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Crítica: 'Curro Vargas' de Chapí en la Temporada de Zarzuela del Teatro Campoamor

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Autor: Aurelio M. Seco
25 de junio de 2014

UNA GRAN PRODUCCIÓN

Por Aurelio M. Seco

Oviedo. Teatro Campoamor. 22/VI/14. Festival de Teatro Lírico Español. Curro Vargas, Chapí. Director musical: Martín Baeza-Rubio. Director de escena: Graham Vick.

   Cuando acudimos al estreno de este Curro Vargas en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, tras ver el primer acto, nos pareció que estábamos ante el éxito del año del coliseo madrileño. Ayudó mucho a la impresión el extraordinario trabajo realizado por Guillermo García Calvo, que con una orquesta que no está pasando por su mejor momento artístico, consiguió extraer de la partitura la gran paleta de matices de esta espectacular tragedia montada por Chapí y sus libretistas Joaquín Dicenta y Manuel Paso Cano.  Recuerdo que también tuvimos la impresión de que los músicos acabaron agotados tras cuatro horas de espectáculo. A nosotros se nos pasaron volando.

   También nos gustó  el trabajo escénico de Graham Vick, que con algunos aspectos discutibles, que comentaremos a continuación, enmarcó con buen gusto estético e interesantes ideas una obra fundamental para el siglo XIX, aunque estuviera maltratada por parte de la opinión pública y algunos músicos de peso de entonces. Hay que felicitar al Teatro de la Zarzuela y a su director artístico, Paolo Pinamonti, que acaba de ser nombrado Ufficiale de la Orden de la Stella d'Italia, por el éxito de la producción, que a buen seguro se recordará por mucho tiempo. Parece mentira que haya tenido que venir un gestor italiano para encontrarle el punto al género lírico más español. En cualquier caso, el teatro de la Zarzuela no puede hacer este trabajo de recuperación solo. Se necesita la colaboración de otros teatros españoles, que le sirvan de eco y que programen sus producciones, para que el público las disfrute, para que se difunda lo conseguido. Qué mejor forma de emplear el dinero público que en potenciar y dar a conocer lo que está bien hecho. Siempre animamos a programar con frecuencia la producción realizada por Paco Mir de Los sobrinos del capitán Grant, de Caballero. Es un trabajo repleto de inteligencia y un elegante sentido del humor que debería tener un reconocimiento perpetuo en nuestras temporadas. Yo mismo he sido testigo de lo fascinado que sale todo tipo de público de esta función, y con una sonrisa en la boca. ¿Qué más se puede pedir?

   Pero continuemos hablando de este Curro Vargas. Esta vez le tocó el privilegio al Teatro Campoamor de Oviedo, entidad que, gracias al interés del Ayuntamiento de la ciudad, está contribuyendo en gran medida a la recuperación de títulos de zarzuela fundamentales. Que este Curro Vargas haya podido verse en la capital del Principado de Asturias el mismo año de su estreno en el Teatro de la Zarzuela de Madrid debe ser un motivo de orgullo para los organizadores del ciclo, y no deja de ser una suerte para los ovetenses, que respondieron entusiasmados ante las delicias de una función de gran calidad.

   Graham Vick plantea el trabajo escénico desde el punto de vista de un inglés que transmite la imagen de España a través sus convenciones y símbolos, lo que, en el mundo del teatro, no tiene por qué funcionar mal. Vick huye no obstante de lo folclórico, aportando un lenguaje moderno y limpio que creemos ha servido para dotar de una perspectiva diferente y valiosa a la hora de mostrar la zarzuela.  

   Empecemos por lo menos interesante. No nos ha parecido acertado que el director haya extraido de una obra de finales del siglo XIX, de manera obvia e incluso exagerada, ciertos aspectos “machistas” que, obviamente, existían en todas las obras del mundo en esa época. Nos resulta un gesto fácil e innecesario, con el que el director inglés da la impresión de querer apuntarse el tanto reivindicativo obvio, que uno puede ganar siempre que lo desee. Por la misma regla de tres, podríamos incluir a hombres realizando gestos obscenos en cada ópera de Verdi o Bellini, y realizar alusiones a la violencia machista en todas y cada una de las obras de teatro del XIX hacia abajo, aprovechando cualquier sutil excusa.

  Esto lo manifestó el director con tan poco gusto que llegó a tratar como animales a la figura masculina, excelentes actores para el caso que, atados a un árbol como bestias,  poco menos que quedaron reducidos en una escena a seres sin cerebro, únicamente interesados en copular. Esta perspectiva nos parece vacua e inoportuna y, en cualquier caso, sin relación con la dramaturgia de la obra, por muy represiva que fuera la época.

   Insistimos en que es obvio y evidente que hay aspectos sociales de la obra que reflejan una sociedad en la que la igualdad de hombre y mujer no es equivalente, pero considerar la escena final de esta zarzuela como una rifa en la que se iguala la venta de un baile con la protagonista con la de un oso de peluche o la de un cerdo, nos parece exagerar el mensaje sin necesidad. Si uno no se fija, el cerdo y demás objetos se reducen a un mero adorno que no estuvo mal, pero si vamos algo más allá, y a veces esto no se puede evitar, el mal gusto del director aparece, entorpeciendo la percepción de la obra, que para el espectador ya no existe salvo siendo consciente de esta lectura.

   Este tipo de ideas nos recuerdan al “azuloso” de Jorge Luis Borges, palabra que, aunque está en el diccionario, no se puede usar sin molestar la obra literaria y distraer al espectador. No nos parece legítimo incomodar al que observa de esta forma, obligándole a pararse en las inseguridades e intereses personales del director de escena, que aquí se olvida de Chapí para preocuparse de sus convicciones morales. Sucede lo mismo con el uso de un gran arco iris que, si en el XIX podría enmarcar el tono festivo de la escena final desde la pura estética, hoy es un símbolo reivindicativo de ciertas opciones sexuales. Curro Vargas parecía estar en Chueca, el apellido de otro gran compositor. Estos son los mensajes que al director le apeteció inmiscuir en la obra y que se podrían incluir en cualquier otra. Nosotros no entramos en la legitimidad moral del mensaje, sino en la incomodidad semántica que supone la mezcla, una especie de oxímoron sociológico que no termina de funcionar.

   En cualquier caso, notamos una cierta atenuación de los gestos obscenos por parte de los hombres en escena, que en los primeros momentos de la obra, mientras realizan las tareas del campo, en el Teatro de la Zarzuela lucieron unos ostentosos y ciertamente sorprendentes gestos de pelvis fuera de lugar, que en Oviedo se atenuaron un tanto, no sabemos si por pudor ante Vetusta o porque al director de escena le parecían excesivos.

   Tampoco nos gustó cómo se resolvió alguna escena. La naturalidad con que el marido de Soledad contempla al final de la obra el estrangulamiento de su esposa, nos parece cuando menos surrealista. Es una escena que sin duda debería corregirse, porque desdibuja mucho el trágico final y la idea general de la producción, al ser el momento culminante de la historia. Nos parece curioso que algo tan evidente y fácil de corregir no lo haya sido para un director de tanta experiencia, pero a veces suceden estas cosas incluso con los grandes nombres.

   Con todo y por difícil de creer que parezca, los aspectos positivos fueron más que los negativos. Nos pareció muy atractivo lo puramente estético. La escena estuvo llena de color siempre, de una u otra forma, lo que dotó de una imagen bella a una producción que relució, con una limpieza escénica muy atractiva y elegante. Vick usó elementos del imaginario histórico español, por ejemplo, la cruz, vinculada obviamente con la religión, el respeto por la tradición y con Curro Vargas, que jura por Dios que Soledad será solo suya. También se encuentra el ya comentado anhelo de libertad del director de escena, que asiste al espectáculo desde el presente, apoyándose en la belleza de los floridos patios andaluces, en los pájaros de colores, e incluso en una cama, puede que por lo de la siesta española, que todo cabe en la mente de un inglés que retrata la España de zarzuela.

   Otro de los aspectos que más nos gustaron fue el movimiento en escena. La forma en que Graham Vick -ayudado en Oviedo por Pablo Viar- diseñó la procesión en el segundo acto resultó ciertamente admirable. Toda la escena está llena de virtudes, desde la forma en que el director introduce a personajes que, acto seguido, cumplen un sentido dramático parecido en la procesión propiamente dicha, hasta el uso de elementos de escena con una utilidad muy imaginativa. Nos acordamos, por ejemplo, de la figura de una prostituta que, por el arte de Vick, se convierte en María Magdalena en la procesión. O del Capitán Velasco, un militar que, como Simón, ayuda a Cristo a soportar el peso de la cruz, puede que por similitud dramática. La manera en la que se mostró a Cristo crucificado en un mesa nos sorprendió gratamente por su fuerza estética. A falta de pasos procesionales, el director subió en hombros de los cofrades al matrimonio protagonista que, sentado en un llamativo sillón naranja, parecían entrever la prefiguración de su propio martirio. Qué maravilla de escena, y qué música tan emotiva acompañándola. Y cuando parecía que las pupilas no podían dilatarse más, la aparición perfecta del coro de niños de la Escuela de Música Divertimento. Hacía tiempo que nos emocionábamos tanto ante un momento teatral tan brillante.

   De la dirección musical de Martín Baeza-Rubio hay que hablar bien, pero con algunos matices. El sonido de la Oviedo Filarmonía estuvo a la altura y el director dio muestras de conocer la obra hasta en sus más mínimos detalles. Sin embargo, la sentimos algo encorsetada en una gestualidad polimórfica que, a decir verdad, cobraba demasiado protagonismo para el público y resultaba también un tanto desconcertante a veces. Creemos que hubiera ayudado a obtener una versión más fluida y natural un gesto más uniforme. Está bien estar atento a todas y cada una de las marcas, pero no fue suficiente para evitar algunos desajustes evidentes, por ejemplo, con la banda en escena o alguno de los cantantes. Tampoco es bueno estar tan encima de las cosas. El protagonismo debe otorgársele únicamente a la música. Queremos decir que, es verdad que hay que ayudar a los artistas sobre la escena, pero hay ciertas líneas generales que deberían estar claras en los ensayos, sin necesidad de que el director se vuelva loco para estar al tanto de cada detalle en la función. Notamos la versión algo plana y falta de matices. No queremos, sin embargo, centrarnos tanto en lo negativo porque la impresión podría ser equivocada. Baeza-Rubio sin duda mostró talento sobre la tarima, musicalidad y amor por el detalle, y fue esa generosidad la que puede haber acotado un tanto la versión, que nos hubiera gustado oír respirar con naturalidad y una mayor expansión sonora. Su interpretación se dejó oír a gusto, lo que ya es decir mucho en una obra tan compleja.

   Cristina Faus caracterizó muy bien al personaje de Soledad en escena y el tono de su interpretación lírica fue correcto. Sin embargo, sus cualidades vocales reflejan ciertas limitaciones que resultaron incómodas por inseguras. Nos parece importante que la artista replantee ciertas cuestiones técnicas, porque la tensión de sus agudos no resulta agradable para el espectador, ni su vibrato natural y atractivo. Hay una cierta dureza en la voz de esta cantante, que quizás no va del todo con la dulzura y sensibilidad del personaje, pero Faus interpretó con gusto el papel y resultó creíble en todo momento. Milagros Martín pasó algunos apuros cuando tuvo que afrontar el registro agudo del personaje de Doña angustias, pero esta artista parece hecha como anillo al dedo para interpretarla. No hay que olvidar que hablamos de una institución dentro del género, y aunque el resultado vocal no siempre sea perfecto, su presencia siempre es más que suficiente.

   Ruth González fue una Rosina que brilló sobre el escenario, pero más por su presencia escénica que por sus cualidades líricas que, en cualquier caso, estuvieron ajustadas al personaje y no desentonaron. Aurora Frías destacó por su desenvoltura vocal y escénica en el papel de La tía emplastos, mostrando un talento interpretativo muy natural y reconfortante. Otro intérprete que destacó fue Gerardo Bullón, un buen barítono que además es un gran actor. Le recordamos en la Gala de los Premios Líricos Teatro Campoamor 2014, más por sus cualidades escénicas que vocales, quizás porque no se eligieron bien las obras o porque el tono y diseño de la función nos disgustó en general. Entonces teníamos que haber hecho más hincapié en sus virtudes, que en aquel contexto no nos lucieron lo que debían. Aquí fue una verdadera delicia observar en escena la cantidad de matices y detalles que aportó al personaje. Ojalá este artista cobre mucho más protagonismo en nuestras temporadas, porque vemos en él todas las cualidades para convertirse en una gran personalidad dentro del género.

   Alejando Roy –Curro Vargas- fue el gran triunfador de la noche. Volvió a lucir su bonita y gran voz como pocos tenores están en condiciones de hacer. Hemos dicho muchas veces que este cantante podría haberse convertido en uno de los más importantes tenores del mundo si solucionase sus limitaciones en el registro agudo y ciertas cuestiones de fraseo. Con todo, lo que Roy está en condiciones de aportar le coloca entre las mejores voces de tenor españolas de la actualidad. Nos gustó mucho la presencia y tono lírico que Joan Martín-Royo aportó al personaje de Don Mariano Romero, el noble de carácter pero también inseguro marido de Soledad. Israel Lozano estuvo bastante dubitativo cantando, lo que llevó al director a invitarle a seguir su gesto puntualmente. Es verdad que vocalmente no llenó el teatro, ni por voz ni por matices, pero el personaje de Timoteo lo dibujó con la comicidad adecuada. Por supuesto, Luis Álvarez volvió a ser una referencia declamando. Qué me mejor voz que la suya para el género.

   El Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo realizó un gran trabajo, tanto actuando como cantando, ante una obra muy exigente sobre la escena. Este coro tiene el privilegio de tener entre sus filas a grandes músicos, y aunque a veces puedan echarse en falta alguna voz de mayor entidad en el conjunto, es una virtud que se nota en la fiabilidad de la versión y en la naturalidad con que trabajan. Creemos que este coro ha mejorado mucho de un tiempo a esta parte. Seguramente ha tenido que ver el talento de su director, el también compositor Rubén Díez.

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1 Comentario
1 Albert Ferrer Flamarich
27/06/2014 16:13:05
Muy buena crónica
Muy buena crónica de las funcioens de una obra que siempre he querido ver y ahora que la ofrecen seguiré perdiéndomela. Con tus comentarios me hago una idea bastante clara de cómo la han montado.
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