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Crítica: Daniel Lozakovich y Marc Albrecht con la Sinfónica de Sevilla

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Autor: Álvaro Cabezas
9 de mayo de 2026

Crítica de Álvaro Cabezas del concierto de la Sinfónica de Sevilla en el Maestranza, protagonizado por Daniel Lozakovich y Marc Albrecht 

Lozakovich con la Sinfónica de Sevilla

Brahms amable, Beethoven domesticado

Por Álvaro Cabezas
Sevilla, Teatro de la Maestranza. 7-5-2026. Daniel Lozakovich (violín), Marc Albrecht (dirección), Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Programa: Concierto para violín y orquesta, en re mayor, op. 61 de Ludwig van Beethoven; y Sinfonía nº 1, en do menor, op. 68 de Johannes Brahms.

   Las dos obras que conformaban ayer el programa del abono sinfónico 12 han sido muchas veces interpretadas por los profesores de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Además de esto, el público las ha escuchado en otras ocasiones, algunas recientes, de la mano de otras formaciones musicales como la OJA o la West-Eastern Divan. Por ello, íbamos al Teatro de la Maestranza con ganas de escuchar algo distinto, nuevas lecturas o matices que recrearan el brillo que siempre suelen procurar las ejecuciones de estas cimas de la música universal. Las expectativas se cumplieron sólo en parte, ya que, en general, el concierto fue bastante complaciente, como si de un regalo de buena voluntad se tratara. Las razones fueron diversas.

Lozakovich con la Sinfónica de Sevilla

   El joven violinista Daniel Lozakovich venía con cierta vitola de niño prodigio pero, dejando claro que su ejecución fue del todo punto perfecta (salvo en la propina de Bach que ofreció y que sirvió para comprobar que era humano), su interpretación del mejor concierto para violín jamás escrito, prácticamente no tuvo nada destacable desde el punto de vista del concepto o en lo concerniente a la frescura debido, por principio, a un artista tan joven. Un virtuoso como él, dotado con el don del dominio de un instrumento de enorme dificultad, superados en el decenio anterior los miedos y agobios por despuntar primero y triunfar después, parece ahora ensimismado, frío y envejecido. Podemos decir que ni se despeinó ni sudó, teniendo en cuenta que este concierto es uno de los más largos y exigentes de todo el repertorio, que está plagado de minas para el solista y que compagina multitud de aristas, partes encrespadas y otros valles de indudable belleza y encanto.

   Aquí parecía que todo era igual de íntimo, grácil, transparente y hasta insustancial y aburrido por momentos, sobre todo en los dos primeros movimientos. El planteamiento de Lozakovich no pasa por ninguna de las dos vías extremas: la de un Menuhin con Furtwangler (Philharmonia, EMI, 1992), llena de ternura, pero también de cuerpo, robustez y consistencia; o la de un Kremer dirigido por Harnoncourt (Chamber Orchestra of Europe, TELDEC, 1993), dinámica, contrastante y rítmica. Quede claro, por tanto, que el problema fue que esa búsqueda de la belleza por parte del solista arrastró tanto a director como a orquesta, que se desdibujaron sobre el escenario para mostrarse como una cómoda alfombra musical sobre la que pudiera transitar y recrearse el violinista. No hubo ningún momento de emoción, todo lo contrario, hubo hasta caídas de tensión. En el último movimiento, como es habitual, se recompusieron un poco las cosas y con el arrimón final entre los sonidos de solista y los del conjunto se despertó más de uno en el patio de butacas, prácticamente lleno de un público que ayer permaneció extrañamente silencioso. Después, como una especie de protocolo establecido o, como se diría en Sevilla, "por tradición", se aplaudió al solista hasta que este y con cierta renuencia, volvió a salir para dar la propina de Bach antes señalada y que, a pesar del desliz (¿a quién le importa?), fue lo mejor de su comparecencia en el Maestranza por auténtica y sentida.

Lozakovich con la Sinfónica de Sevilla

   La Primera sinfonía de Brahms fue preciosa, entendiendo por este término aquello que resulta agradable, en este caso, al oído. Albrecht, que ya había colaborado con la Sinfónica en el pasado, creo que se la encontró en mejor forma que en su última comparecencia de 2019 y, olvidando aquel desagradable momento en que tuvo que parar a la orquesta por culpa del sonido de un móvil, ayer pudo disfrutar mucho más de la dirección, hasta el punto de que su Brahms fue, de tan amable casi moroso. Los tres primeros movimientos resultaron encantadores, pero poco reflexivos. Recurriendo por momentos a unas maneras directoriales que recordaban al gigante de la gran tradición germánica (Christian Thielemann) –en su forma de coger la batuta, de encogerse para disminuir el sonido–, consiguió en todo momento una respuesta perfecta por parte de la orquesta que ayer, hasta el momento, había funcionado como un máquina. En los tres primeros movimientos Marc Albrecht parecía ejemplificar con su interpretación aquella sentencia del crítico literario David Miller "... el aburrimiento convierte histéricamente en una abismal ausencia de emoción lo que de otro modo sería un pánico absoluto" (recogido por Bernard Williams en Sobre la ópera, Alianza Editorial, 2010, pp. 189 y 197, nota 3).

   Sin embargo, algo pasó al final. Después del decepcionante crescendo del último movimiento (donde se amortiguó todo lo que se pudo el impacto timbalero), los trombones entraron para, con notas de fatalidad, recordar que la música no sólo es vida, sino presagio de la muerte. Y, en esos últimos minutos, director y orquesta parecieron echarse al hombro la partitura y alcanzaron una emocionante conclusión que mantuvo en vilo al respetable hasta que se dio la última nota. Aunque fue durante pocos minutos, por fin afloró la fuerza, la emoción y las ganas de disfrutar y hacer disfrutar con la música. Hasta el momento había parecido que el director no quería importunar a Brahms. Justo al final pareció arrepentido de ello y se alcanzó un cierto paroxismo muy bien planteado (y también controlado), que presagiaba el abismal finale de la Cuarta del compositor de Hamburgo. Hubo con ello dramaturgia y la sensación de que se acaba de decir una historia ya contada y bien conocida, por tanto, reencontrada en la memoria. El mismo programa se repite hoy en Sevilla y, en parte, mañana en Linares en el marco del programa Andalucía Sinfónica, donde repiten solista y concierto de Beethoven, pero se sustituye la Primera de Brahms por la Júpiter de Mozart y al director alemán por el español Diego Martín Etxebarria. Si pueden, no se lo pierdan.

Fotos: Marina Casanova

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