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Crítica: Javier Camarena protagoniza «L'elisir d'amore», de Gaetano Donizetti, en el Teatro Real

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Autor: Mario Guada
12 de noviembre de 2019

Camarena o el milagro de convertir el agua en lágrimas

Por Óscar del Saz | @oskargs

Madrid. 09-XI-2019. Teatro Real. L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti. Sabina Puértolas [Adina], Javier Camarena [Nemorino], Adrian Sampetrean [Dulcamara], Borja Quiza [Belcore], Adriana González [Giannetta]. Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Dirección musical: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Damiano Michieletto.

   Los que nos dedicamos a la crítica musical estamos convencidos de que –y ya hace bastante tiempo de ello– la ópera se ha convertido en un coto cerrado y dictadura de los escenógrafos, figurinistas y directores de escena que campan a sus anchas ideando nuevas producciones sobre seculares obras maestras del género lírico, aprovechando una supuesta «democratización» de la ópera –es decir, justificando que con su proceder consiguen que mucha más gente, también la más joven, llegue a la ópera–, sin que hayan logrado que el público –desafortunadamente– haya refinado por ello su paladar para tener criterio sobre lo que está viendo y escuchando.

   Sobre lo anterior, es verdad que hay gradaciones, y descuadrar el argumento de L’elisir d’amore para optar por una puesta en escena playera en vez de la tradicional pueblerina, con labriegos y gente sencilla y trabajadora, puede parecer que no tiene importancia. Pero la tiene. Al menos en esta producción se ha mantenido el carácter de unos personajes –que como reflejo del ser humano– poco o nada han cambiado, y son perfectamente reconocibles en la actualidad: Adina es un personaje frívolo que se ocupa sólo de su apariencia; así como el sargento Belcore exhibe su zafiedad machista. Por su parte, Dulcamara es un embaucador que utiliza su don de gentes para aprovecharse de los incautos. De esta forma –y es la moraleja de la obra–, el contrapeso de todos estos personajes «malsanos» ha de proporcionarlo Nemorino, primando en él su ingenuidad y sencillez: un ser que se guía por sentimientos verdaderos como el amor.

   Otra cosa es cómo esto se lleve a cabo y se ponga –como único precepto– al servicio de un espectáculo denominado como «ópera» (entendido como la perfecta combinación de libreto, escena, música, personajes y canto). Por la parte de Damiano Michieletto no creemos que esto se consiguiera, ya que todo ello junto quedó embarullado, estancado por la multitud de obstáculos en escena que entorpecieron que el quinteto protagonista pudiera interactuar cómodamente entre sombrillas, dos grandes palmeras, tumbonas, duchas, colchonetas, figurantes y actores no cantantes, un voluminoso chiringuito que ocupó casi un tercio de la escena, arena, y agua, mucha agua, pero no la del mar...

   ... Agua para ducharse –como hizo Belcore de forma integral–, agua para tirársela por encima –todos contra todos– por cubos, agua en dosificadores, agua en pistolas, y después, una fuente con forma de tarta de bodas –preparada para celebrar la de Adina-Belcore–, a la que se agregó espuma y a la que todos los cantantes –incluído el coro– tuvieron que ir «de cuerpo entero» por exigencias de la escenografía. No es de extrañar que muchos espectadores comentaran que daba mucho frío ver esas escenas, dado que ese día en Madrid bajaron fuertemente las temperaturas.

   Todo esto que comentamos puede parecer divertido, pero en realidad dificulta enorme y gratuitamente cualquier representación de ópera, porque lleva al extremo a un elenco que suficiente tiene con cantar en el estilo belcantista, donde el Ars Canendi debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración. Por la parte de la soprano guatemalteca Adriana González y su Giannetta, estimamos que lució magníficas prestaciones vocales, de lirismo muy rico, muy por encima de lo esperado para un papel que en realidad tiene poco desarrollo psicológico y actoral, y no demasiado que cantar. El Dulcamara del bajo rumano Adrian Sampetrean nos complació por su voz firme e igualada en toda su extension, estudiada proyección y con facilidades para la agilitá, desarrollando su rol de forma muy inteligente y efectista en consonancia con su habilidad de «encantador de serpientes» que siempre consigue lo que se propone.

   Muy creíble en lo actoral estuvo el Belcore que encarnó Borja Quiza, además de ser uno de los que más «perjudicado» estuvo por este montaje, ya que tuvo que esforzarse por realizar todos los movimientos requeridos y acciones y posturas «anti-canto», sin menoscabo de su valorable quehacer vocal que –aunque cumplido de forma adecuada–, creemos que tuvo cierta tendencia a la vociferación, fuera -eso sí- de sus momentos solistas. La Adina de Sabina Puértolas fue de menos a más, remontando el vuelo a partir del concertante «Adina, credimi» –donde por cierto el coro estuvo poco menos que inaudible y poco preciso en el sotto voce–. A partir de ahí, Puértolas logró establecerse a una altura más acorde con el tenor en su aria «Prendi, per me sei libero», si bien no de forma excelsa, ya que cuenta con una voz de limitado volumen y que no corre todo lo que sería deseable, con un centro un tanto desguarnecido. El agudo es fácil, pero creemos debería sofisticarlo reajustando su técnica porque ahora mismo canta –en un buen porcentaje– con una voz de natura que puede que no le acompañe siempre.

   Mención aparte, a nivel muy alto, merece el trabajo realizado por el gran tenor Javier Camarena, que sólo cantó en esta única función, y que entendemos tuvo menos tiempo para ponerse al nivel de sus colegas, sobre todo en la compleja parte escénico-actoral, donde desde el primer minuto el tenor se puso en la piel de un pobre pero honrado mozo de playa que tiene que colocar mesas, instalar sombrillas y tumbonas, recoger la basura, etc., y que por su –digamos– poca personalidad es agredido, zarandeado y revolcado por el suelo, además de humillado y mojado completamente varias veces de manera despiadada. Cantar en esta situación de continuo estrés escénico y posturas imposibles no debe ser fácil, pero Javier Camarena pudo con todo.

   Es por ello que nos permitamos adjetivar toda la actuación de Javier Camarena de «milagrosa», ya que sin sus aportaciones canoras –que compensaron con creces todos los despropósitos escénicos– nosotros hubiéramos titulado esta crítica como Un elixir aguado, o como lo hizo nuestro compañero Raúl Chamorro, Insípido elixir. El «milagro» consistió en trazar un Nemorino incontestable, lección de canto durante toda la obra, rematado con el bello broche de la celebérrima «Una furtiva lagrima», de forma admirable: canto sul fiato, aplicando varias mezza di voce, trabajando la dinámica piano hasta sus últimas consecuencias [ppp], y dando a cada palabra su justo valor e intención: «si puó morir… Ah, si morir… d’amor».

   Y después, el delirio, muchos minutos de aplausos y bravos en todo el teatro, así como incesantes pedidas de bis… Pero el cantante estaba emocionado y diríamos que «lloraba». Al final, e intentando sobreponerse, y secándose las lágrimas, el artista accedió al bis, y de nuevo se obró el milagro y se provocó el éxtasis del público… A partir de ahí, la función no podía más que crecer en intensidad, y ya daban igual decorados playeros u otros…: Camarena obtuvo un grandísimo éxito, ello fue innegable, acabando la función por los suelos, abrazado a Sabina Puértolas, que también cosechó buena parte de los aplausos y vítores por parte del público durante los saludos.

   En resumen, una producción que gracias a la contribución de la sobresaliente figura de Javier Camarena pudo compensarse de forma que se nos «olvidara» por un momento el despropósito escénico y también el escaso interés –por su falta de profundidad en la creación de las atmósferas y tono anodino– de la versión del director musical, Gianluca Capuano, con recitativos mal administrados y «aporreados» con el piano –en vez de con clavecín–, y con un soporte orquestal insuficiente para acompañar la verdadera esencia belcantista que esta obra demanda.

   Por último, y como corolario a lo que comentábamos al principio sobre lo que tiene importancia, echamos de menos las épocas en las cuáles los divos de turno se «enfrentaban» a según qué producciones y directores de escena negándose a cantarlas o pudiendo aportar su visión sobre los personajes, la escena o el mejor encuadre de las producciones. Lo que nos parece injusto es que los directores de escena actuales –que probablemente no conocen los entresijos de muchas de las óperas que dirigen escénicamente– se permitan el lujo de quedar por encima de la visión de artistas y cantantes experimentados en ciertos repertorios y que conocen las obras mucho mejor que ellos… Pero así es la ópera actual, lamentablemente.

Fotografía: Javier del Real.

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