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Crítica: David Afkham dirige «La canción de la Tierra» de Mahler con la Orquesta Nacional de España, Piotr Beczala y Matthias Goerne

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Autor: Óscar del Saz
29 de marzo de 2021

«Una noche para recordar en todos los sentidos»

Una Canción de la tierra para recordar

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 26-III-2021. Auditorio Nacional de Música. Gustav Mahler (1860-1911), Das Lied von Erde [La canción de la Tierra], versión para orquesta de cámara de Glen Cortese (año 2006). Piotr Beczala (tenor), Matthias Goerne (barítono). Orquesta Nacional de España, David Afkham, director.

   De todo un acierto en la coherencia, en el criterio y en la búsqueda de los mejores resultados musicales puede calificarse que la Orquesta y Coro Nacionales de España [OCNE] haya programado en un mismo concierto a dos grandes del firmamento lírico actual, esto es, al tenor Piotr Beczala (1966) y al barítono Matthias Goerne (1967), ambos artistas muy curtidos tanto en su faceta de liederistas -con distintos repertorios, eso sí- como en el circuito escénico, por lo que puede ser una buena muestra de cómo programar con todos los triunfos en la mano, más si cabe si se trata de incluir, en este segundo tramo de la temporada, una obra culmen como es La canción de la tierra. Y lo es, no sólo del catálogo del gran creador que fue Mahler sino que constituye, en sentido amplio, un ejemplo paradigmático de la música que aúna de forma magistral el lied y la sinfonía y, en suma, la música y la poesía.

   Además de lo anterior, la importancia de esta obra deviene en el hecho de que cierra un ciclo compositivo y vital del genio austriaco, que a través de todo su catálogo, sintetiza en esta creación el propio «ser», la personalidad de alguien que se auto examina a sí mismo y se «encierra» sobre sí a raíz de cómo se siente por la muerte de su hija, el descubrimiento de su enfermedad o el abandono de la Ópera de Viena… También es clave entender cómo afronta el intento de remontar estas vicisitudes aprovechando que descubre -y le impacta favorablemente- la lectura de unos poemas de varios autores chinos -de la antología titulada Die chinesische Flöte [La flauta china]-, lo cual le proporciona ciertas respuestas en torno a la misión y destino del hombre en la tierra e, incluso, nos atrevemos a decir, que desencadena inevitablemente la redacción mental -trasladada a lenguaje musical- de su propio testamento, que se debate entre el vacío y el redescubrimiento de su «yo» más profundo.


   Es esta filosofía, la del «todo» y la «nada», que se atreve a explicar tanto la concepción del universo como la de cualquier otra entidad transcendente (suponiendo que la humana lo es) -muy cercana al «yin y el yang» taoísta-, la que debe, a nuestro entender, reflejarse y destilarse en la interpretación de esta obra: lo primero, una clara dualidad contrastada (movimientos 1-3-5 frente a 2-4-6), aspecto muy bien conseguido por David Afkham en esta versión para orquesta de cámara, a la que -como única objeción- encontramos en algunos momentos cierta falta de densidad en la textura sonora de las cuerdas agudas cuando la orquestación las utiliza como motor interior del discurso. Lo segundo, que el resultado presumió de una mayor trasparencia global de la obra y de la posibilidad favorecedora de agilizar algunos tempi en comparación a lo que conviene en una orquesta plena. Lo tercero, que el maestro tuvo muy en cuenta que sólo en determinados pasajes de las canciones primera, cuarta y sexta suena la orquesta completa, y que en muchos fragmentos las texturas son casi camerísticas, con muy pocos instrumentos tocando a la vez, por lo que alabamos de él ese sentido de la proporcionalidad, de la medida, por haber sabido ecualizar el resultado conjunto.

   Como decimos, dado que el primero, algo del cuarto, y el último movimiento -de los seis de la obra- son los que poseen carácter más sinfónico, es en ellos donde Afkham echó el resto, con una dirección muy interiorizada, meditada y fluída a la hora de que se entendieran/comunicaran correctamente toda las tensiones y distensiones armónicas, a fin de subrayar la dualidad comentada, y que nada quedara mezclado o desdibujado. En cuanto a los movimientos segundo, tercero y cuarto, al ser un tanto más complejos en la orquestación, con rítmicas muy variables y precisas que se superponen unas a otras, pero dejando gran espacio a la preeminencia de la voz como protagonista discursiva -de la mano de los poemas-, no hubo en este sentido más que una muy buena comunión entre el director, la orquesta y los cantantes.


   Además de esta muy buena labor del director, y como segunda derivada de su trabajo, hay que felicitar a todas las secciones de la ONE por sus admirables prestaciones, y en concreto a los solistas de flauta (Álvaro Octavio Díaz) y oboe (Víctor Manuel Ánchel), así como también a la sección completa de contrabajos -impagable el pedal en pppp que da entrada al barítono en el último número-, percusión y metales. De esta forma, se reflejaron perfectamente las atmósferas que evocan la naturaleza, los animales, lo exótico…, con motivos de articulación -por secciones- muy ostensible y que se dirigen normalmente hacia una sucesión de clímax, en contraposición a otros motivos más planos o descendentes, de ejecución cercana al legato, que describieron muy adecuadamente el «mundo interior» y los aspectos más reflexivos de los personajes.

   Por continuar con las partes cantábiles, y aunque durante la obra, los dos solistas se alternan -números pares para el barítono, y los impares para el tenor-, la parte reflexiva, más ligada a un personaje, es la que le corresponde al barítono. Si complicadas son para éste sus canciones, no lo son menos para el tenor, que también tiene que abordar subidas al agudo, en algunos casos con tempi ágiles, como comentábamos al principio.

   Por las muy altas cotas de primorosidad alcanzadas por el tenor Piotr Beczala, dudamos de que haya una voz y un canto más adecuado en estos momentos para abordar sus partes, en las que es necesaria una gran flexibilidad vocal, con un instrumento lírico, carnoso, pero brillante en squillo, dominio del control del fiato y subidas rápidas a los agudos -tanto en notas de paso como en notas tenidas- , sin perder intensidad en los exigentes tempi y con rítmicas muy ajustadas, a la vez que se despliega una excelente y exigente dicción-proyección y se gestionan las dinámicas de forma adecuada.

   La canción de la Tierra tiene, por supuesto, una cierta construcción cíclica, ya que en el estribillo de la primera de las canciones, Das Trinklied vom Jammer der Erde [La canción báquica de la miseria terrenal], muy bien interpretada por Beczala mostrando ese ‘alter ego’ de personajes respecto al barítono, y que canta con un carácter totalmente antagónico, alegre («Sombría es la vida, oscura es la muerte»), que se repite varias veces, y que permitiría que el final mortuorio de la obra enlazase de nuevo con el principio.

El vino ya brilla en la dorada copa,

¡pero no bebáis todavía, antes os cantaré una canción!

El canto de la aflicción os ha de sonar con risas en el alma.

Cuando se acerca la pena, yacen desiertos los jardines del espíritu,

se marchita y muere la alegría, el canto.

Sombría es la vida, oscura es la muerte.


   El segundo de sus números, Von der Jugend [De la juventud], es parecido en carácter al primero pero en la voz de Beczala se convierte en un plus por mor de su fantasía en el canto, al tener que jugar interactivamente con los motivos chinescos. En la última, Der Trunkene im Früling [El borracho en primavera] dio la adecuada réplica a los instrumentos que emulan los cantos de los pájaros -flauta solista y otros-, además de introducir en su discurso la ebriedad del momento, así como una estupenda emisión de agudos en dinámica pianísimo. Por poner un ‘pero’, y no sabemos quién debió equilibrarse con quién, el tenor fue ligeramente tapado por el conjunto instrumental en alguno de los agudos que ha de mantener con la orquesta, ya que algunos instrumentos doblan su nota.

   Respecto al barítono, quizá empezara algo frío, con los graves poco sonoros pero, desde luego, Matthias Goerne hace de sus tres números una auténtica recreación emocional de sus canciones (las dos primeras, Der Einsame im Herbst [El solitario en otoño] y Von der Schönheit [De la belleza]) y, en la última, se enfrenta a un introspectivo y complicado movimiento que es en tiempo casi la mitad de la obra: Der Abschied [La despedida], un auténtico viaje al interior, al YO más profundo, utilizando todos los resortes sonoros (voz plena, pianísimos, falsetes, ‘sforzandi’,…) -y corporales- de los que es capaz.

   O, como nos gusta decir a nosotros, manejando el sonido de su canto -que ha de moverse en una extensión vocal muy exigente- como un metalenguaje capaz de sublimar una interpretación que va más allá del canto en sí mismo, muy cercana a lo que podríamos denominar como «orfebrería vocal», y que se convierte gracias a ese complicado supralenguaje, en una cuasi transfiguración del hombre -lo existencial- que encuentra y pierde al amigo -previa escucha de una demoledora marcha fúnebre- para, finalmente, perderse a sí mismo.

   El final de la obra es de clara estética romántica, bello y trágico a la vez, donde disfrutamos de una versión en la que se consigue «parar el tiempo», ralentizando acusadamente el metrónomo y agotando la dinámica de forma ostensible para desgranar cada estrofa y destilar cada sonido:

¡La querida tierra florece por todas partes en primavera

y se llena de verdor nuevamente!

¡Por todas partes y eternamente resplandece de azul la lejanía!

Eternamente... Eternamente...


   El público aplaudió muchísimo a todos los intérpretes -si bien hubo dos o tres personas del público que pugnaron por ser los primeros en aplaudir, antes mejor que esperar a que el final rezumara en la acústica del Auditorio Nacional y el maestro Afkham bajara del todo los brazos-, teniendo que salir repetidamente a saludar. Goerne y Beczala también aplaudieron durante un buen rato, vueltos hacia una Orquesta Nacional puesta en pie, y a la que luego se fue aplaudiendo sección por sección y solistas relevantes.

   Sin duda alguna, una noche para recordar en todos los sentidos, donde hubo cabida para todo lo que un buen concierto que se precie debe ofrecer: un buen programa, inmejorables solistas y una dirección inspirada sobre una conjunción de profesores de la Orquesta de altísimo nivel, que dieron como resultado una emotividad que flotó en el ambiente de forma «sanadora» en estos tiempos tan difíciles que nos ha tocado vivir.

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