Crítica de Pablo Sánchez Quinteiro del recital ofrecido por la violinista Diana Tishchenko en La Coruña acompañada al piano por José Gallardo, dentro de los Conciertos de Verano de la Orquesta de Cámara Galega y la Fundación Rogelio Groba
Dimension internacional
Por Pablo Sánchez Quinteiro
La Coruña, 2-VII-2026. Paraninfo de la Universidade da Coruña. Concertos de Verán de la Orquestra de Cámara Galega y la Fundación Rogelio Groba. Diana Tishchenko, violín; José Gallardo, piano. Maurice Ravel: Sonata para violín y piano n.º 2 en sol mayor. Eugène Ysaÿe: Sonata para violín solo n.º 3 en re menor, op. 27, «Ballade». George Enescu: Sonata para violín y piano n.º 3 en la menor, op. 25, «dans le caractère populaire roumain»;
Aunque su denominación pudiera sugerir una programación más ligera o amable, los «Concertos de Verán» promovidos por la Orquestra de Cámara Galega y la Fundación Rogelio Groba son un ejemplo de una ambición artística que aleja cualquier asociación entre el verano y una relajación de los criterios musicales. La iniciativa cubre, además, dos carencias importantes de la vida cultural coruñesa: la escasa presencia estable de la música de cámara y la posibilidad de escuchar en la ciudad a intérpretes de verdadera dimensión internacional en un registro mucho más cercano y menos formal que los conciertos sinfónicos. Todo ello con entrada gratuita, un aspecto que no debería considerarse secundario cuando se trata de ampliar el acceso a propuestas de esta categoría.
El recital ofrecido en el Paraninfo de la Universidade da A Coruña por la violinista ucraniana Diana Tishchenko y el pianista argentino José Gallardo, ambos afincados en Berlín, constituyó una muestra particularmente elocuente. Ni el programa -Ravel, Ysaÿe y Enescu- ni la exigencia de sus planteamientos interpretativos permitían concesión alguna a una escucha superficial. Por el contrario, se trataba de una propuestas cohesionada, en las que las obras tendieron puentes entre sí por sus afinidades, pero también por sus contrastes: la sofisticación tímbrica francesa, el virtuosismo entendido como exploración expresiva y la asimilación de elementos populares dentro de un lenguaje musical de extraordinaria elaboración.
Tishchenko es una violinista formada inicialmente en Kiev y posteriormente en la Hochschule für Musik Hanns Eisler de Berlín, donde estudió con el violinista sueco Ulf Wallin. Su consecución en 2018 del Grand Prix Jacques Thibaud del Concurso Long-Thibaud-Crespin de París, impulsó definitivamente su carrera. Una actividad concertística que la ha llevado a algunas de las principales salas europeas y que construye en base a un repertorio de amplitud poco habitual, capaz de extenderse desde Vivaldi -como mostró su participación en la singular interpretación de Las cuatro estaciones grabada por el canal Arte en la isla de Delos, hasta la creación contemporánea.
Pero más significativa, a mi juicio, que estos amplios méritos resulta la personalidad que revela sobre el escenario. Tishchenko posee un sonido inmediatamente reconocible: concentrado, incisivo cuando la escritura lo exige, pero también capaz de adquirir una sorprendente variedad de densidades, colores y grados de vibrato. Hay en su manera de tocar algo que atrapa desde las primeras notas: una combinación de carácter, imaginación tímbrica y tensión narrativa que obliga al oyente a permanecer dentro de la música.
La velada se abrió con la Sonata para violín y piano n.º 2 en sol mayor de Maurice Ravel, una obra comenzada en 1923 y concluida cuatro años después, en la que el compositor parece subrayar deliberadamente las diferencias naturales entre ambos instrumentos. El violín y el piano no buscan fundirse en una sonoridad homogénea, sino que conviven desde sus respectivas identidades, aproximándose y separándose dentro de una escritura de filigrana y precisión casi microscópica.
En el Allegretto inicial, Tishchenko evitó cualquier tentación de convertir la aparente transparencia de la música en neutralidad expresiva. La línea del violín surgió con una dicción extremadamente definida, apoyada en una articulación limpia y en una graduación minuciosa de los ataques. José Gallardo entendió perfectamente el carácter fragmentario y a la vez orgánico de la escritura raveliana: más que acompañar, creó el espacio armónico en el que el violín podía adquirir relieve. Su pulsación fue clara, flexible y enfática, con especial atención a las resonancias. El célebre Blues. Moderato permitió apreciar todavía mejor la capacidad de Tishchenko para modificar la textura de cada sonido. Los glissandi, las síncopas y las inflexiones próximas al jazz no fueron tratados como una nota pintoresca, sino integrados en una lectura de sofisticada ambigüedad.
Hubo ironía, sensualidad y una deliberada aspereza en determinados ataques, pero sin caer nunca en la caricatura. El ritmo permaneció vivo bajo una aparente libertad de inflexión, mientras Gallardo sostuvo las inflexiones métricas con naturalidad. El Perpetuum mobile. Allegro, trasunto del final del Concierto en Sol mostró la formidable seguridad técnica de la violinista. La continuidad casi ininterrumpida de la figuración exige resistencia, precisión y una perfecta coordinación entre ambas manos, pero también la capacidad de impedir que el movimiento se reduzca a un ejercicio mecánico. Tishchenko mantuvo una articulación nítida incluso en los pasajes más vertiginosos, diferenciando dinámicas y direcciones de frase en medio de un torrente de semicorcheas. Gallardo respondió con idéntica exactitud, aportando impulso sin endurecer el discurso y haciendo posible que el final alcanzase una brillantez tan controlada como electrizante.
Tras Ravel, Tishchenko quedó sola ante la Sonata n.º 3 en re menor, “Ballade”, de Eugène Ysaÿe. Al ser una obra dedicada a George Enescu su inclusión establecía un puente perfectamente calculado hacia la sonata del compositor rumano que cerraría el programa.
La Ballade ocupa un lugar singular dentro de la literatura violinística. Su dificultad no reside únicamente en la sucesión de dobles cuerdas, acordes, cambios de registro, arpegios y pasajes de enorme velocidad. El verdadero desafío consiste en conferir una trayectoria dramática a una escritura que puede convertirse fácilmente en una exhibición episódica. Tishchenko construyó la introducción lenta desde una sonoridad oscura y casi interrogativa, dejando que los silencios y las resonancias participasen en el discurso. Cuando la obra entró en su sección rápida, desplegó un virtuosismo teñido de trascendencia. Los saltos entre los registros mantuvieron una continuidad; las líneas internas de los pasajes polifónicos resultaron perceptibles, y la variedad del golpe de arco impidió que la acumulación de dificultades produjese monotonía. La tensión creció de manera implacable hasta una conclusión de enorme fuerza, recibida como uno de los momentos culminantes de la noche. Tishchenko no solo asumió la dificultad de la obra, sino que la transformó en una lección de elocuencia.
La segunda parte estuvo dedicada a la monumental Sonata n.º 3 en la menor, op. 25, “dans le caractère populaire roumain”, de George Enescu. Aunque el título parezca indicar lo contrario, no se trata de una transcripción de melodías folclóricas, sino de una recreación profundamente estilizada de inflexiones, ritmos, ornamentos y modos de ejecución asociados a la música tradicional rumana. Su escritura exige de ambos intérpretes una imaginación sonora excepcional: ataques apenas audibles, armónicos, glissandi, ritmos asimétricos, fluctuaciones de tempo y una utilización del piano que en ocasiones imita instrumentos populares o sugiere paisajes acústicos enteros.
El Moderato malinconico inicial encontró en Tishchenko una intérprete ideal. Desde las primeras frases hizo que esa mezcla de lamento, improvisación y extrañeza que caracteriza la obra cobrase vida de forma subyugante. Portamenti de extraordinaria expresividad y sutiles cambios de color hicieron que una música aparentemente dura para una primera escucha resultase tremendamente cercana. Gallardo respondió con una gama igualmente refinada de sonoridades. Su piano por momentos sugirió el golpe del címbalo, en otros creó fondos lejanos, resonancias nocturnas o breves destellos rítmicos que parecían proceder de un mundo muy distinto al habitado por el violín. En el Andante sostenuto e misterioso, ambos alcanzaron uno de los mayores logros interpretativos del recital. La música se adentró en una atmósfera suspendida, casi irreal, construida a partir de murmullos, trémolos, armónicos y figuras que aparecen y desaparecen. Tischchenko se manejó a la perfección creando sonoridades en el límite de lo audible y armónicos espectrales. Con el Allegro con brio, ma non troppo mosso final se liberó toda la energía acumulada. Los ritmos de danza, las rápidas figuraciones ornamentales y los bruscos cambios de carácter fueron abordados por Tishchenko con una mezcla de ferocidad y control. Gallardo sostuvo el entramado rítmico contribuyendo decisivamente a la sensación de improvisación organizada que atraviesa el movimiento. La aceleración de los acontecimientos condujo a una conclusión de intensidad casi física, pero jamás desordenada.
A pesar de coincidir con un partido de la selección española, el Paraninfo presentó una asistencia muy estimable, prueba del interés que estos conciertos han conseguido despertar. No todo el público pareció comprender, sin embargo, que una propuesta de esta naturaleza requiere unas condiciones mínimas de concentración. Los ruidos, el uso ocasional de teléfonos móviles y alguna dificultad para mantener el silencio perturbaron momentos especialmente delicados. No llegaron a romper la intensidad de la interpretación, pero sí recordaron que la democratización del acceso a la música debe ir acompañada de una pedagogía elemental y del respeto hacia músicos y espectadores.
Tishchenko aludió con humor al partido antes de la propina final, anunciando que aplicaría tiempos rápidos para permitir que el público llegase a verlo. La música de Piazzolla prolongó la intensidad de la noche con una interpretación llena lirismo y misterio, en la que ambos músicos evitaron cualquier sentimentalismo fácil. Fue un epílogo coherente para una noche que había hecho del carácter y la libertad expresiva sus principales argumentos.
Queda, finalmente, felicitar a la Orquestra de Cámara Galega y a la Fundación Rogelio Groba, con Roge Groba al frente, por una serie que, junto con la presencia de sus propias formaciones camerísticas y otros intérpretes invitados, ha enriquecido de manera sustancial el verano musical coruñés, incluso con noche que permanecerán largo tiempo en la memoria.
Fotos: Fundación Rogelio Groba
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