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Crítica: 'Don Giovanni' en el Teatro Campoamor de Oviedo

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Autor: Aurelio M. Seco

El tercer título de la temporada convence al Campoamor

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 La Voz de Asturias (24/11/09)

DON JUAN HACE VIBRAR A SANTA CECILIA

"Don Giovanni" de Mozart se presentó en el Teatro Campoamor como tercer título de la 62 temporada de ópera de Oviedo, nada menos que el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos, con una producción de escasos recursos pero bien resuelta en escena, una versión musical interesantísima del director asturiano Pablo González y un reparto en el que hubo de todo: algún artista que no tenía que haber cantado, otros que tenían que haber seguido haciéndolo toda la noche y, finalmente, un nutrido grupo que cantó aceptablemente, sin llegar a conquistar. En resumen, una buena noche de ópera que ya se echaba de menos en la ciudad, habida cuenta de los discretos niveles artísticos mostrados en las dos primeras producciones del año. Hay que reconocer que la Asociación tampoco ha tenido mucha suerte; más bien al contrario, se ha visto bastante perjudicada por varias cancelaciones y enfermedades de algunos artistas. Pero si a esto le sumamos unas decisiones artísticas bastante desacertadas e irrespetuosas con el público, todo parecía indicar que estábamos ante una de las peores temporadas de los últimos años, sobre todo tras anunciar por megafonía el mal estado de salud de Felipe Bou, que sin embargo cantó, otra vez y ya van dos, "por respeto al público". Debe tomar nota la asociación del ensordecedor murmullo que generó este anuncio por megafonía. Fue un aviso alto y claro y, hasta cierto punto, un tanto sorprendente, porque en ocasiones parece que el público del Campoamor traga con todo como si no fuese la cosa con él, lo que no beneficia en nada la salud artística de una temporada que, entre los  recortes económicos del ayuntamiento de Oviedo, la escasa ayuda institucional del Principado de Asturias y el Ministerio de Cultura  y la actitud soberbia de una entidad que parece  necesitar más de una persona para enroscar una sola bombilla, están bajando los niveles de calidad  que se ofrecen en la ciudad hasta límites preocupantes.

Lo primero en lo que hay que detenerse es en el trabajo de Pablo González, uno de los mayores talentos musicales que ha dado la historia de nuestra región. Su trabajo fue todo un lujo para la Ópera de Oviedo y la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, que pocas veces sonó de manera tan especial y personal. González ofreció una versión ágil, llena de energía y matices expresivos realmente admirables, cristalina respecto a las texturas mozartianas, pero también concisa y, hasta cierto punto, quizás demasiado contenida de expresión dramática, algo fría. González olvidó el "vibrato" decimonónico y optó por un sonido más plano y veraz desde el punto histórico, y por la concisión estética. Hubo muchos momentos de gran belleza. El final del segundo acto, con la venida de la estatua del Comendador, resultó todo un hallazgo musical, al igual que la manera de acompañar al "Aria del catálogo" y  la conocida "Ho capito" de Masetto. La obertura, por su parte, resultó significativa de esa excesiva opresión estética. En ocasiones, la música no parecía  deleitarse en la profundidad expresiva que podría transmitir, sino que se sentía más bien algo constreñida en un fascinante alarde técnico lleno de claridad, al que no le hubiera venido mal algo de relajación, de disfrute hedonista.  Fue un verdadero placer oír a la OSPA, que sin embargo no pareció dar la sensación de entender del todo el privilegio de tocar bajo la dirección de un artista tan valioso. La sensación fue curiosa, como si la relación no terminase de funcionar, como si no se hubiera dado la debida confianza recíproca que, obligatoriamente, acabará por llegar. Alfred Kirchner concibió una puesta en escena en la que la luz se convirtió en la auténtica protagonista, a falta de más recursos escenográficos. Kirchner restó importancia del todo a la escenografía, siempre en penumbra y poco definida, para fijarse en la fuerza de los personajes. Los pintó con alegres y bonitos figurines, una cierta inconcreción temporal y un movimiento escénico muy dinámico. En general, un resultado acertado, elegante y modesto en el fondo, con algún que otro exceso que no pegaba demasiado con el tono de la historia. El movimiento en escena resultó demasiado nervioso, sobre todo en el primer acto. Bo Skovhus no resultó ser el Don Juan experimentado que todos esperábamos. Más bien resultó un Don Juan excesivamente nervioso, por no decir bastante histérico, que no paraba de ir de un sitio a otro. Esto restó elegancia  y un cierto aire de distinción que parece que al personaje le va bien. Vocalmente suplió sus carencias con recursos, pero hubo momentos solucionados a golpe de diafragma que delataron carencia de medios técnicos y líricos.

El que deleitó al público fue el bajo Simón Orfila, un cantante soberbio que dibujó un Leporello realmente atractivo, simpático en escena y con auténtica personalidad. Orfila es un intérprete de los que hoy no abundan, porque es evidente que le preocupa pronunciar bien y cuidar la proyección y demás aspectos técnicos del canto. El cantante acaparó todas las miradas, por encima de su compañero de reparto, siendo el verdadero protagonista de la noche y un digno seguidor de la escuela del gran Alfredo Kraus. Cinzia Forte interpretó a Donna Anna con seguridad y aplomo en escena. Vocalmente fue algo más allá, y si no logró arrebatar, sí deleitó con fragmentos líricos de gran belleza. Gustó algo menos Lioba Braun en el papel de Doña Elvira, quizás por su timbre de voz. Interpretó al personaje con seguridad, y poco más. Ainhoa Garmendia y Joan Martín-Royo fueron una pareja lírica de gran calidad. Garmendia dibujó una encantadora Zerlina, con una línea de canto galana y dulce que encandiló a Masetto y al público. Martín-Royo estuvo insuperable en escena: gracioso cuando debía, lleno de carácter y actitud dramática cuando tocaba. Su Masetto fue toda una sorpresa por su calidad. Ambos dejaron uno de los momentos más graciosos de la noche, en una escena en la que Zerlina jugaba con su amado, colgado del cuello a la merced de sus encantos. También resultó toda una sorpresa el gran nivel lírico de Antonio Lozano, cuyo Ottavio llegó a emocionar en más de una ocasión, por su notable y emotivo gusto interpretativo. Por descontado, gran trabajo de Alejandro Marías y Aarón Zapico en el acompañamiento de los recitativos, y buena participación del Coro de la Ópera, una vez más.

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