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Crítica: Franco Fagioli e Il Pomo d'Oro ofrecen un recital puramente händeliano en el 'Universo Barroco' del CNDM

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17 de marzo de 2018

El falsetista argentino presentó su reciente registro discográfico en un recital protagonizado por algunas de las arias operísticas más impresionantes de Il caro Sassone.

¿Vida más allá de Händel?

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 15-III-2018. Auditorio Nacional de Música, sala de cámara. Centro Nacional de Difusión Musical. Universo Barroco. Händel Arias. Obras de Georg Friedrich Händel. Franco Fagioli • Il Pomo d’Oro.

   A pesar de que ni siquiera se encuentra entre los diez compositores con mayor representación en los escenarios de todo el mundo, Georg Friedrich Händel (1685-1759) sigue siendo uno de los autores anteriores a 1750 que más presencia tienen en las programaciones de instituciones, festivales y ciclos del panorama internacional. Sin duda, uno de sus máximos valedores en España –y en buena parte de Europa– es el Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM], que temporada tras temporada presenta su música de manera recurrente, de tal forma que en el propio Universo Barroco se van a poder disfrutar, al final de la presente temporada, de un par de óperas en versión concierto y dos conciertos prácticamente monográficos, además de otras citas en la que su música pasa por aquí y por allá. Quizá demasiado Händel, habría que decir, pues si bien del autor alemán no se acaba uno de cansar, sí que parece existir una especie de agravio comparativo entre este y otros compositores que se encuentran, al menos, al mismo nivel compositivo. Personalmente preferiría tener la oportunidad de escuchar alguna otra ópera italiana o, por qué no, alguna francesa o española, yendo ya al extremo de lo que sabemos nunca va a suceder.

   En cualquier caso, de las cosas cuando son buenas tampoco parece de recibo quejarse. Y este recital a cargo del espectacular falsetista Franco Fagioli –el término contratenor se queda muy corto y en inadecuado para sus características vocales– a fe que lo fue. Presentaba sobre el escenario de la Sala de cámara del Auditorio Nacional con un programa titulado Händel Arias, homónimo de esta reciente grabación discográfica para el sello Deutsche Grammophon, que acaba de estrenarse hace pocos días. Fue el segundo concierto de una pequeña gira que también le ha llevado por Oviedo, Zamora y Sevilla. No soy especialmente partidario de este tipo de popurrís con perlas operísticas que se seleccionan única y exclusivamente para el lucimiento de un cantante. En cualquier caso, la selección ofrecida transitó por algunas de las óperas más célebres del genial compositor alemán, como Rinaldo, HWV 7; Rodelinda, HWV 19; Alcina, HWV 34; o Serse, HWV 40, a las que se añadieron extractos de otras menos conocidas: Oreste, HWV A11, Imeneo, HWV 41; e Il pastor fido, logrando con ello un éxito apabullante, pues la música en realidad lo es.

   Un ir y venir concebido, como suele en estos casos, como una alternancia de arias de bravura en contraste con otras lentas, de mayor lirismo y expresividad, de tal forma que el cantante –si es capaz– puede ofrecer un brillante muestrario de sus múltiples cualidades. Fagioli tiene muchas, y la mayoría de ellas muy buenas. En las arias de bravura muestra su línea de canto técnicamente superlativa, con un dominio de la coloratura, el trino y trémolo, la ornamentación, una notable proyección, un registro amplísimo y una capacidad para el agudo absolutamente apabullante. Impresiona especialmente su paso a la vez de pecho y el regreso al registro de cabeza con una solvencia casi insultante, y de un trabajo tímbrico realmente pulido y homogéneo. Su dominio técnico es tal, que incluso llega a abusar de la messa di voce, aunque logra con su uso un efecto poderoso. La ornamentación en los da capo está realizada con gusto y elegancia. En las arias de corte más dramático y expresivo se muestra también muy solvente, demostrando así que no es solo una voz capacitada para los fuegos de artificio, aunque diría que en su caso es su faceta más destacable. Algunos momentos de la velada especialmente hermosos fueron Dove sei amate bene [Rodelinda], Mi lusinga il dolce affetto [Alcina] o Crude furie degl’orridi abbisi [Serse].

   Por su parte, Il Pomo d’Oro, en una versión por la mínima, volvió a demostrar –y van…– que es probablemente el conjunto historicista en mejor forma de la actualidad. Acometer una selección operística como esta y defenderla a ese nivel con solo un instrumentista por parte está solo al alcance de unos pocos. No pueden ponerse peros en lo técnico, especialmente en el impresionante dominio de los violinistas barrocos Stefano Rossi –que comandó al conjunto con mano sutil– y Alfia Bakieva, cuyo trabajo tanto en los pasajes a unísono como en los diálogos entre las dos líneas de violín resultaron de una apabullante calidad. Pocos violistas barrocos conozco actualmente capaces de defender su parte a solo con suficiencia tal como Giulio D’Alessio, que es capaz no solo de mantener su línea firme, sino de dar una sonoridad a la viola que no es tan habitual como sería deseable. El continuo brilló de forma impecable merced a la solidez de Ludovico Minasi [violonchelo barroco] y Jonathan Álvarez [contrabajo barroco], que lograron un sonido conjunto muy logrado, con una afinación en las octavas realmente impresionante. Mención aparte merece Federica Bianchi, que desarrolla un continuo riquísimo, repleto de imaginación y sutilezas que adornan de forma impactante el continuo permanentemente. Especialmente destacable la labor del conjunto en las piezas puramente instrumentales interpretadas, como fueron las bellísimas Sonata a cuatro en Sol mayor, Op. V, n.º 4 –¡esa Passacaglia!–, y la Sonata en trío en Sol menor, Op. II, n.º 5. Fantásticamente adheridos a una misma concepción de la música, los seis instrumentistas dieron una lección magistral de refinamiento händeliano, deleitándose de manera muy especial en las sutiles disonancias cadenciales de muchos de los movimientos.

   El público cayó rendido ante este Fagioli que es puro espectáculo, que mima la presencia escénica, sus poses, gestualidad y es, sin duda, un cantante de un inmenso carisma. Respondió a los recurrentes y calurosos aplausos del público con sendas propias, extraídas de nuevo de Serse y Rinaldo, incluyendo de esta última el célebre Lascia ch’io pianga, en cuya parte final animó al público a cantar junto a él, un acto que personalmente no comprendo y que veo innecesario, pero que desde luego terminó de atrapar al público asistentes en las redes del argentino. Un recital técnicamente apabullante, sólido, sin apenas fisuras, pero del que esperaba algo más a nivel expresivo y emocional. Salí de allí con la sensación cálida de haber escuchado un portento, pero también fría por no haber presenciado ningún momento tan especial que logre que recuerde este concierto entre los muchos que presenciaré al final de la presente temporada...

Fotografía: Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM].

Autor:Mario Guada
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