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Crítica:«Don Fernando, el Emplazado» de Zubiaurre en el Teatro Real de Madrid

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Autor: Raúl Chamorro Mena
18 de mayo de 2021

Vuelven los «clásicos del Real»

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 15-V-2021. Teatro Real. Don Fernando, el Emplazado (Valentín de Zubiaurre). Miren Urbieta Vega (Estrella), José Bros (Don Pedro de Carvajal), Fernando Radó (Don Juan de Carvajal), Damián del Castillo (Rey Fernando IV de Castilla), Gerardo López (Don Rodrigo), Cristina Faus (Violante), Gerardo Bullón (Pregonero), Vicenç Esteve (Paje). Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Dirección musical: José Miguel Pérez Sierra. Versión concierto.

   Durante la dirección artística de Emilio Sagi se instauró un ciclo en la programación del Teatro Real llamado «Clásicos del Real» en el que se pretendían recuperar óperas españolas totalmente olvidadas con ediciones críticas de gran calidad a cargo del Instituto Complutense de Ciencias musicales. De tal forma, entre 2004 y 2006 se ofrecieron en versión concierto Ildegonda y La conquista de Granada de Emilio Arrieta y Elena e Constantino de Ramón Carnicer. Quince años después y recién galardonado con el premio al mejor teatro de ópera en los International Opera Awards 2021, el Real coliseo dando amparo y respuesta al entusiasmo del profesor Emilio Casares Rodicio -absoluta referencia de la musicología española y gran paladín de la ópera Nacional- vuelve a recuperar un título absolutamente postergado de un compositor aún más desconocido que los anteriormente citados, Don Fernando, el emplazado de Valentín de Zubiaurre (Garay 1837-Madrid 1914) con una edición crítica del especialista verdiano Francesco Izzo.

   Después de estrenarse en 1871 en el Teatro Alhambra en lengua española, la ópera de Zubiaurre tuvo acceso, tres años después, al Teatro Real, lo que suponía una pica en Flandes para las óperas españolas, eso sí, con el texto original en italiano. Hay que tener en cuenta que la ópera italiana y la Casa editorial Ricordi ejercían un total monopolio sobre la programación del coliseo de la Plaza de Oriente. La representación en italiano, además de ser el idioma original del libreto de Riccardo Castelvecchio y Ernesto Palermi, permitía la intervención de los grandes divos transalpinos, en este caso de Enrico Tamberlick, tenor emblemático de la época y primer Don Alvaro de La forza del destino en su estreno en San Petersburgo en 1862. El sempiterno problema de la ópera española concurre nuevamente ahora, igual que en la época del estreno, de la misma forma que la estructura musical y dramática de la propia ópera que nos ocupa, lleva a preguntarse hoy, como entonces, si estamos ante una ópera española o más bien italiana.


   Desde luego, la ópera de Zubiaurre es tributaria del melodrama romántico italiano, especialmente Donizetti y el primer Verdi. El cantabile Donizettiano reina en la escritura vocal, los concertantes (dos fabulosos) tienen impronta verdiana y toques de Meyerbeer, también presente en la orquestación y los elementos de Grand Opera con escenas de masas y abundantes números corales. El autor demuestra un solidísimo oficio y profundo conocimiento de las bases del melodrama italiano y la Grand Opera, demostrando si no una especial inspiración melódica, sí una apreciable solvencia en la escritura para la voz dentro de la más genuina ortodoxia del canto italiano, así como un sólido sustrato dramático-teatral. Por tanto, una obra interesante, que gustó mucho al público, y que merece la recuperación, por lo que hay que aplaudir al Teatro Real por ello.

   Aunque el asunto político se asoma tímidamente en forma de denuncia de los abusos de un rey absoluto – Fernando IV (1285-1312), Rey de Castilla desde 1295 hasta su misterioso fallecimiento- la pasión amorosa -en la tradición del melodrama protorromántico italiano-, es el motor de la trama, pues las viles acciones del monarca no tienen otro objetivo y fuerza impulsora que la rivalidad amorosa por la primadonna. En la escena del primer acto con el tenor y el bajo no es difícil evocar la de Fernando y Baldasarre al comienzo de La favorita. El bello Dúo entre Don Pedro y Estrella con la correspondiente despedida nos recuerda el del primer acto Lucia de Lammermoor y el citado personaje del bajo, Don Juan de Carvajal, es primo-hermano del citado Baldassarre y del Padre Guardiano de Forza del destino.


   Como suele suceder con estas versiones en concierto intercaladas en la programación del teatro entre las óperas representadas, el número de ensayos resulta limitado y la interpretación fue en concierto «puro y duro», es decir, todos los intérpretes con la partitura, alguno sin levantar apenas los ojos de la misma y sin interacción alguna entre ellos, con escaso interés por los acentos y ajenos al elemento dramático.

   En el elenco, formado por cantantes españoles, es justo destacar a la soprano donostiarra Miren Urbieta Vega, que en su tercera comparecencia consecutiva en Madrid –después de Las Calatravas y Benamor en el Teatro de la Zarzuela- cimentó su destacada labor en la calidad de su material vocal y la seguridad de su canto. El timbre de soprano lírica con cuerpo, atractivo, esmaltado, homogéneo y de respetable caudal, de Urbieta, con un centro amplio y carnoso y un agudo con más timbre que verdadera punta y squillo, corrió sin dificultad por la sala. Ya en su cavatina pudo apreciarse una línea canora cuidada, de modos siempre elegantes, pero al fraseo -siempre compuesto- le faltó variedad, dinámicas, intención y contrastes. Asimismo, en las partes de mayor empuje se echaron en falta una mayor garra y temperamento.

   José Bros, que ya participó en su día en las recuperaciones de Ildegonda y La Conquista de Granada, ambas de Emilio Arrieta, demostró su clase y dominio del estilo en su regreso al Teatro Real. Ciertamente, la escritura tenoril de Don Pedro de Carvajal le supera por calibre vocal –Tamberlick fue un gran tenor di forza- pero el cantabile de raiz donizettiana no tiene ningún secreto para el experto tenor barcelonés, que impuso su fraseo siempre aquilatado, musicalísimo y de gran rigor estilístico, así como su experiencia e inteligencia para atemperar un registro agudo ya problemático. A pesar de la escasa interacción entre los cantantes, Bros demostró sus muchas noches de teatro lírico acentuando apropiadamente los momentos de mayor temperatura teatral.


   El cantante que acentuó de forma más vehemente, a veces impetuosa, y estuvo atento a la faceta teatral fue el tenor Gerardo López como el intrigante valido real Don Rodrigo con lo que fue capaz de compensar un timbre caprino, realmente poco agraciado. Nadie diría que Damián del Castillo asumía el papel titular y protagónico de la obra, el Rey Fernando IV de Castilla, ya que además, de verse superado totalmente por el papel en el aspecto vocal, demostró escasa personalidad y aún menos los modos patricios y el empaque propio de un monarca absoluto, tiránico, capaz de llevarse por delante a quien haga falta por conseguir su amor por Estrella. La voz corta y justa de caudal, el timbre desguarnecido y los agudos taponados del barítono ubetense resultaron limitaciones insoslayables. Asimismo, su canto, correcto, pero plano y sin intención alguna, tampoco fue capaz de expresar los arrebatos de ira, ni su amor sincero por Estrella, que debe frasearse de manera dolce, con un lirismo que, a pesar de la vileza del personaje, transmita de modo poético su pasión amorosa. Sonoro, pero de emisión gutural y falto de nobleza en su canto, el bajo Fernando Radó como Juan de Carvajal.

   Cristina Faus, por su parte, solventó con profesionalidad su fugaz intervención como Violante, la confidente de la primadonna, personaje habitual en la más genuina tradición del melodrama italiano. Los anuncios de la condena y ejecución de los hermanos Carvajal resultaron apropiadamente rotundos e inquietantes en la voz del barítono Gerardo Bullón

   La limitación de ensayos afectó, por supuesto, al rendimiento del coro, sólo discreto y sin terminar de empastar en sus numerosas intervenciones y de la orquesta - situada en el foso-, que sonó borrosa y bastorra, cuando no, ruidosa, bajo la batuta de trazo grueso, pesante y anodina de José Miguel Pérez Sierra.

Foto: Javier del Real / Teatro Real

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