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Crítica: Gustavo Dudamel dirige 'Otello', de Verdi, en el Hollywood Bowl

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Autor: David Yllanes Mosquera
24 de julio de 2018

Un Otello festivo

   Por David Yllanes Mosquera | @davidyllanes
Los Angeles. 15-VII-2018. Hollywood Bowl. Otello (Giuseppe Verdi). Russell Thomas (Otello), Juliana Di Giacomo (Desdemona), George Gagnidze (Iago), Jennifer Johnson Cano (Emilia), Mario Chang (Cassio), Önay Köse (Lodovico/Heraldo), Derek Taylor (Roderigo), Christopher Job (Montano). Los Angeles Philharmonic. Dirección musical: Gustavo Dudamel.

   La mayoría de las grandes orquestas estadounidenses desempeñan una intensa actividad veraniega lejos de su sede principal. La Boston Symphony tiene su festival de Tanglewood, Chicago veranea en Ravinia y Cleveland en Blossom, por mencionar a algunas de las más destacadas. Por su parte, la  LA Philharmonic cuenta con un escenario especialmente emblemático: el Hollywood Bowl, que ha sido el hogar de verano de la centenaria agrupación desde 1922. El Bowl también ha estado ligado a la ópera desde sus inicios –un destacado hito temprano fue el recital de Lily Pons delante de más de 25.000 personas en 1936–. Su localización en las Hollywood Hills (el famoso letrero es visible desde las gradas) lo ha hecho aparecer, aunque sea de fondo, en varias películas. Los cinéfilos recordarán la cita de Walter Neff y Lola en la magistral Perdición, con este anfiteatro –y un concierto de Schubert– de fondo. Pero no solo se ha alimentado de música clásica, sino que ha acogido también a los grandes del jazz, pop y rock & roll, así como espectáculos no musicales.

   Este último punto quizás lo haga especialmente accesible, sin la barrera que, por desgracia, parece erigirse aún hoy en día ante mucha gente al pensar en conciertos operísticos o sinfónicos. Y es que una tarde en el Bowl es mucho más que un concierto. Los espectadores llegan a menudo un par de horas antes de que empiece la función, se acomodan en sus característicos pequeños palcos de cuatro asientos, provistos de mesas plegables, y se disponen a disfrutar de elaboradísimos picnics bajo el radiante sol angelino.

   Todo ello genera una atmósfera muy positiva, pero quizás no totalmente idónea para ambientar el drama de una ópera. Esto es especialmente claro cuando la ópera es Otello, la obra maestra trágica fruto de la combinación de los genios de Shakespeare, Boito y Giueppe Verdi. A este aire festivo y la abstracción que supone una representación de concierto –con los cantantes en sus chaquetas blancas de esmóquin– se añaden la amplificación –necesaria seguramente en este enorme anfiteatro, pero excesiva en esta ocasión– y las grandes pantallas que flanquean el escenario, junto con el ocasional helicóptero sobrevolando la zona. Hay, por lo tanto, un riesgo de perder la emoción de una verdadera representación en vivo y caer en la sensación de estar viendo una ópera en el cine.

   En estas circunstancias, el desafío que se presentaba a Gustavo Dudamel para dirigir una representación operística de calidad era considerable. Máxime si tenemos en cuenta que el venezolano ha hecho todavía pocas incursiones operísticas y que este era su primer Otello –seguramente la elección de una ópera tan poco adecuada para el Hollywood Bowl se debe a su próximo debut en la Metropolitan Opera con la misma obra este invierno–. Por supuesto, a su favor contaba con una orquesta realmente fabulosa en la LA Philharmonic. Como cabría esperar, en los momentos de mayor intensidad orquestal, como la tormenta inicial, el resultado llegó a ser espectacular. Con mayor mérito, Dudamel demostró también sutileza en el acompañamiento a solistas y consiguió, pese a los abrumadores altavoces y a la distancia, crear momentos delicados y bellos, como el «Ave Maria» o su acompañamiento a la escena del sueño de Cassio. No todo fue ideal, sin embargo, y algunos compases delataron cierta falta de mano como concertador (o escasez de ensayos). El ejemplo más destacado fue el cuarteto del segundo acto, que resultó bastante caótico, con la impresión de que cada cantante iba por su lado, aunque el concertato del tercer acto salió mucho mejor. Dudamel logró dotar a la función de una buena tensión dramática, aunque también en este aspecto habría algún margen de mejora. Pese a estas matizaciones y teniendo en cuenta las especiales dificultades de la función, estamos ante un muy buen debut. Será muy interesante seguir su progresión en las funciones del Met de este diciembre, ya en condiciones más propicias.

   Explotar las inmensas posibilidades de un capolavoro como Otello es un reto desde cualquier punto de vista musical. Sin embargo, mientras que hoy en día contamos con bastantes orquestas capaces de hacer total justicia a la partitura –y la filarmónica de Los Angeles es una– reunir un reparto solvente es mucho más difícil. En el Hollywood Bowl contamos con un elenco de cantantes de primera línea actual, algunos veteranos de sus papeles y otros debutantes.

   Entre estos últimos se contaba el tenor Russell Thomas, quien encarnaba al general moro casi por primera vez –había cantado ya un par de funciones de concierto en Atlanta–. Normalmente tenemos en mente para el papel a voces históricas como Mario del Monaco, Plácido Domingo, Vickers, etc., tenores muy dramáticos y con tintes baritonales. Sin embargo, sobre todo en tiempos recientes, muchos cantantes más ligeros han sucumbido ante la irresistible tentación de interpretar a un papel tan emblemático. En general, estos Otellos han tratado de oscurecer artificialmente la voz, con muy limitado éxito. Ello a pesar de que el Otello original, Tamagno, no poseía una voz especialmente oscura –al menos por lo que podemos juzgar de los escasos y parciales testimonios sonoros, ya en declive vocal–. En efecto, Tamagno era un tenor dramático a la italiana, pero verdaderamente dramático y con empuje, que no puede faltar en este papel.

   Por su parte, Thomas es un tenor lírico con muchas virtudes. Canta con gusto, con buena dicción y clara intención detrás de cada palabra lo que lo dota de cierto carisma. La voz es asimismo atractiva y bien emitida y tiene incluso algo de squillo. Personalmente, he disfrutado con sus creaciones en papeles verdianos menores y, especialmente, como Loge del Rheingold. Por desgracia, estas características no son suficientes como para encarnar todo un Otello con garantías y es claro que el papel le queda grande. Sin embargo, Thomas lo aborda de una manera inteligente. No trata de forzar la voz ni de pretender ser lo que no es, sino que hace una versión que podríamos calificar de más lírica que dramática. El resultado fue algo irregular pero globalmente satisfactorio. Thomas, como, por otra parte, todo el reparto, empezó bastante frío el primer acto y su «Esultate» no dio muchas alas al optimismo. Sin embargo, en el segundo acto alcanzó un gran nivel y ofreció una creación más que interesante. En la segunda parte de la ópera, con una tesitura más grave y difícil para su voz, se le vieron las costuras, pero logró transmitir gran emoción e hizo valer su buena técnica y estilo. En cualquier caso, supo llevar a su terreno el papel y tengo curiosidad por verlo de nuevo en una función escenificada.

   Frente a él teníamos el Iago de George Gagnidze. Como suele ser habitual en él, este barítono ofreció contundencia y una cierta presencia dramática –mermada por su total dependencia de la partitura– pero un canto totalmente plano, sin matices. Su gran aria «Credo in un dio crudel» pasó sin pena ni gloria –aunque aquí también el acompañamiento orquestal pecó de poco sutil– y en general estuvo lejos de una intrepretación convincente. Se vino a más, sin embargo, en sus dúos con Thomas, con quien se compenetró muy bien, en especial en su relato del sueño de Cassio, aquí sí ayudado por la buena mano de Dudamel.

   Juliana Di Giacomo lleva ya mucho tiempo cantando Desdemona. Como es habitual en estas funciones de concierto, esta veteranía le supone una especial ventaja. Al no tener que estar pegada a su atril, tiene muchas más facilidades para crear un personaje y eso la hace destacar entre sus compañeros. Esta soprano posee una voz con un rico centro, al que sabe sacar un buen partido, pero con agudos algo problemáticos. Di Giacomo fue yendo a más hasta ofrecer un cuarto acto francamente bueno, con un «Ave Maria» emocionante y una «Canción del sauce» que le valió una intensa ovación. Le falta quizás algo más de refinamiento y de legato, pero la voz es atractiva y potente –esto último comprobable gracias a un momentáneo fallo de su micrófono, que sirvió de paso para demostrar la excesividad de la amplificación–.

   Entre los secundarios es preciso destacar la excelente Emilia de Jennifer Johnson Cano, cuya voz además complementó muy bien la de Di Giacomo, y el buen Cassio del guatemalteco Mario Chang.

  Una noche de ópera con muchos buenos momentos y un reparto interesante pero que no llegó a explotar todo el potencial dramático de la obra. Esperemos que en el futuro, la LA Philharmonic haga ópera más a menudo y, si lo hace en el Hollywood Bowl, que elija un repertorio más adecuado al ambiente (y sea algo más comedida al amplificar).

Fotografía: Hollywood Bowl.

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