duthuillé y Vincent Blanchard en los momentos más destacados como doblando a los violines en varias de las arias, aportando un color muy interesante; el elegante discurso orquestal en «Tu vorresti col tuo pianto», con unos espléndidos tiorba [Benjamin Narvey] y clave [Camille Delaforge] desarrollando con elegancia el continuo; la profundidad del sonido y la potencia dramática, logrando un hermoso balance de secciones, contraste dinámico y las punzadas expresivas ofrecidas por los violines en «Gelido in ogni vena»; acompañando con flexibilidad y cumpliendo su nada sencillo papel en «Come l’onda con voragine orrenda e profonda» o el precioso trabajo en las ornamentaciones sobre el aria «Vede orgogliosa l’onda». El continuo contó además con una interesante sección de violonchelos barrocos a cargo de Hanna Salzenstein, Pierre-Augustin Lay y Vincent Malgrange. Un buen trabajo general, además de un cuidado y detallado manejo del conjunto a cargo de Chauvin, que tuvo momentos muy lúcidos comandando desde el violín; sin embargo, al igual que el resultado de las voces –excepción hecha de Richardot– no logró brillar ni impactar como se espera de un conjunto de este nivel.

   Tras los aplausos pertinentes, los cuatro solistas subieron al escenario para interpretar el coro inicial «Dell’aura al sussurrar», de la ópera Dorilla in Tempe, RV 709, en la que los pasajes del movimiento inicial de la Primavera de Vivaldi salen a recibir al oyente. Fue este, pues, un recital que no pasará a los anales del Real, ni probablemente quede en la memoria de ningún asistente más allá de la mañana siguiente del mismo. Mientras mantengamos un sistema que favorece el seguir vendiendo a precios escandalosos figuras que ya no lo son, mientras las agencias sigan dominando el panorama de la música a lo largo y ancho del planeta, mientras permitamos encumbrar unos artistas de quizá menor valía que otros y, sobre todo, mientras el público no comience a hacer prevalecer su criterio –tras adquirirlo, esto es importante–, me temo que seguiremos viendo galas de este tipo, en las que la estrella del cartel es a todos los niveles lo menos interesante de la velada. No es un tema baladí; cabría una reflexión personal sobre el mismo. Ustedes mismos.

Fotografías: Javier del Real/Teatro Real.

Autor:Mario Guada
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