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Crítica: Recital de Daniil Trifonov en el Auditorio Nacional de Madrid

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Autor: Álvaro Menéndez Granda
20 de enero de 2017

"Me queda en la memoria el recital de anoche, en el que el dominio de los contrastes fue protagonista junto con la musicalidad apabullante de este joven que para mí es, desde hoy, el maestro Trifonov".

EL DOMINIO DEL CONTRASTE

   Por Álvaro Menéndez Granda
Madrid. Auditorio Nacional. 19-I-2017. Daniil Trifonov, piano. Ciclo Grandes Intérpretes, Fundación Scherzo/ La Filarmónica, sociedad de conciertos.

   He intentado buscar la manera más elocuente y precisa de definir la actitud pianística de Daniil Trifonov. Las palabras no siempre acuden con presteza y acierto cuando se las necesita y, después de un tiempo de reflexión sobre cuáles conviene escoger para definir un talento inconmensurable como el que exhibe el joven pianista ruso, sólo se me ocurre prescindir de la poética y descender a la prosa más simple: es como si al piano le pasara un tren por encima. Una potencia descomunal, una fuerza imparable, toneladas de empuje arrasando con todo, sin dejar un mínimo fragmento de música sin conquistar y capaz, al mismo tiempo, de la más conmovedora y expresiva delicadeza. El pianista y pedagogo asturiano Amador Fernández –mi maestro durante mis dos últimos años de carrera en el Conservatorio– solía decirme que lo más difícil de tocar el piano es tocar piano. Sin pretender contradecir sus enseñanzas –más bien todo lo contrario– yo diría más, y es que en mi opinión lo más difícil es dominar el contraste, ser capaz de pasar del fortissimo más profundo y agresivo al pianissimo más delicado. Trifonov fue capaz de esto y más en su brillante actuación de anoche en el Auditorio Nacional de Música.

   Comenzó el recital con Robert Schumann –al que consagra toda la primera parte– desgranando sus Escenas de niños Op.15. Como un muestrario de sus recursos expresivos, Trifonov nos presentó ya desde el comienzo uno sonido prístino y limpio, muy delicado, haciendo que el piano suene tierno y noble en todos los números de la obra. El famosísimo Ensueño, la séptima pieza del ciclo, sonó en las manos de Trifonov como una verdadera fantasía onírica que mantuvo al público en un silencio absoluto tan inusual como místico, como si por una vez la música fuera capaz de inhibir los móviles y sanar los cuerpos. El merecido aplauso que arrancaron las Escenas schumanianas en la versión del ruso dio paso a una rotunda y agotadora Toccata Op.7 que a quien firma estas líneas consiguió mantener en tensión hasta el final. La Kreislerliana Op.16 estuvo también plagada de momentos brillantes. Se trata de una de las más célebres partituras pianísticas de Schumann, una de las más difíciles para el intérprete y también para el oyente. Su particular sentido rítmico provoca en ocasiones una inquietante sensación de inestabilidad que hace difícil seguir su discurso. Armónicamente es cambiante y rápida. Trifonov hizo una versión enérgica y trepidante que, a pesar de todo, constituyó la parte menos interesante del programa.

   La segunda parte estuvo dedicada a los compositores rusos Dimitri Shostakovich e Igor Stravinsky. Del primero, una selección de sus Preludios y Fugas. Del segundo, los imposibles Tres movimientos de Petrushka. Trifonov encaró la interpretación de Shostakovich con solvencia y buen hacer, dejando ver una discreta pero libre fantasía en los preludios y desenredando las voces con maestría en las fugas. El público debía de estar deseando ver al ruso enfrentándose a Stravinsky, porque de nuevo reinó en el Auditorio un silencio total. No hubo decepciones, no hubo fracaso, no hubo deslices. Todo fue increíble, nítido, rápido, preciso. Y musical. No olvidemos que la técnica está siempre al servicio de algo más grande y que por mucho que alabemos los portentosos y envidiables recursos de Trifonov, estos serían sólo una mera atracción de feria si no estuvieran puestos a disposición del arte. Con la seguridad de que nadie iba a darse cuentade mi pequeña travesura, en un par de ocasiones giré la cabeza para evaluar el efecto de su empuje en el público y mentiría si dijera que me sorprendió descubrir en los demás asistentes un gesto de asombro, casi de pasmo, mientras escuchaban la portentosa actuación del pianista. El despliegue de musicalidad y virtuosismo fue tal que los aplausos se prolongaron durante varios minutos.

   Poco más se puede decir de esta fuerza de la naturaleza, salvo que el día 16 de mayo tiene programado un nuevo concierto en Madrid –esta vez interpretando el Concierto en sol de Maurice Ravel con la Staatskapelle de Dresde y Christian Thielemann a la batuta– al que ya estoy deseando asistir. Mientras tanto me queda en la memoria el recital de anoche, en el que el dominio de los contrastes fue protagonista junto con la musicalidad apabullante de este joven que para mí es, desde hoy, el maestro Trifonov.

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