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Crítica: David Afkham dirige 'El holandés errante' al frente de la Orquesta Nacional de España

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Autor: Raúl Chamorro Mena
16 de enero de 2016

LA OCNE Y AFKHAM TAMBIÉN BRILLAN EN ÓPERA

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 15/I/16. Auditorio Nacional de Música. Der Fliegende Holländer -El Holandés Errante- (Richard Wagner). Bryn Terfel (El Holandés), Ricarda Merbeth (Senta), Torsten Kerl (Erik), Andreas Bauer (Daland), Pilar Vázquez (Mary),  Dimitri Ivanchey (Timonel). Orquesta y Coro Nacionales de España. Director musical: David Afkham. Versión concierto.

 

   En El holandés errante o El buque fantasma (Dresde, 1843) convergen dos aspectos esenciales. Por un lado, es una ópera romántica como la denominó el propio Wagner, tributaria de las partituras de Heinrich Marschner, Louis Spohr y, sobre todo, Carl Maria von Weber. Por otro lado, contiene ya el germen del drama musical y la obra de arte total, particular aportación del genio de Leipzig al teatro musical y cuya influencia, huelga resaltarlo, fue innegable en la historia del género. Lo brumoso y fantasmagórico, el destino inexorable, la naturaleza amenazante, se combinan con temas ya típicos de la producción wagneriana como el amor sublime y metafísico, que sólo puede alcanzar su plenitud más allá de la muerte, en otra dimensión, y, especialmente, la redención del hombre pecador por el amor incondicional de la mujer pura. A lo que hay que añadir, en el apartado más propiamente musical, el uso de los leitmotiv y el intento de acabar con los números cerrados y demás formalidades como la división por actos, ya que la idea inicial del compositor era que la ópera se representara continuada y sin interrupciones, aunque luego la adaptara a tres actos.

   En esta ocasión, la obra se ofreció dividida en dos partes y, afortunadamente, no se trató de una versión concierto con los cantantes estáticos leyendo la partitura, sino que actuaron, gesticularon, se movieron por el escenario y hasta por el patio de butacas, todo ello apoyado en la iluminación, que ambientó ese elemento penumbroso y fantasmal, además de la presencia sobre el escenario de objetos simbólicos como el barco, la rueca de las hilanderas, el fusil del cazador Erik y el camafeo con el retrato del Holandés.  

   David Afkham certificó también en materia operística su gran talento, así como el inmenso acierto de su nombramiento como titutar de la OCNE con la que sin duda, está protagonizando un período de oro para solaz de todos los melómanos. A pesar de su escasa experiencia en materia lírica (debutó en el género en 2014 con La traviata en Glyndenbourne) mostró sentido narrativo, tensión, impecable acompañamiento a los cantantes (resaltar en este apartado la parte de la plegaria del monólogo del Holandés o el transcendental dúo de éste con Senta). Ya desde el ataque a la obertura con nervio juvenil y gesto amplio, surgió un sonido compacto, potente, equilibrado en todas las secciones, pero con la suficiente flexibilidad para recogerse y sostener el canto. Impresionante la rotundidad de los coros de marineros, la violencia de la tempestad, -que inspiraron a Wagner en su accidentada travesía a bordo de la goleta Tetis-, que fueron plasmados con toda su fuerza y grandiosidad con una orquesta y un coro (mejor el masculino que el femenino) a altísimo nivel.

   Bryn Terfel como el atormentado Holandés justificó su estatus de divo y estrella de la ópera con su material vocal de gran calidad. Voz robusta, extensa, de timbre atractivo y singular, centro ancho y grueso, aunque mate. En la zona alta gana brillo, pero los años (y, probablemente, los Wotan asumidos) ya han restado esplendor a su metal, resultando, asimismo, cada vez más esforzados sus ascensos a la zona alta, además de llegar un punto cansado al final. Su canto, más bien rudo y escaso en sutilezas y variedad, así como la encarnación del personaje, de un solo trazo, se sustentaron, principalmente, en sus indudables carisma y personalidad.

   Ricarda Merbeth demostró en su muy notable Senta tener totalmente dominado el personaje, que ha cantado en numerosas ocasiones, Bayreuth incluido. Una soprano lírica de cierto cuerpo, desguarnecida en el grave, pero con gran proyección, particularmente unas notas de primer agudo timbradísimas, plenas de mordiente, canónicamente enmascaradas. Sin embargo, el agudo más extremo resultó un tanto tirante y tensionado y como ejemplo de ello, el del final de la ópera. Si irreprochable fue su musicalidad, encomiable su entrega y emocionante creación del personaje.

   No fue la noche del tenor Torsten Kerl, que desde el primer momento exhibió una emisión totalmente retrasada, calante, de muy justa proyección, con un ataque al agudo imposible, esforzado, a base de gola, que le llevó al “accidente” vocal en su bellísima cavatina de la última parte “Willst jenes Tag´s”.

   Andreas Bauer sustituyó a última hora a Peter Rose, mostrándose cumplidor como Daland teniendo en cuenta esta circunstancia. El material tiene cierta sonoridad, aunque insuficiente en el grave y un agudo sin resolver técnicamente.

   Imponente en centro y grave la Mary de Pilar Vázquez y correctamente cantado, a pesar de algunos sonidos blanquecinos, el Timonel de Dimitry Ivanchey, con unos medios muy modestos.

   Gran éxito, bravos, ovaciones y un público que disfruta más con una interpretación en concierto con un somero movimiento escénico y juegos de luces, con director musical, cantantes, orquesta y coro de nivel, que con los habituales engendros escénicos con repartos de medio pelo que se han adueñado del mundo de la lírica. Si se consolida la interpretación anual por parte de la OCNE de una ópera por temporada con estos presupuestos va a resultar una competencia muy seria y saludable para el Teatro Real.

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