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Crítica: El ciclo sinfónico de Bruckner en el Carnegie Hall termina con la 'Novena sinfonía'

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
5 de febrero de 2017

"El balance final lo calificamos de histórico. No solo por ser la primera vez que se hace en América, sino por el mero hecho de hacerlo en once días. Asistiremos a conciertos, óperas o funciones de teatro, pero este ciclo no se nos olvidará jamás".

UNA NOVENA CULMINA UN CICLO HISTÓRICO

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall  29 de enero de 2017. StaatskapelleBerlin. Pianista y director musical: Daniel Barenboim. Concierto para piano y orquesta nº 23 en La mayor, K.488 de Wolfgang Amadeus Mozart; Sinfonías nº 9 en Re menorde AntonBruckner.

   Algún día tenía que ser. Tras once días de conciertos casi diarios, el ciclo tocaba a su fin. Como ha sido habitual a lo largo de la serie, en la primera parte tuvimos un concierto para piano de Mozart, donde Daniel Barenboim hacía de pianista y director. En esta ocasión fue el Concierto en La mayor, K.488.

   La versión del pianista argentino siguió los senderos transitados en días anteriores. Fue muy musical, con texturas casi románticas, donde los movimientos extremos, ambos Allegros, fueron interpretados con brío, altas dosis de rubato, y también lamentablemente con cierto grado de confusión. Sin embargo, en el Adagio intermedio, la belleza de la interpretación y el calor desprendido por solista y orquesta fueron de primera.

   Algo se respiraba en el ambiente en el descanso. Esa sensación de estar viviendo algo único. Probablemente no haya habido mucha gente que haya podido asistir al Ciclo completo –he oído comentarios de que los habituales hemos sido unas 600 personas– pero a cambio, mucha gente ha asistido a alguno de los conciertos. Vecinos de localidad e incluso alguno de los acomodadores, comentaban entre ellos y te preguntaban si habías asistido al Ciclo entero o no, y que conciertos habían sido los mejores.

   La Novena es el testamento musical de Anton Bruckner, una obra excepcional, grandiosa, de un lirismo arrollador. Si rompió moldes con la Octava, en la Novena va más allá. Compuesta en la tonalidad de Re menor, la misma que la Novena de Beethoven, sus armonías son aún más ricas. La búsqueda del color y de la textura “wagneriana” tienen por fin recompensa y, lo que más miedo le debió dar, en ella encuentra el camino al “más allá”. En el primer movimiento y en el Adagio conclusivo encontramos ciertas disonancias, algo que inevitablemente apunta a lo que Mahler experimenta más claramente en sus Sinfonías finales, y que definitivamente Schonberg culmina años después: la ruptura de la tonalidad. Para un hombre de fuertes convicciones católicas y que ve cercano su final, esta posible ruptura de la tradición que emanaba de Beethoven, debió ser demasiado, y sus eternas dudas no le dejaron avanzar. Si le sumamos “la maldición de la Novena”, según la cual ningún compositor podía ir más allá, tenemos el coctel perfecto. A pesar de todo, Bruckner pasó sus últimos meses trabajando en ella pero no es capaz de terminarla. El Finale, del que quedaron perfilados unos 400 compases, quedó solo en esbozos. Varios musicólogos han trabajado en ellos, pero a diferencia de lo sucedido con la Décima sinfonía de Gustav Mahler, de la que hay varias versiones ejecutables que se abren poco a poco paso en el repertorio, de ésta no ha habido ninguna que se haya impuesto, y las pocas veces que se han interpretado no han acabado de cuajar.  

   Su discípulo Ferdinand Löwe estrena los tres movimientos terminados en 1903, en una versión propia muy retocada. En 1932 se estrena la versión crítica de Alfred Orel, que retoma la partitura original y que es “certificada” años después por la Sociedad Bruckner. Daniel Barenboim ha elegido esta versión en la Edición de Leopold Nowak.

   La ovación a orquesta y director antes de empezar la Novena fue enorme. La obra ya se la escuchamos en Madrid en 1992 con la Orquesta Filarmónica de Berlín, y con los años, Barenboim se ha sosegado y ha ganado en hondura. Nos dio una versión de gran belleza y lirismo, conmovedora, que iba directamente al corazón, muy en la línea de la de su querido Fürtwangler de 1944 con la Filarmónica de Berlín.

   El arranque del movimiento inicial, Solemne, Misterioso fue un buen augurio. El tremolo de las cuerdas de violonchelos y contrabajos en piano dejó espacio suficiente para que las trompas despegaran, y posteriormente maderas y cuerdas empiecen a construir el enorme crescendo inicial. La cuerda sonó lírica y hermosa en el segundo tema. A partir de ahí, Barenboim buscó siempre claridad y luz hasta llegar al gran clímax de la parte final. Ahí reguló con maestría su construcción consiguiendo un efecto aún más impresionante. Tras el silencio posterior, la coda con sus juegos de armonías y disonancias fue de una belleza sobrecogedora, con una orquesta que estuvo a su mejor nivel.

   El Scherzo también huye de las tradicionales danzas austriacas de sinfonías anteriores para embarcarse en una danza salvaje - ¿anticipo quizás de Stravinsky? - con varios “ostinatos”de las cuerdas y una fuerza rítmica poco habitual en el de Ansfelden.Barenboim mantuvo un ritmo preciso y un gran control de planos sonoros que dio como resultado una versión de gran fuerza expresiva y de claridad meridiana. Cuerdas y maderas volvieron a tocar primorosamente el segundo tema, más lírico, que nos dio un momento de tranquilidad antes de la repetición de tema inicial.

   El Adagio final es la culminación de la sinfonía, de todo el Ciclo sinfónico y de la propia vida de Bruckner. Aúnmás complejo que el de la Octava, sus melodías, armonías y gamas cromáticas nos recuerdan al Tristán wagneriano. La muerte del compositor hizo que fuera su canto del cisne. Barenboim fue aquí sobre seguro y dejó simplemente hablar a la partitura. Recalcó las partes más líricas a costa de mitigar alguna de las aristas y de las disonancias finales del movimiento, pero aun así, la interpretación fue estupenda. A los músicos no se les notó cansancio alguno. La música fluyó de manera natural hasta el último clímax, para de ahí al final, viajar con tranquilidad y parsimonia hasta el final.

   Por primera vez en los once días, el público se quedó callado unos diez segundos para dejarnos reposar ese final. Entre vítores y aplausos, Daniel Barenboim felicitó uno a uno a todos los miembros de la orquesta. Varios espectadores le dieron una rosa roja. El argentino las repartió entre los músicos y en sus salidas a saludar no destacó individualmente a ninguno de los músicos. No era el día. Era el momento de la Orquesta en su totalidad. Una orquesta, que sin pertenecer a la “Champions League”, y teniendo en cuenta que la mayor parte de su producción en el foso, ha tocado de manera admirable. Cada día un poco mejor, llegando a un nivel sublime en Octava y Novena, y mostrándose como la colaboradora imprescindible de su director.

   Un director que es uno de los grandes brucknerianos vivos. Le avalan tres ciclos grabados a lo largo de cuarenta años con grandes orquestas como la Sinfónica de Chicago, la Filarmónica de Berlín, y ahora la Staatskapelle. Conoce las obras como pocos. En los once días, solo ha usado la partitura en las Sinfonías 1ª y 2ª.

   El balance final lo calificamos de histórico. No solo por ser la primera vez que se hace en América, sino por el mero hecho de hacerlo en once días. Los mismos intérpretes ya lo hicieron el año pasado en Tokyo, y este año están dando grupos de sinfonías en Paris, Berlín o Viena. En Europa hemos vivido algún ciclo en el pasado aunque lo normal es verlo con varias orquestas y a lo largo de varios meses, como el que vivimos en Madrid en 1994. Probablemente se pueda volver a ver así en el futuro, pero es raro quepueda hacerse como estos días en Nueva York.

   Las grandes cimas del Ciclo han sido las versiones de la Cuarta y la Octava, con otras dos sinfonías, la Quinta y la Novena también a un altísimo nivel. Las interpretaciones de la Primera, Segunda y Sexta estuvieron a buen nivel, y solo las de la Tercera y la Séptima compartieron movimientos plenamente convincentes con otros que no lo fueron tanto.

   Se colgó el cartel de “no hay billetes” solamente un día, con la Séptima, pero la sala estuvo prácticamente llena en casi todos los conciertos.

   En estos días, Barenboim también ha sacado tiempo para dar entrevistas, firmar discos, y hasta para enviar mensajes al nuevo Presidente norteamericano. La Sociedad Bruckner de los EE.UU. se ha reunido dado que muchos de sus miembros han asistido al Ciclo.

   A partir de ahora, la vida vuelve a su normalidad. Asistiremos a conciertos, óperas o funciones de teatro, pero este ciclo no se nos olvidará jamás.

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