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Crítica: Daniel Barenboim dirige 'Fidelio' en la Scala de Milán

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Autor: Alejandro Martínez
15 de diciembre de 2014

POCA LUZ PARA TANTA TINIEBLA

Por Alejandro Martínez

13/12/2014 Milán: Teatro alla Scala. Beethoven: Fidelio. Anja Kampe, Klaus Florian Vogt, Kwangchul Youn, Peter Mattei, Falck Struckmann, Mojca Erdmann y otros. Daniel Barenboim, dir. musical. Deborah Warner, dir. de escena.

   A decir verdad, cabía esperar mucho más de una inauguración de temporada en la Scala. Seguramente la nostalgia de tiempos dorados y la mitificación creciente de ciertos espacios de glorioso pasado, genera expectativas difíciles de satisfacer. Fidelio es una obra con una vinculación ciegamente particular con la Scala. No se estrenó allí sino en 1927 bajo la batuta de Arturo Toscanini. Desde entonces, se ha representado de tanto y tanto, siempre con grandes repartos (Mödl, Windgassen, Nilsson, Vickers, Rysanek, King, Janowitz, Kollo, etc.) y batutas (Karajan, Böhm, Bernstein, Maazel, Muti) y en dos ocasiones más, además de la que nos ocupa, como título inaugural de temporada (en 1974 con Böhm y en 1994 con Muti). Ante esa nómina citada, cabía esperar una propuesta con fuste, pero a decir verdad tan sólo la dirección musical de Barenboim estuvo cerca de cumplir con las expectativas.

   La nueva producción de Deborah Warner que se ponía en escena es una de las mayores desfachateces que hemos visto en mucho tiempo. Verdaderamente bochornosa, de una mediocridad que asusta. Baste citar las palabras de la propia directora de escena para situar el dislate. Nos recuerda en las notas al programa de mano que ella misma ya ha´bia situado su primera producción de Fidelio de 2001 (Glyndebourne) en la guerra de los Balcanes, pero que toma ahora como referentes desde el 11-S a Afganistán, pasando por Guantánamo, la primavera árabe, la muerte de Mandela, Siria, Gaza y demás.Ya ven, todo revuelto, agitado en un cóctel; pura palabrería. Y continúa Warner: “el espectáculo debe ser auténtico como un drama de Shakespeare e intenso como un cuadro de Goya” (sic). Por si lo dicho fuera poco Warner se arroga el empeño de poner en escena grandes preguntas como “¿qué significa hoy el concepto de libertad? ¿cuál es el significado de la justicia? ¿cuál es la fuerza del amor?”. Francamente, es difícil ser más pretencioso, vago, tópico y superficial. No hay nada de todo eso en su producción, que se reduce a una vaga escenografía, supuestamente un viejo almacén reconvertido en prisión, toscamente iluminado, estático, si quiera animado por una dirección de actores estimulante. No hay nada más. La propia directora define Fidelio como “un viaje de la oscuridad a la luz”. Lo cierto es que en esta ocasión hubo poca luz para tanta tiniebla. El trabajo de Warner nos pareció de una mediocridad bochornosa. Y nos sorprende francamente su resbalón con esta obra porque teníamos fresco un buen recuerdo de su trabajo para Muerte en Venecia de Britten en la English National Opera.

   Desde el foso el todavía hoy titular de la Scala, Daniel Barenboim, al que sucederá Riccardo Chailly, planteó una versión tan gloriosa como extravagante. Barenboim, en sus gestos ante el público, dejaba entrever cierto hastío ya, cierto hartazgo cuando toca a fin su paso por la Scala, tras nueve años allí, como si de algún modo nunca hubiera estado plenamente cómodo en Milán. No casualmente su primer concierto allí como titular fue una Novena de Beethoven en diciembre de 2005 y su última ópera como titular es este Fidelio, como cerrando un ciclo. Barenboim dispuso aquí un Beethoven de ambición casi bruckeriana, con un poderoso aliento a Wagner. Es la suya una versión sesuda, reflexiva, un tanto cariacontecida, pesante, donde la luz ciertamente se debe afanar por encontrar su camino. Su dirección presenta una arquitectura firme y solemene, construida sobre un trazo transparente en las cuerdas, con un trabajo minucioso de los arcos. El mimo a la hora de subrayar la línea melódica de las maderas es también digno de elogio. Pero a decir verdad a la orquesta de la Scala, que respondió con gran solvencia, incluso con brillantez, le falta ese color típicamente germano que tan viene a esta partitura y que de forma natural se encuentra Barenboim cuando trabaja con su Staatskapelle de Berlín. Sea como fuere, en suma, una versión demasiado analítica, por momentos falta de brío y electricidad, aunque nunca plenamente falta de intensidad ni autenticidad. Desde luego, una versión personalísima, pero extravagante. Barenboim opta, por cierto, por abrir la representación con la obertura Leonore No. 2 compuesta por Beethoven para el estreno de 1805, seguramente la opción más dilatada, en coherencia con todo el planteamiento anterior.

   Florestan era aquí el tenor Klaus Florian Vogt, loado Lohengrin y grata sorpresa como Siegmund el año pasado en el Liceo. Naufraga sin embargo con esta parte, breve pero exigente, a la que su voz no presta el color idóneo y a la que el intérprete no sabe dotar de un acento plausible. Por lo general destemplado, su emisión ofreció una gama muy limitada en esta ocasión. No tuvimos la fortuna de encontrarnos en su lugar con Jonas Kaufmann, que saltó in extremis a reemplazarle en la función anterior a la que nos ocupa. Junto a Vogt, encontramos la Leonore de Anja Kampe ciertamente voluntariosa y esmerada, temperamental, a veces enfática en demasía, pero lo cierto es que la voz no le acompaña con regularidad, haciendo aguas a menudo en los extremos. Del resto del reparto cabe elogiar la siempre solvente labor de Kwangchul Youn, aquí como Rocco, y el intachable trabajo de Peter Mattei como  Don Fernando. Inaudible y modesta en demasía la labor de Mojca Erdmann como Marzelline, solfeando su parte de forma casi escolar. Tosco, como era de esperar, el Don Pizarro del ya veterano Falck Struckmann. Encontramos al coro titular del teatro menos brillante y redondo de lo esperando, no siendo sino en la última escena cuando realmente rindió a un gran nivel. En suma, un espectáculo muy poco significativo y levemente exitoso para tratarse del título inaugural de una temporada de la Scala.

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