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Crítica: Daniel Barenboim dirige la 'Novena sinfonía' de Bruckner en Salzburgo con la West-Eastern Divan Orchestra

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Autor: José Amador Morales
30 de agosto de 2018

Soberbio Bruckner

   Por José Amador Morales
Austria. Salzburgo. Großes Festspielhaus. 16-VIII-2018. David Robert Coleman: Looking for Palestine. Anton Bruckner: Sinfonía nº9 en re menor. Elsa Dreisig, soprano. West-Eastern Divan Orchestra. Daniel Barenboim, director musical.

 Como señalamos el pasado año la tradicional visita de la West-Eastern Divan Orchestra (WEDO) y Daniel Barenboim ya tiene un espacio propio en el Festival de Salzburgo así como un sello especial y un ambiente previo caracterizado por la sensación de mayor relajación que se respira en el por otra parte abarrotado Festspielhaus.

   El primer programa (en esta ocasión ha habido dos conciertos) tampoco tenía desperdicio; casi nunca lo tiene con estos protagonistas. La primera parte estuvo protagonizada por el semi-estreno (reciente estreno universal, estreno en Austria) de Looking for Palestine, obra del británico David Robert Coleman, a la sazón asistente de Daniel Barenboim en la Staatsoper berlinesa. La obra, dentro de un asequible tratamiento atonal, es una suerte de cantata para soprano y orquesta de gran impacto dramático, toda vez que utiliza textos procedentes de la obra de teatro Palestine que escribiera Najla Said, hija de Edward Said, el recordado intelectual palestino y cofundador de la West-Eastern Divan Orchestra junto a Barenboim. El contenido, alejado de connotaciones políticas explícitas, profundiza en la vivencia contradictoria del exilio y de los conflictos identitarios del panorama actual, con referencias a la guerra del Líbano y al 11 de Septiembre neoyorquino. Musicalmente, el problema radicó en la difícil comprensión de un texto que era, bien declamado por la soprano (¡con amplificación y micrófono en mano!) o bien cantado con un tratamiento vocal extremo cercano al sprechgstimme. Sin embargo, musicalmente la pieza, que rondó la media hora de duración, tuvo un extraordinario interés: su inequívoco espíritu expresivo y su refinado tratamiento tímbrico (que incluía el oud o laúd árabe como nota de color exótico) evocaban ágilmente multitud de atmósferas y emociones. Claro que aquí jugó un papel clave la comprometida dirección de Barenboim y la voz tan atractiva como incisiva en lo expresivo de Elsa Dreisig.

   Sin embargo, una estremecedora Sinfonía nº 9 de Bruckner acabó imponiendo su protagonismo en la velada a efectos interpretativos. A estas alturas no es noticia la evidente sintonía espiritual y artística ente el director argentino y la obra del que fuera organista de la Abadía de San Florian (por cierto, a escasos kilómetros de Salzburgo como tuvimos ocasión de comprobar), del que hay disponibles tres ciclos completos de sus sinfonías a nivel discográfico, el último de ellos también en dvd (recordemos: Sinfónica de Chicago, Filarmónica de Berlín y Staatskapelle Berlín). Un músico como Barenboim que ha profundizado, estudiado e interpretado como director y/o como pianista multitud de obras de Bach, Schubert, Beethoven, Wagner, etc, a lo largo de su dilatada carrera tiene, como poco, un incuestionable bagaje interpretativo a la hora de acercarse a esta inmensa música. Aún perdura indeleble en la memoria de quien esto suscribe el impacto de aquél impresionante crescendo emocional que supuso la interpretación de las tres últimas sinfonías de Bruckner en La Alhambra granadina en 2008, si bien en aquella ocasión Barenboim dirigía a su otra orquesta, la Staatskapelle Berlin (el acontecimiento bien mereció la posterior cumplimentación del ciclo completo de las sinfonías brucknerianas en los años siguientes y a cargo de los mismos intérpretes). Al mismo tiempo debemos anotar el hecho de que la WEDO también posee de partida un sonido especialmente idiomático para este repertorio, sin duda forjado a imagen y semejanza de su fundador.

   Así pues, había mucho que decir… y se dijo. Barenboim aplica aquí la misma flexibilidad para el juego tensión-distensión que tan buenos resultados le da en el repertorio wagneriano (en este sentido es paradigmática su versión de Tristan) y que desarrolla tanto en la dimensión armónica como melódica de la música. En esta lectura de la Sinfonía nº 9 de Bruckner en particular, su batuta pareció imprimir un punto de mayor fluidez y de mayor “tiempo armónico” (según la expresión utilizada por el propio director), que en un principio pudo dar la sensación de tempi dilatados aunque ello quedaba descartado ante la evidencia de la duración real de la interpretación. Por otra parte, una naturalidad no reñida en absoluto con una importante intensidad dramátic, ya con el trémolo inicial (imposible de saber cuándo o desde dónde surgió ese pianissimo) asistimos a una maravillosa claridad expositiva de los diversos temas, expresados con un lirismo penetrante, en contraposición con la tensión de las transiciones. El furibundo scherzo, atacado en la cuerda con escarnecedora agresividad dio paso a un adagio en el que la extrema paleta dinámica, ya percibida en el comienzo antes señalado, culminó con la expresionista disonancia en fortissimo (¿acaso radica aquí el obstáculo que le impidió a Bruckner desarrollar su música hasta completar esta sinfonía?) cuyo silencio posterior, si no alcanzó los 14 segundos de la versión de Granada ya comentada, estuvo muy cerca; en cualquier caso, el efecto expresivo fue brutal e igualmente aquí la sala contuvo la respiración. La coda, liberadora pero dramáticamente irresoluta dio paso a ese largo silencio que uno agradece para retomar el contacto con la realidad, para unir alma y cuerpo… En suma, un Bruckner soberbio, sobrio en su alejamiento de levitaciones místicas pero al mismo tiempo musicalísimo, lacerante en su expresividad y, en definitiva, hermoso como pocos.

   La WEDO, justamente ovacionada, y la que Daniel Barenboim trasladaba los numerosos aplausos también a él dirigidos, visiblemente orgulloso por el trabajo de sus músicos, volvió a demostrar ser un conjunto sinfónico, al menos en este repertorio, de primera fila.

Foto: Marco Borrelli

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