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Crítica: Diana Damrau protagoniza 'La traviata' de Verdi en la Ópera de París

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Autor: Alejandro Martínez
19 de junio de 2014
Damrau y Tézier

DECEPCIÓN EN LA BASTILLA

Por Alejandro Martínez

12/6/2014 París: Bastille. Verdi: La Traviata. Diana Damrau, Francesco Demuro, Ludovic Tézier y otros. Francesco Ivan Ciampa, dir. musical. Benoît Jacquot, dir. de escena.

   Hay obras que lo aguantan todo, incluso la mediocridad y el conformismo. La Traviata es una obra maestra del género y se sostiene por sí sola, incluso al margen de quien la represente. Pero qué duda cabe: servida con los mejores mimbres, su fascinación crece todavía más si cabe. No fue el caso de esta representación en la Ópera de París que nos ocupa, en su sede de Bastilla. ¿La causa? Una sucesión de elementos que, lejos de estar a la altura de la partitura, se fueron concatenando en su contra. El primero de ellos, la nueva producción firmada por el cineasta Benoît Jacquot, ya responsable de la nueva producción de Werther que pudo verse en París hace unos meses. Si una Traviata como ésta es lo máximo que pude ofrecer la Ópera de París, convendría preocuparse. Y es que de tal mediocridad es la propuesta escénica de que no llega ni a decepcionar. Estamos ante una Traviata de corte clásico y rancio, sin pena ni gloria, de medios muy austeros, y con una resolución escenográfica muy torpe, como improvisada. Por ejemplo: ¿cómo salvamos la transición entre los dos cuadros del segundo acto? Muy sencillo: yuxtaponemos sus sendas escenografías (mucho decir es eso para un árbol y una escalinata), oscurecemos una de ellas mientras se emplea la otra y todo arreglado. Junto a ello, ni un atisbo de intencionalidad en la dirección de actores, una iluminación corta de miras y un vestuario sin interés. El problema no es la falta de decorados sino la ausencia de ideas. Habría que saber con qué presupuesto ha contado Jacquot, pero por exiguo que sea, una propuesta así no es digna ni de esa casa ni de esa partitura.

   No cabe hablar de decepción en el caso de la protagonista, Diana Damrau, aunque desde luego nos esperábamos mucho más de ella a la hora de encarnar este papel. La soprano alemana es una gran artista, qué duda cabe, pero su Violetta reúne por igual virtudes e incertidumbres. Muy musical, de afinación impecable, no es la suya una voz de ligera al uso, de timbre escueto y caudal reducido, aunque con agudo restallante. Tampoco es una lírica comme il faut. Y en esa complicada linde Damrau se mueve con algunas dificultades como Traviata: se echan de menos un centro y un grave más contundentes, con el consabido temperamento y color vocal que implican, y al mismo tiempo el sobreagudo, si bien está, no impacta, ni siquiera suena sobrado, como cabía esperar de una vocalidad como la suya. Al mismo tiempo, su interpretación adolece de puntuales histrionismos, lo mismo vocales que escénicos. Realmente es el tercer acto el que mejor le cae (bravísima en el “Gran Dio! morir si giovane” y en el anterior “Addio del passato”, quizá lo mejor de la noche), tras un primer acto muy belcantista pero que no impacta (desigual en el “Sempre libera”) y un segundo acto falto de tragedia y verdadera tensión (un tanto inane el “Dite alla giovine”, por ejemplo). Anotamos, por cierto, un error incluido en la información del programa de mano: Damrau no cantó esta parte en Bilbao, como se hacía constar, donde fue sustituida por Ermonela Jaho.

   Francesco Demuro encarnaba a Alfredo. Voz bonita, bien timbrada, canta con gusto, pero adolece de una resolución incompleta de algunos fundamentos técnicos. La voz así se muestra insegura, forzada y muy muscular en el tercio agudo. Cada vez más cansado coqueteó con el gallo ya desde la cabaletta “Oh mio rimorso”. Nuestro apreciado Ludovic Tézier, al que hace pocas semanas elogiábamos por su debut como Don Carlos en Ernani, no estuvo tampoco todo lo afortunado que debiera como Germont. Ningún incidente vocal que quepa reseñar, ni mucho menos, pero Tézier compone un padre más bien plano y falto de inflexiones, poco contrastado, alla Merrill, por entendernos, buscando más el sonido que el acento en esta ocasión. Destaca su buen hacer a base de legato y dicción, pero con eso no basta. Incomprensible a estas alturas, dicho sea de paso, cualquiera que sea el responsable de la decisión, que se cortase su cabaletta “No, non udrai rimproveri” después del “Di Provenza…”.

   Inmadura, en general, la dirección de Franceso Ivan Ciampa, con mucho que ajustar aún en materia de concertación, balance entre foso y cantantes y teatralidad. Con otra batuta quizá hubiera subido un tanto la temperatura de algunas escenas, como el fantástico dúo del segundo acto entre Germont y Violetta, que discurrió aquí sin tensión, sin tragedia. Cumplidora, a sus órdenes, la orquesta titular de la Ópera de París, que es sin embargo capaz de una prestación más brillante, como ha mostrado espoleada por batutas con más personalidad. Se redondeaba así una representación que osciló entre la decepción y la mediocridad.

Foto: Opéra National de París / Elisa Haberer

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