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Crítica: Daniel Barenboim con Waltraud Meier, Prohaska, Sierra y Kaufmann en Berlín

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4 de marzo de 2016

Walytraud Meier canta por última vez el papel de Kundry, de la ópera Parsifal, de Wagner.

PÓKER DE TRIUNFOS EN BERLÍN

 

Por Carlos Glez. Abeledo
El llamado Festival Barenboim se celebró en Berlín del 18 al 28 de marzo pasado, en programación de la Staatsoper Im Schiller Theater, institución de la que Daniel Barenboim es director artístico desde hace años. Dentro de él, hemos tenido la oportunidad de asistir a los eventos programados del 18 al 22, saldados con un rotundo éxito de público, que abarrotó los dos recintos en los que se celebraron los espectáculos: el Schiller Theater y la Philarmonie.

   El festival dió comienzo el 18 de marzo en el Schiller Theater con Orfeo ed Eurice de Gluck, con Daniel Barenboim dirigiendo a su Staatskapelle Berlin y al Staatsopernchor. Y el concurso en lo vocal de Anna Prohaska como Euridice, Nadine Sierra como Cupido y Bejun Mehta como Orfeo. Orquesta y Coro tuvieron una meritoria actuación, aunque quizás el sonido que extrajo Baremboin de ambos conjuntos no tuviera mucho sabor barroco. En lo vocal las dos sopranos estuvieron muy acertadas en sus respectivos papeles, mientras que el contratenor -artista que es sobrino del  Zubin Mehta, y cada vez mejor valorado en su cuerda-, cumplió sobradamente. La versión ofrecida fue la primitiva de 1762, por lo que echamos en falta varios de los conocidos fragmentos musicales, ballets incluidos, que contiene la versión de 1774. Lo peor fue que la acción se desarrollara en época mas o menos actual, no se sabe dónde, despojando a la obra de todo el significado y, por qué no decirlo, de todo el encanto mitológico que la historia original contiene.

   Con todo, todavía fue peor la escenografía de una obra tan emblemática dentro del universo wagneriano como es Parsifal, “festival escénico sacro”, -como le gustaba definirla al propio autor-, que fue representada en el mismo teatro el día 20, también bajo la dirección de Barenboim. El choque que produjo en los espectadores la puesta en escena provocó que no hubiera prácticamente aplausos tras la finalización del primer acto, a pesar de que musicalmente la obra estuvo bien interpretada. Tras él, los espectadores parecieron olvidarse de lo que veían para centrarse en la excelencia de la música de Wagner y la interpretación musical que tanto los conjuntos orquestal y coral, Staatskapelle Berlin y Staatsopernchor, así como en los protagonistas líricos, que terminaron arrancando grandes ovaciones del público. Las funciones de este Parsifal suponían la despedida en el papel de Kundry de la insigne cantante Waltraud Meier, que a tenor de lo oído creo que podría seguir asumiendo perfectamente unos años mas. En los papeles masculinos destacó René Pape como Gurnemanz, aunque el resto de intérpretes, Wolfgang Koch como Anfortas, Andreas Schager como Parsifal, Tómas Tómasson como Klingsor y Matthias Hölle como Titurel, estuvieron a muy buen nivel. Lástima, repito, que la escenografía, también ubicada en tiempos actuales (Parsifal era un montañero, con mochila y todo), le quitara todo el sentido, encanto y misticismo religioso, a lo que Wagner concibió como un magno festival sacro-escénico.

   Entre ambas representaciones operísticas, el día 19, la Filarmónica de Viena nos ofreció una espectacular versión de la Sinfonía nº 9 de Gustav Mahler en la Philarmonie, sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín.  El día 21, en el mismo escenario, pudimos oír nuevamente a la Staatskapelle dirigida por Barenboim junto al tenor mas mediático de estos tiempos, Jonas Kaufmann, que interpretó en la primera parte del concierto los Lieder eines fahrenden Gesellen de Gustav Mahler, ciclo de 4 canciones que compuso tras su fallida relación amorosa con la soprano Johanna Richter. Estas canciones son interpretadas normalmente por barítonos o por mezzosopranos, por lo que en la voz de Kaufmann, tenor lírico no sobrado de volumen en la zona media de la tesitura y sobre todo en los graves, sonaron ciertamente poco, provocando cierta extrañeza en parte del público, acostumbrado a oír al tenor en las modernas grabaciones audiovisuales, con todos los trucos y falseamiento de la realidad vocal que conllevan. Independientemente de cuestiones de volumen y adecuación de tipología vocal, la interpretación de este ciclo de canciones por parte de Kaufmann estuvo servida con mucho gusto y corrección interpretativa. Terminó siendo muy aplaudido por lo que ofreció de propina otra canción de Mahler, “Ich bin der Welt abhanden gekommen” perteneciente a los Rückert-Lieder. En la segunda parte del concierto Barenboim nos ofreció una brillante interpretación de la Sinfonía nº 1 de Edward Elgar, partitura que ya interpretara el pasado año en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y que pasa por ser una de las mejores obras, sino la mejor, del panorama sinfónico inglés. El día 22, otra vez en  la Philarmonie,  nos asombramos con la lección virtuosística del violonchelista Yo-Yo Ma, en su versión de la Sämtliche Suiten für Violoncello solo BMV 1007-1012.

Autor:Carlos Abeledo
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