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Crítica: David Afkham dirige 'El castillo de Barbazul' de Bartok en la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
25 de abril de 2018

Ahora no queda más que la noche, la noche... la noche

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 21-IV-2018. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Elena Zhidkova, Mezzosoprano; BálintSzabó, bajo; Káldi Kiss András, narrador. Director musical, David Afkham. Avant la fin… versoù? (Antes del fin... ¿hacia dónde?) de Hèctor Parra. El castillo de Barba Azul de Bela Bartok.

   El estreno absoluto de la obra “Avant la fin… versoù? (Antes del fin... ¿hacia dónde?)” del compositor barcelonés Hèctor Parra, compartía cartel este fin de semana en el ciclo de la OCNE con la ópera El castillo de Barba Azul de Bela Bartok. Había curiosidad por conocer la nueva obra sinfónica de Parra, músico que toca casi todos los palos actuales, ha sido residente en el IRCAM, ha destacado por su acercamiento al drama musical y a sus poco más de 40 años, ha estrenado ya cinco óperas en tablas del nivel de la Gran Sala del Centro Pompidou, el Théatre des Bouffes du Nord de Paris, el desaparecido ciclo Ópera de hoy, la Biennale de Munich o el Festival de Schwetzingen.

   La partitura, para gran orquesta –la formación de cuerda fue 16/14/12/10/8–, va edificando una estructura sonora brillante, que juega con líneas, texturas, y efectos armónicos prolongados. Combina momentos intensos y “tuttis” orquestales de gran envergadura sonora con momentos más íntimos y relajados, que se suceden uno tras otro. Ése es el problema que le vi a la obra y que se repite de manera habitual en muchas composiciones actuales. Son una  especie de olas “fuertes-suave”, una detrás de otra, que al cabo del rato te llevan a preguntarte: “antes del fin... ¿hacia dónde vamos?”. Aunque la tímbrica y las arquitecturas sonoras sean muy atractivas, con tanta ida y vuelta, con tantos momentos en que parece que la obra termina, pero no, continúa, pierdes la noción de donde queremos llegar. Con los reparos que podamos tener, al ser una primera audición, la interpretación de David Afkham y la orquesta fue de una extremada claridad, cuidando principalmente la tímbrica de la obra, aunque bien es verdad que hubo momentos en que las texturas orquestales parecieron demasiado homogéneas. Mención especial al cuarteto de solistas de madera, que realmente lo bordaron.

   Tras el descanso dejamos los sonidos contemporáneos, para adentrarnos en el drama, el misterio y la búsqueda interior de la única ópera de Bela Bartok, El castillo de Barbazul.

   La obra compuesta en 1911 y revisada ligeramente en 1912 y en mayor detalle en 1917, se estrenó en mayo de 1918 en la Opera Real Húngara. El libreto, de una gran riqueza literaria, es del poeta húngaro Bela Balasz. Se basa en el drama simbolista Ariadna y Barbazul de Maurice Maeterlinck y tiene sus orígenes en el famoso cuento de Perrault.

   La música es subyugante y misteriosa, con una percusión que resalta miles de matices, y con una base orquestal en que podemos escuchar hasta tres líneas diferentes en las cuerdas, que le permite alcanzar todo tipo de efectos: seductores y arrebatadores por un lado y espeluznantes y aterradores por otro.  

   El drama psicológico cuenta la relación entre los dos únicos personajes, Barbazul y su nueva novia, Judith, cuya curiosidad por saber que hay detrás de cada una de las puertas secretas del castillo, le lleva compartir el macabro destino de sus tres esposas anteriores.  

   La obra se ofreció con un mínimo de escenificación entre ambos cantantes, todo un acierto cuando estás en un auditorio. Las versiones puras en concierto casi nunca funcionan por muy buenos cantantes que tengas, sobre todo cuando éstos entran y salen a leer partituras. La mezzosoprano y el bajo se situaron como es habitual en la parte delantera del escenario. Los focos principales se dirigieron exclusivamente al director y a ellos, permaneciendo el resto del escenario en penumbra, con unos leves matices creados por focos azules, con lo que se recreaba el ambiente tenebroso del castillo. Incluso los músicos de la orquesta necesitaron luces de foso de ópera en los atriles para iluminar sus partituras. Solo en el impresionante crescendo de la apertura de la 5ª puerta, se fueron encendiendo poco a poco los focos y “se hizo la luz”, para una vez abierta, retornar a la oscuridad.

   Lleva varias temporadas David Afkham presentando una ópera anual en concierto con resultados de primer nivel.  De nuevo, volvió a acertar con este Bartok de una claridad extrema, muy matizada y donde supo regular con autoridad los diferentes estados de tensión que se suceden a lo largo de la obra, ya fueran clímax dramáticos o momentos más líricos. El trabajo de las cuerdas fue especialmente reseñable, con un cuidado exquisito en resaltar las segundas y terceras líneas, con lo que el sonido orquestal fue suntuoso, intenso y empastado. Espectacular a todas luces el magistral crescendo de la apertura de la 5ª puerta, con la inusual participación del órgano –los teatros de ópera no suelen tener un órgano como el del Auditorio– y las fanfarrias a ambos lados del mismo. Si en algo pecó el maestro teutón fue en no atenuar la enorme sonoridad de algunos acompañamientos, lo que le llevó en momentos puntuales a tapar a los cantantes. Si es algo a tener siempre en cuenta, aún lo es más en versiones donde la orquesta no está en el foso, sino compartiendo escenario con ellos. Hay muy pocas voces humanas capaces de traspasarlas. En cualquier caso fue una auténtica gozada poder escuchar a la orquesta en plenitud. La ONE respondió de la mejor manera posible, y salvo algún desajuste puntual, todo rodó sobre ruedas.  

   No es habitual la presencia del narrador –es la cuarta vez que veo la obra y nunca hasta ahora lo había visto– pero en esta ocasión, tuvimos a Káldi Kiss András en el breve papel introductorio.

   Los dos protagonistas, Elena Zhidkova como Judith, y Bálint Szabó como Barbazul, tienen experiencia en sus respectivos papeles. Szabó cantó sin partitura y Zhidkova la tuvo sobre el atril aunque no pareció mirarla mucho. La mezzosoprano rusa ha ganado mucho con los años. Aquella Waltraute en el Ocaso de los dioses de Willy Decker y Peter Schneider, que años después fue la Brangania en el Tristán del añorado Jesús López Cobos y Lluis Pascual, ya prometía. Hoy es toda una realidad. La emisión es algo gutural, pero el timbre es carnoso y muy atractivo,y el volumen de su voz es suficiente para enfrentarse a la orquesta. El agudo es brillante, desahogado e intenso, en incluso se atrevió a enfrentarse con el órgano. Muy bien también desde el punto de vista dramático, marcando la evolución psicológica de una jovencita ingenua que paso a paso, con una curiosidad insistente, se va metiendo ella sola en la boca del lobo, aun consciente de que puede ser su final.

   Adecuado e idiomático el bajo húngaro Balint Szabó, con una material más discreto que el de la rusa, pero con enorme presencia escénica y unas dotes actorales de primera.  La voz es de calidad, el timbre atractivo y carnoso, aunque algo engolado, y su proyección no impacta tanto como el de Zhidkova. Su caracterización del personaje de Barbazul fue excelente mostrando la clara evolución de un caballero encantador con su nueva novia, que paso a paso va tornándose más depresivo según va intuyendo que ésta correrá la misma suerte que las anteriores.

   Con la estremecedora frase final de Barbazul “Ahora no queda más que la noche, la noche…la noche” tras la que el Auditorio se quedó durante unos cuantos segundos en completa penumbra, terminó una excelente representación que hubiéramos podido disfrutar aúnmás, si se hubiera podido disponer de sobretítulos. Por mucho que uno conozca la obra -y seguro que muchos espectadores no la conocían- es bastante difícil el seguir la trama de una ópera en húngaro. Al estar las luces apagadas, muchos que hubiéramos querido tener la opción de seguirla leyendo el programa de mano, no pudimos. La noche ya nos había llegado. Recientemente he podido asistir a óperas con sobretítulos en salas de conciertos de mucho menor nivel que el Auditorio Nacional, por lo que entiendo que la solución técnica debe existir. Si no se hizo, no fue porque no se pudiera. Dio pena escuchar un prólogo bien recitado y declamado, que te debería ayudar a ponerte en situación, y no entender absolutamente nada.

   Bartok sigue siendo un músico que le cuesta a muchos espectadores. Hubo muchos asientos vacíos en el Auditorio y bastantes deserciones durante la obra. La respuesta final del público fue bastante parca, y no estuvo acorde al excelente nivel de la interpretación. Quizás influyó que muchos no se enteraran de lo que había pasado en el escenario.

Foto: Gisela Schenker

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