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Crítica: DiDonato protagoniza 'Maria Stuarda' en el Covent Garden

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Autor: Alejandro Martínez
8 de julio de 2014

MALGASTADO VERDUGO

Por Alejandro Martínez

05/07/2014 Londres: Covent Garden. Donizetti: Maria StuardaJoyce DiDonato, Carmen Giannattasio, Ismael Jordi, Matthew Rose, Kathleen Wilkinson. Bertrand de Billy, dir. musical. Director Moshe Leiser y Patrice Caurier, dir. de escena

   Regresaba Joyce Di Donato al Covent Garden londinense para protagonizar una nueva producción de Maria Stuarda, rol que interpretara también la pasada temporada en el Met de Nueva York y que incorporó a su repertorio allá por abril de 2012 en Houston. Partamos de que Di Donato es una mezzo, dentro de la difusa frontera entre soprano y mezzo que cabe hallar en tiempo de Donizetti, donde era más frecuente hablar de tipologías sopraniles que de una diferencia neta y propiamente dicha entre la voz de mezzo y la voz de soprano. Este papel donizettiano, estrenado por Maria Malibrán, una soprano sfogato, requiere de hecho lo que hoy denominamos una dramática con agilidad. Así, el temperamento debe venir ya impreso de algún modo en el timbre y no depender tan sólo de la pura interpretación. Siempre caben excepciones, y de Sutherland a Devia pasando por Caballé, todas las grandes belcantistas han hecho frente al rol aproximándolo a sus facultades. Lo mismo cabía esperar en el caso de Di Donato, sólo que estamos ante una solista mucho menos dotada vocalmente que las citadas colegas de antaño. La última Stuarda que pudimos escuchar fue Sondra Radvanovsky en Bilbao y ella, sin ser tampoco la Stuarda ideal, sí requería al menos esa doble condición de voz dramática y voz ágil. De entre las grandes intérpretes históricas del rol, tan sólo cabe parangonar el empeño de Di Donato al que Janet Baker se propusiera al final de su carrera, ya en los ochenta, con la salvedad, no menor, de que hay no pocas diferencias tímbricas entre ambas. En el caso de Di Donato el timbre no es por naturaleza oscuro y dramático y presenta al contrario más bien un natural brillo más propio de partes con otro lirismo y otra personalidad, como el Romeo de Capuleti, la Cenerentola rossiniana, el Sesto de la Clemenza, el Octavian de Rosenkavalier, la Cendrillon de Massenet, el Ariodante de Haendel…. No es poco el repertorio natural que corresponde a un instrumento como el Di Donato y lo cierto es que la Stuarda se sitúa, como mucho, en los márgenes de ese abanico.

   Su trabajo con la Stuarda nos dejó así una general decepción, quedando francamente por debajo de la casi redonda prestación que nos había ofrecido como Cendrillon en el Liceo hace tan sólo unos meses. Y es que el rol sobrepasa claramente la vocalidad de DiDonato, desde muchos puntos de vista. La emisión es en su caso francamente irregular y heterogénea y la voz suena, al cabo de la función, en muchos sitios y de formas muy diversas. No hay así una continuidad bien labrada entre el centro y el agudo y el grave comparece a veces más falseado de lo que debiera ser natural en una mezzo como ella. Mostró también un vibrato muy acusado por momentos, junto a un agudo atacado siempre con deficiencias, ya sean caídas de afinación, ya sean sonidos abiertos, ya sean sonidos fijos. Tampoco la coloratura y el canto de agilidad brillaron por su desenvoltura y virtuosismo, buscando además a menudo un sonido más grande y dramático que el que su material, por naturaleza, le suministra.  Se antojó más solvente al menos en el canto spianato, aunque con alguna apreciable limitación de fiato para recrear la línea melódica con holgura. ¿Qué queda entonces? Sin duda una artista entregada, convincente, que busca subrayar y enfatizar el texto y que en escena se esfuerza por resultar creíble. Su Stuarda es demasiado voluntariosa, a decir verdad. Queremos decir con esto que hay un apreciable esfuerzo de caracterizaión, pero que no termina por cuajar en una encarnación propiamente dicha casi en ningún momento a lo largo de la función. En resumen, Di Donato nos parece una artista honesta y entregada, qué duda cabe, pero metida esta vez, literalmente, en camisas de once varas.

   Por otro lado, Donizetti confronta aquí dos voces femeninas muy semejantes, la de Maria Stuarda y la de Elisabetta, generalmente asumidas por una soprano y una mezzo, respectivamente. En este caso, nos agradó mucho el trabajo de Carmen Giannatassio en el rol de Elisabetta: voz muy bien timbrada, emisión fresca y ágil, fraseo incisivo y prestación actoral intachable. Una labor muy redonda que por momentos arrebató el show a la protagonista. Muy notable también el trabajo del español Ismael Jordi, en el que era su debut en el Covent Garden londinense. Canta con clase, con gusto y frasea con intención. No es un tenor de tenores y quizá al timbre se le pueda pedir un poco más de carne en el tercio agudo, que a veces suena un tanto limitado, aunque afinado y timbrado. A quienes en más de una ocasión han hecho escarnio del volumen vocal de Jordi debieran haber comprobado la intachable presencia de su instrumento en un teatro más bien amplio aunque de impecable acústica como la Roya Opera House. Hagámos de paso un poco de patria, aunque la patria sea una cosa bastante absurda en materia operística, dicho sea de paso. Junto a ese referente español para estos roles que es ya desde hace años el bueno de José Bros, nada tienen que envidiar Ismael Jordi o Celso Albelo a los Polenzani, Calleja, Costello o Breslik que dan voz a estos papeles en los principales teatros de medio mundo. Buen trabajo, aunque con una emisión por pulir aún, del joven Matthew Rose, formado en el Royal Opera’s Young Artist Programme, acometiendo aquí el papel de Talbot.

   Bertrand de Billy es siempre una batuta de garantías, sea cual sea el repertorio que se el ponga entre manos, de Tannhäuser a Don Carlo pasando por páginas belcantistas como esta Maria Stuarda. Concierta con impecable soltura, añade la dosis justa de teatralidad y escucha a los cantantes en todo momento. Poco más se puede pedir a un maestro que da muestras de su buen oficio cada vez que tenemos ocasión de verle dirigir en un foso.

   Dejamos para el final el capítulo más decepcionante de esta representación, correspondiente a la nueva producción, monumentalmente abucheada y a cargo de Moshe Leiser y Patrice Caurier. A decir verdad, todavía no hemos encontrado un solo trabajo de estos dos directores que nos satisfaga hasta el punto de comprender su buen nombre. En este caso la decepción es mayúscula. ¿Cómo se puede desperdiciar de forma tan vana la ocasión de asentar una nueva producción de Maria Stuarda en el Covent? En ciertos teatros las producciones están llamadas por naturaleza a reponerse y no ser flor de un día, como sucede a veces en nuestro país. Estamos además ante una coproducción internacional, ya que este mismo trabajo podrá verse la temporada que viene en el Liceo de Barcelona, de nuevo con Di Donato y con un segundo reparto encabezado por Irina Lungu. La producción, por decirlo rápido, es una completa bobada. La escenografía de Christian Fenouillat parece una broma pesada, no tanto habida cuenta de su infinita sencillez, como por su absoluta arbitrariedad. Desde el principio se “juega” con la idea de una cortinilla de lamas abatibles, propia de IKEA, presente en forma de telón y que finalmente cubre ante el público el momento de la ejecución de Stuarda. Entre tanta mediocridad, sólo cabe aplaudir, al final, la buena caracterización de Elisabetta (vestuario de Agostino Cavalca) y un breve detalle, cuando Maria Stuarda recuerda sus momentos de mayor alegría, instante en el que toda la escena se ilumina con una proyección floral. Un tanto naíf y simplón, pero da buen muestra de cuál fue el pico más alto de la propuesta. La conclusión es que a los señores o bien Maria Stuarda les importaba un pimiento o bien no han sabido qué hacer con ese libreto entre las manos. Así las cosas, si nos permiten la broma, ya podría haberse empleado el verdugo en ajusticiar a los responsables escénicos antes que a la buena de Maria Stuarda.

Foto: Bill Cooper / Royal Opera House

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