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Crítica: «Die Teufel von Loudun-Los diablos de Loudun» de Krzysztof Penderecki en Múnich

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Autor: Codalario
15 de marzo de 2023

Crítica de Raúl Chamorro Mena de Die Teufel von Loudun-Los diablos de Loudun, de Krzysztof Penderecki, en la Ópera de Múnich, bajo la dirección de Vladimir Jurowski

Die Teufel von Loudun-Los diablos de Loudun, de Krzysztof Penderecki, en la Ópera de Múnich, bajo la dirección de Vladimir Jurowski

Al diablo no hay que creerle ni cuando dice la verdad

Por Raúl Chamorro Mena
Múnich, 11-III-2023, Teatro Nacional-Ópera estatal de Baviera. Die Teufel von Loudun-Los diablos de Loudun (Krzysztof Penderecki). Ausrine Stundyte (Sor Jeanne, priora del convento de las Ursulinas), Nicholas Brownlee (Urbain Grandier, sacerdote de la Iglesia de la Santa Cruz en Loudon), Jens Larsen (Padre Barré), Ulrich Res (Padre Mignon), Andrew Harris (Padre Rangier), Vincent Wollsteiner (Baron de Laubardemont), Martin Snell (Padre Ambrose), Ursula Hesse von der Steinen (Claire), Nadehzhda Gulitskaya (Gabrielle), Lindsay Ammann (Louise), Nadezhda Karyazina (Ninon), Danae Kontora (Philippe), Kevin Conners (Adam), Jochen Kupfer (Mannoury). Orquesta y coro de la Opera Estatal de Baviera. Dirección musical: Vladimir Jurowski. Dirección de escena: Simon Stone. 

   Durante su periplo como párroco de la Iglesia de la Santa Cruz de la localidad francesa de Loudoun, el padre Urbain Grandier se granjeó un gran número de enemigos, incluido uno tan importante como el Cardenal Richelieu. Joven, apuesto, cultísimo y de ideas avanzadas, que conectaban en cierto modo con las de los protestantes hugonotes, Grandier, descaradamente disoluto, gusta a las mujeres y es especialmente propenso a los «pecados de la carne». Gran parte de las mujeres que pasaban por su confesionario, terminaban en su cama, incluidas, como puede apreciarse en la ópera, la joven viuda Ninon y la adolescente Philippe, a la que deja embarazada. 

   Sin embargo, toda la pléyade de enemigos seglares y políticos no significan nada ante el despecho de una mujer, una fuerza formidable que acabará con el sacerdote quemado en la hoguera, acusado de brujería y pacto con el diablo, el 18 de agosto de 1634.

   Efectivamente, Sor Juana de los Ángeles -Jeanne des Anges, priora del convento de Santa Úrsula ubicado en la misma ciudad de Loudun, fascinada, fuertemente atraída por Grandier, turbada por sus hazañas sexuales, le ofrece el puesto de confesor y guía espiritual del convento, pero el sacerdote lo rechaza rotundamente. Ella enfurecida, comienza a manifestar signos de posesión infernal y acusa a Grandier de ser el instigador de la misma, mediante el demonio Asmodeo, así como de magia negra y pacto diabólico. El despecho de Sor Joanne es el mismo que impulsa a Abigail Williams en Las brujas de Salem, la obra teatral de Arthur Miller, también basada en hechos reales referidos a supuestas posesiones diabólicas. También hay paralelismo entre Grandier y John Proctor, protagonista del drama citado, pero el párroco francés carece de la pureza, nobleza y altura humana de éste. 

Die Teufel von Loudun-Los diablos de Loudun, de Krzysztof Penderecki, en la Ópera de Múnich, bajo la dirección de Vladimir Jurowski

   Estos sucesos históricos acaecidos en la localidad francesa de Loudun en el siglo XVII fueron recogidos por el escritor Alidous Huxley en una novela, adaptada posteriormente al teatro por John Whiting y en dichos textos se basa el compositor polaco Krzysztof Penderecki para crear, sobre libreto propio, su primera ópera, Los diablos de Loudun, un encargo de la Ópera de Hamburgo donde se estrenó en 1969. El autor revisó la ópera en 1975 y la misma constituye, al igual que la novela de Huxley, un crudísimo alegato contra el fanatismo y la intolerancia. El padre Grandier, efectivamente, no es un angelito, pero cae víctima del despecho, del fanatismo, el odio de sus enemigos y como chivo expiatorio de una situación política complicada, en la que Francia, con una importante implantación protestante en su territorio, pretende centralizar un poder estatal cada vez más autoritario y firme. 

   La Opera de Baviera ha demostrado su categoría, la propia de una de las casas de ópera cumbre en la actualidad, con esta nueva producción de la ópera de Penderecki, una de las grandes del siglo XX, que tuvo un estreno muy accidentado en 2021 por culpa de la pandemia, debiéndose suspender la mayoría de las funciones. 

   En primer lugar, hay que valorar la magistral dirección musical de Vladimir Jurowski, un prodigio de técnica y precisión de batuta, así como de fondo musical. La obra es complejísima, tanto en su orquestación, como en la escritura vocal, con abundantes pasajes recitados, y resultó impresionante como el maestro ruso dio todas y cada una de las entradas, tanto a los instrumentistas y las diversas secciones, como a todos y cada uno de los cantantes y miembros del coro. Marcando con la mano izquierda, dos, tres, cuatro y con ese gesto amplio, a la par que elegante y exactísimo con la mano derecha. Unos pasajes con la batuta, otros sin ella. Asimismo, admirable la capacidad de Jurowski para crear atmósferas, perrturbadoras, desasosegantes, cuasirrespirables, todo ello con una gran tensión teatral que no sólo no decae, crece de principio a fin. Fabulosa la Bayerische Staatsorchester, que ofreció toda un exhibición de transparencia, perfección ejecutiva, e inquietantes tímbricas, siempre con plena fuerza teatral y tensión dramática. Espléndido, asimismo, el coro, tanto en lo musical como lo dramático con unas intervenciones fuera de escena, realmente estremecedoras.

   Cabe calificar la puesta en escena de Simon Stone de magnífica, de esas que potencian la obra. En este caso, la transposición de época a la actualidad o un marco intemporal, tiene sentido, pues este brote de fanatismo, intolerancia y sectarismo puede producirse perfectamente en una sociedad tan idiotizada, autocomplaciente e inculta como la actual. Impresionante el efecto que se produce al ver a muchachos bien vestiditos a la moda con esa cara entre banal y fatua leyendo fría y despreocupadamente la condena de Grandier. Por no hablar del estremecedor desfile del infortunado sacerdote por las calles, después de ser cruelmente torturado, mientras cada miembro de la masa fanática y cretina le propina un golpe o un latigazo. La escenografía de Bob Cousins se basa en una plataforma central que va girando, algo no muy original, pero tremendamente funcional y eficaz para desarrollar las diversas escenas de la obra, que transcurren dinámicas, inexorables, en un crescendo dramático casi irresistible. Puro teatro.   

Die Teufel von Loudun-Los diablos de Loudun, de Krzysztof Penderecki, en la Ópera de Múnich, bajo la dirección de Vladimir Jurowski

   Ausrine Stundyte, que fue una extraordinaria Renata de El Ángel de fuego de Prokofiev en el Teatro Real, completó una gran creación de Sor Joanne, la priora del convento de Santa Úrsula, que acusa al padre Grandier de posesión a través del demonio Asmodeo. El papel fue estrenado por la gran Tatiana Troyanos y existe un video como testimonio de su encarnación. Stundyte volvió a demostrar ser una de las grandes cantantes-actrices de nuestro tiempo, con un rendimiento cumbre en repertorio del siglo XX. Intensidad escénica, garra, acentos y entrega total - cada gesto suyo tiene una intensión dramática, particularmente en las escenas que es exorcizada- y ello con un material sopranil de estimable caudal, con sonidos potentes y timbrados especialmente en la zona alta.

   El otro gran protagonista de esta ópera es el padre Urbain Grandier, hombre culto e inteligente, con ideas avanzadas, y que no se fía de la protección que promete el Estado central y se opone frontalmente a derribar los muros de la ciudad oponiéndose con ello a la voluntad de Richelieu. Proclive a los placeres de los sentidos, como ya se ha subrayado, ve en la acusación una posible vía de redención, pero teme no soportar los tormentos que le esperan. Con una gran dignidad, sufre las torturas, se niega rotundamente a confesar su implicación con el demonio y termina quemado vivo. Espléndida la interpretación de Nicholas Brownlee, un bajo barítono de gran robustez, voz timbrada y caudalosa, de apreciable extensión y que demostró gran credibilidad y compromiso dramático en su encarnación del licencioso sacerdote.

   La amplia distribución de secundarios, de gran importancia, fue espléndidamente cubierta por la Bayerische Staatsoper con muchos cantantes de su ensemble, demostrando su gran solvencia y nivel.  A destacar la tan macabra como grotesca pareja del cirujano Mannoury y el farmacéutico Adam impecablemente asumida en lo vocal y en lo dramático por Jochen Kupfer y Kevin Conners. Sonoro y apropiadamente fanático el bajo Jens Larsen en el papel del exorcista Padre Barré, que pronuncia la tremenda frase que obra como título de esta recensión. Martin Snell fue un compasivo Padre Ambrose, el único que demuestra algo de piedad y compasión, cualidades que deberían ser las principales banderas de la religión católica, hacia el condenado Grandier. La soprano Danae Kontora clavó en lo escénico el papel de la rozagante adolescente Philippe y, además, resolvió las notas agudísimas de la parte, alguna, bien es verdad, un tanto apurada. Tanto Ulrich Res (Padre Mignon), como Andrew Harris (Padre Rangier) y Vincent Wollsteiner (Baron de Laubardemont), expresaron la mezquindad de sus personajes, además de superar las nada fáciles exigencias musicales de sus papeles. Entre las monjas del convento de Santa Úrsula cabe destacar la voz amplia y sonora de Ursula Hesse von der Steinen.

   Gran éxito con doble salida de todo el elenco a saludar.

Fotos: W.Hoesl

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