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Crítica: Tafelmusik Baroque Orchestra inaugura su temporada de conciertos en Toronto

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Autor: Giuliana Dal Piaz
23 de septiembre de 2019

Redescubriendo a Tchaikovsky

Por Giuliana Dal Piaz
Toronto. 19 de septiembre. Koerner Hall, TELUS Centre for Performance & Learning. Tafelmusik Meets Tchaikovsky. Obras de Felix Mendelssohn, Andrew Balfour y Piotr Ilich Tchaikovsky. Tafelmusik Baroque Orchestra. Elisa Citterio [violín y dirección].

   En Canadá, septiembre marca el inicio de la nuova temporada musical para todas las orquestas y para la compañía de ópera. En el caso de la Tafelmusik Baroque Orchestra, éste resulta especialmente nuevo e interesante: ¿una orquesta barroca presenta, con instrumentos de época, a dos autores totalmente «románticos» como Mendelssohn y Tchaikovsky?

   La chelista Kate Bennett Wadsworth, artista canadiense que hace tiempo radica en Inglaterra dedicándose a la investigación, sobre todo de las ejecuciones de época nos abre las puertas a esta experiencia en sus notas al programa del concierto. Debido a un respeto excesivo hacia el proceso creativo del autor –ella escribe–, los ejecutores de las piezas llamadas «románticas» han llegado a renunciar a su propia creatividad en aras de la interpretación literal de la página musical. De tal manera, han terminado por trahicionar el auténtico espíritu de las obras del siglo XIX, en el que los compositores gozaban de una libertad estilística que no nos imaginamos. Ellos hacían un «uso elástico del tiempo [...] evitando el término rubato al que preferían Freispielen [sonido libre] y Gestaltungskraft [arte de dar forma] [...] Bajo esta perspectiva, la nota es en sí una distorsión de la música, en tanto que un gran ejecutor es aquel 'que intenta, observando muy de cerca la sombra, establecer un contacto con la cosa real que ha proyectado dicha sombra [...]' Igualmente esencial a la expresión romántica era una inflexión del tono, a veces llamada portamento: un sutil (a veces ni siquiera tan sutil) deslizamiento del sonido entre las notas. En el transcurso del siglo XX, el portamento se había vuelto meloso y sentimentale, por lo cual los ejecutores de música clásica se mostraban por lo general renuentes a utilizarlo, por medio a sonar involuntariamente unos Bing Crosby. Nuestro objetivo ha sido el de ir atrás en el tiempo, cuando las inflexiones del tono sólo expresaban simplicidad y sinceridad» [K. Bennett Wadsworth].

   La primera parte del programa ha incluído tres obras de Felix Mendelssohn: la Sinfonietta en Do Menor [1823], la Sinfonia para cuerdas n.º 7 en Re Menor (1821-22) y el Scherzo de el Sueño de una noche de verano [1842], en el hermoso arreglo para cuerdas escrito por Carlo Citterio. Hay que recordar también que Mendelssohn compuso las primeras dos cuando tenía apenas 11-12 años de edad. La interpretación por la orquesta Tafelmusik nos ha presentado con una partitura increíblemente moderna, turbulenta, rica de discordancias creadas, en particular, por los cuatro chelos y los dos contrabajos tocados de forma magistral.

   El Scherzo, en cambio, obra de la madurez del autor, la atmósfera musical nos sugiere un delicado movimiento de olas in crescendo, enfatizado por el pizzicato de los bajos.

   Abre la segunda parte del programa –como ya fue anunciado por Tafelmusik como una característica de la temporada que está iniciando– la obra de un autor contemporáneo: El Sueño de Pyotr, dedicada a Tchaikovsky por Andrew Balfour, director de la Camerata Nova de Winnipeg. De origen indígena Cree, Balfour es compositor, director de orquesta, cantante y productor de sonido; autor de varias obras, ha recibido un premio en Montreal y en Haliburton por una de ella, Mishabooz’s Dream. El propio Balfour describe su composición, presentada ahora en estreno mundial, como basada en el Hymno del Querubin, obra coral compuesta por Tchaikovsky en 1878. Ella «va más allá de la peculiar belleza de la música coral religiosa para incluir una apreciación de la música como verdad espiritual». Su pieza es muy hermosa, con sus tiempos dilatados y unas pausas ricas de suspenso.

   La novedad que la Tafelmusik Baroque Orchestra ha introducido para la nueva temporada, es, por un lado, una serie de imágenes creadas por jóvenes fotógrafos canadienses para la publicidad de cada concierto: la del primer concierto, del fotógrafo Dave Sanford, es una enorme ola que se estrella aparentemente contra una roca [lo dudo, pues la foto ha sido tomada sobre el Lago Eire durante una tormenta]; puede que haya sido inspirada por la Sinfonía de Mendelssohn, mas se adapta perfectamente también a la pieza de Balfour... Por el otro lado, cada concierto de la temporada va a incluir una composición original, expresamente escrita por algunos jóvenes autores canadienses, en armonía con el tema de la temporada 2019-20: «lo nuevo dándole forma a lo viejo, y lo viejo dándole forma a lo nuevo».

   Última obra del programa, por fin, la Serenata para cuerdas, Op. 48, de Piotr Ilich Tchaikovsky, que lleva por subtítulo Pieza en forma de sonatina, en cuatro movimientos.

   Como Elisa Citterio ha subrayado en el curso de una reciente entrevista, no es la primera vez que la Tafelmusik Baroque Orchestra ejecuta obras de autores del siglo XIX, pero es la primera vez que toca Tchaikovsky, y lo hace «con frescura y vitalidad, aún respetando la partitura original y la sonoridad de los instrumentos de la época de creación». Me pareció muy buena la elección de la Serenata –una pieza muy conocida– para poder apreciar la manera totalmente distinta de enfrentarse a una composición del siglo XIX: la empalagosa, por momentos casi aburrida, Serenata resulta en una experiencia radicalmente diferente gracias a los arcos diabólicos de Elisa y de sus músicos, casi todos pasionales como ella en sus movimientos, mientras que la ola musical se quiebra sobre dos de los concertistas, prototipos de la tradicional impasibilidad británica, el violinista Nicholas Robinson y el chelista Allen Whear, que no se alteran ni se mueven jamás, a pesar de que sus dedos vuelen frenéticamente sobre sus instrumentos...

   La diversa interpretación nada le substrae a la delicada hermosura de la obra: íntima y elegante en el Andante non troppo, sugestivamente rítmico en el Valzer del segundo movimiento, eco de canciones repetidamente escuchadas en el Larghetto elegiaco del tercer movimiento, vivaz y «danzante» en el Finale, sobre temas populares rusos. Esta música, que desafortunadamente ahora nos inclinamos a identificar con películas conocidas, logra darnos sorpresas muy agradables.

Fotografía: Seanna Kennedy.

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