Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto de la Orquesta Nacional de España bajo la dirección de David Afkham, con música de Wagner y Conrado del Campo en el programa
Sieglinde sin Siegmund
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 16-V-2026, Auditorio Nacional. Temporada Orquesta Nacional de España. La divina comedia, El infierno (Conrado del Campo). Die Walküre - La Valquiria, Acto I (Richard Wagner). Nicky Spence, tenor (Siegmund). Vida Mikneviciutè, soprano (Sieglinde). Jongmin Park, bajo, (Hunding), Orquesta Nacional de España. Dirección: David Afkham.
En estos conciertos de despedida de la titularidad de la Orquesta Nacional por parte de David Afkham, no podía faltar la ópera, pues ha estado muy presente en su periplo con la presentación en versiones semiescenificadas en su mayoría, de títulos como El Holandés errante, Elektra, Salomé, Tristán e Isolda, Fidelio, Wozzeck… En el ámbito de esa colosal obra que es El anillo del Nibelungo de Richard Wagner, el primer acto de La Valquiria, primera jornada de la tetralogía después del prólogo que constituye el Oro del Rhin, se interpreta con asiduidad en las salas de concierto, pues se adecúa bien a ello por duración, cohesión y unidad músico-dramática y la necesidad de sólo tres cantantes sin coro.
La música del madrileño Conrado del Campo (1878-1953) resultó apropiada elección para abrir el concierto, dada la clara influencia Wagneriana – y Straussiana- que la alumbra. El infierno es la segunda parte de su poema sinfónico La divina comedia, una composición de sustrato postromántico, que demuestra, desde el ascendiente wagneriano, el dominio de la orquestación y su ambición en cuanto a densidad sonora, hondura sinfónica y complejidad armónica. Afkham al frente de la Orquesta Nacional puso todo ello de relieve en una dirección ordenada, fina y bien calibrada
En el acto primero de La Valquiria encontramos el amor expresado de forma sublime, que Wagner llevará a la cumbre en Tristán en Isolda. Realmente admirable resultan la intensidad lírico-dramática, la fascinante construcción armónica y esa “melodía interminable” que encauza una sensualidad y tensión erótica insoslayables.
David Afkham planteó una versión de particular acento lírico. Incluso la plantilla orquestal fue más reducida de lo previsto para el Anillo. La cuerda formó 12/12/10/8/6 -violines primeros/segundos/violas/ violonchelos/contrabajos- en lugar de 16/16/12/12/8. La Orquesta Nacional ofreció un sonido notable, bien cuidado, con destacadas actuaciones de las maderas y seguridad por parte de los metales. La batuta cuidó a los cantantes y planteó un discurso orquestal bien organizado, con claridad expositiva, suficientemente vigoroso y con sentido dramático, pero me faltaron aristas y algo más de temperatura, intensidad y voltaje en esos últimos 25 minutos en los que se desarrolla la flamígera pasión amorosa entre los dos gemelos welsungos. A ello contribuyó no poco la debilidad e insuficiencia del tenor Nicky Spence como Siegmund. Un tenor ultralírico, más cercano a un Don Ottavio Mozartiano que a un Heldentenor wagneriano. Spence, el único que usó la partitura, cantó con musicalidad, bien es verdad, pero justísimo de volumen y potencia, incapaz de emitir un sonido con mordiente y de acentos blanditos, ayunos de efusión, de pasión y de cualquier atisbo de heroísmo. Propias del Mundo de Lilliput sus notas mantenidas en “Wälse! Wälse!” y “apacible” el momento en que arranca del fresno la espada “Nothung”, que en la voz y expresión de Spence pareció un palillo.
La soprano Vida Mikneviciutè después de su espléndida Salomé en Valencia, compareció en Madrid y demostró que Siglinda es otro papel que domina tanto en lo vocal como en lo dramático. La voz de la lituana, sana, compacta, homogénea, timbradísima, bien apoyada y mejor proyectada llenó la sala. En lo interpretativo, perfiló una Siglinda entregada, sensual, apasionadísima y de gran efusión lírica. Magnífico, muy intenso, su relato “Der Männer Sippe” y ardiente en “Du bist der Lenz”.
Imponente, rotundo y caudaloso de medios vocales, el bajo Jongmin Park, algo granítico, pero que, con acentos incisivos, vehementes y amenazadores, caracterizó impecablemente al repulsivo Hunding.
Comentar que las chicas de la orquesta actuaron vestidas “de calle” en protesta, según rezaba un pasquín que repartieron algunas de ellas en la puerta, por lo poco adecuado de las vestimentas que les proveen los responsables de la Orquesta Nacional de España.
Fotos: Jose Luis Pindado
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