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Crítica: El Cuarteto Hagen y Gautier Capucon en el Konzerthaus de Viena

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
4 de abril de 2023

Crítica de Padro J. Lapeña Rey del concierto de Cuarteto Hagen y Gautier Capucon en el Konzerthaus de Viena

Cuarteto Hagen y Gautier Capucon en el Konzerthaus de Viena

Dream Team

Por Pedro J. Lapeña Rey
Viena. Konzerthaus. 23-III-2023. Gautier Capuçon, violonchelo. Hagen Quartett. Cuartetos de cuerdas nº 17 en si bemol mayor "La caza", K.458 y nº 16 en Mi bemol mayor, K.421b de Wolfgang Amadeus Mozart. Quinteto de cuerdas en Do mayor; D. 956 de Franz Schubert. 


   Extraordinaria velada la que nos dieron el Cuarteto Hagen y el violonchelista francés Gautier Capuçon la tarde del jueves pasado en la Sala Mozart del Konzerthaus. Si el año pasado, cuando cumplieron 40 años en los escenarios de toda Europa, nos regalaron una memorable integral de los 15 cuartetos de Dmitri Shostakovich, su ciclo de este año tiene como hilo conductor los Cuartetos Haydn de Wolfgang Amadeus Mozart. 

   Mozart se había trasladado a Viena en 1781 y desde entonces tenía que ganarse la vida de autónomo, como compositor, intérprete y profesor. Componer no tenía secretos para él, dada su inspiración, su oficio y su innegable facilidad. Sin embargo, el ciclo de los seis cuartetos Haydn no fue un camino fácil. Aunque una década antes había compuesto ya doce cuartetos, el género como tal aún distaba de ser lo que conocimos más tarde. Haydn empezó a establecer las reglas en 1772, cuando compuso sus Cuartetos del sol op. 20 y definió de manera inequívoca lo que es un cuarteto de cuerda -cuatro personas racionales conversando entre ellas-. El impacto y el esfuerzo fueron tales que tardó nueve años en volver al género, esta vez con un tono más clásico y moderado, pero que marcó definitivamente el futuro "de una forma especial totalmente nueva": sus Seis cuartetos rusos op. 33, dedicados al Gran Duque Pablo de Rusia.

   Así las cosas, en 1782 Mozart no trataba sólo de abrir nuevos caminos, sino también de intentar ponerse a la altura de Joseph Haydn, la única autoridad en el género. Como el propio Mozart le escribió en su dedicatoria, su ciclo de seis cuartetos fue el «fruto de un largo y arduo trabajo» que le llevó cerca de 3 años, de diciembre de 1782 a enero de 1785. 

   El Cuarteto Hagen comenzó la velada con el cuarto de ellos, el Cuarteto en si bemol mayor, la caza. Su estado de forma es tremendo. Empezaron fuertes el Allegro vivace inicial, pergeñando el tema principal y su desarrollo posterior con alegría y brillantez. En sus manos, las melodías surgieron frescas y naturales. El Menuetto sonó compacto y un tanto sobrio, desembocando en un Adagio intenso y musical, muy bien fraseado, con un equilibrio impecable. Un Allegro assai final de nuevo chispeante donde saltamos con una naturalidad pasmosa de un tema al siguiente fue un perfecto colofón a la gran lectura.

   Continuamos con el tercero, el peculiar Cuarteto en mi bemol mayor, K 421b, de una escritura algo mas avanzada que sus compañeros. La exposición y el juego cromático de la primera melodía del Allegro non troppo inicial fue clara y brillante, con un toque melancólico perfectamente expresado por un Lukas Hagen a alto nivel toda la tarde. Sus rupturas de la melodía posterior con unos tresillos ásperos fueron contestadas por la musicalidad y el equilibrio que mostraron Veronika y Clemens, y por el exquisito fraseo de Rainer Schmidt. Equilibrio y fraseo contenido fueron también las características del Andante con motto posterior, donde las tensiones y relajaciones armónicas fueron perfectamente definidas, al igual que el atractivo cromatismo de las voces medias. Lukas marcó más intensidad y cierta aspereza delineando el Menuetto y todos subieron el nivel de intensidad en el delicioso Trío posterior en el que la belleza del sonido nos fascinó. Sin un segundo de descanso entramos en el breve Allegro vivace conclusivo, pleno de brillantez donde de nuevo Lukas llevó la luz cantante.

Gautier Capucon

   Tras el descanso fue el turno de una de las obras maestras más bellas de la Historia de la música: el Quinteto de cuerdas en do mayor, D. 956 de Franz Schubert. Compuesto en el último verano de su vida, el de 1828, forma parte de ese grupo de excelsas obras finales del compositor. Un grupo donde está acompañado por las tres últimas sonatas para piano -en do menor D. 958, en la mayor D. 959, y la monumental en si bemol mayor D. 960- y varias de las canciones del ciclo el Canto del cisne. En ellas, vislumbramos la serenidad y el aplomo únicos que Schubert alcanzó al final de sus días, tras una vida breve y compleja, en las que parece anticipar su muerte cercana. Aunque hoy goza de enorme popularidad, y es favorita de todos los violonchelistas de primer nivel, la obra, que en muchos aspectos es tan revolucionaria como los últimos cuartetos de Beethoven, tardó en entrar en el repertorio, y su actual popularidad le debe mucho a la figura de Pau Casals, que la llevó por todo el mundo. 

   Escuchados en la misma velada, los 40-45 años que separan los cuartetos de Mozart del Quinteto de Schubert nos parecieron más de un siglo. Es verdad que entre medias, en los albores del cambio del S.XVIII al XIX, Beethoven había revolucionado la música con la Sinfonía Heroica y posteriormente, en la segunda década la había hecho avanzar de manera radical con obras como la Sonata op. 111 o la Gran fuga op. 133 que marcaron la música durante los siguiente 50 años. La transformación que los miembros del Hagen experimentaron tras el descanso fue significativa. Pasamos del equilibrio y el respeto a la forma más exquisito a un nervio, una tensión y una vehemencia arrebatadoras. 

   Aunque sigue manteniendo su imagen de «eternamente joven», el francés Gautier Capuçon ha alcanzado ya la cuarentena, y al brío y al ímpetu juvenil que fueron su santo y seña desde que apareciera como un rayo en los escenarios con poco más de 20 años, ha ido añadiendo en los últimos tiempos un poso y una profundidad a sus interpretaciones que hacen de él uno de los solistas más respetados y queridos del circuito. 

   Clemens Hagen le cedió los trastos y fue el francés quien asumió la partitura del primer violonchelo. Su frase inicial, densa y profunda, acompañando a Lukas fue una declaración de principios. Sonido potente y fraseo sublime aunque integrado plenamente con todos los miembros del cuarteto. Las miradas de complicidad fueron continuas, sobre todo con un Clemens con el que hablaba el mismo idioma, y con el que continuó hablando en las pausas. Un fraseo lento, rico e intenso, con contrastes continuos entre todos dominaron los temas y las recapitulaciones del Allegro ma non troppo inicial que nos llevaron a la espectacular coda donde se ensamblan ambos temas. El Adagio fue sublime. Se puede decir que casi levitamos en la larga melodía inicial que casi nos eleva al infinito. La entrada al segundo tema estuvo suficientemente contrastada y el dialogo entre Lukas y Gautier en la oscura sección central estuvo acompañado por los otros tres miembros con una textura sonora de presencia orquestal. El idilio siguió en el Scherzo, con una melodía principal muy viva y con un trío central de gran lirismo donde tanto Veronika como los dos violonchelos cantaron mucho y bien. El Allegretto final fue una gozada donde todos rayaron a gran nivel. Ritmo adecuado en la danza inicial con unas síncopas precisas sin perder el lirismo, preciosa la manera en que Lukas bordó el segundo tema e inolvidables la densidad casi orquestal con que los dos chelos llevaron la transición a la danza inicial. Tras el desarrollo y la recapitulación correspondiente, se embarcaron en una coda febril pero nunca descontrolada, lírica a mas no poder, de belleza turbadora y que puso boca abajo la Sala Mozart que no se cansó de aclamar a este auténtico dream team.

Foto Cuarteto: Harald Hoffmann

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