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Crítica: Gala Edita Gruberova en Múnich bajo la dirección de Marco Armiliato

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8 de julio de 2018

Gracias Edita

   Por Raúl Chamorro Mena
Munich, 3-VII-2018, Teatro Nacional-Opera Estatal de Baviera. GALA EDITA GRUBEROVA conmemorativa de los 50 años de carrera. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Giuseppe Verdi, Vincenzo Bellini, Richard Wagner y Johann Strauss, hijo. Orquesta de la Opera Estatal de Baviera. Director: Marco Armiliato. 

   ¿Cuántos divos o pretendidos divos de la actualidad llegaran a celebrar 50 años sobre los escenarios? Me temo que más bien, ninguno, dados los parámetros por los que discurre la actualidad lírica. Cantantes de quita y pon, que aparecen y desaparecen. La técnica cada vez importa menos y cede ante otros elementos que poco tienen que ver con el canto: la apostura física, la belleza, la juventud (hay que dar bien en los primeros planos de la ópera en cine), la expresividad mal entendida como un mantra que todo lo justifica y la proscripción del virtuosismo vocal. Efectivamente, los personajes operísticos tienen un calado expresivo, una carga dramática, pero nunca y sobre todo en determinados repertorios, debe imponerse a los mínimos rudimentos canoros a los mínimos requerimientos técnicos que ha de dominar un cantante. ¿Qué es eso de arrumbar el canto de coloratura? ¿Qué es eso de proscribir el virtuosismo porque sí? No, oigan, no, un amante del canto ha de apreciarlo en lo que vale. Por supuesto, que si tienes los papeles técnicos en regla y dominas los resortes del canto y, además, tienes un acusado talento dramático (como ocurría en el caso de Maria Callas) pues la repanocha. Es como jugar al mus y encima, ganar, pero dejar de lado la técnica, la colocación, la flexibilidad, el control de la respiración y de la columna de aire, la fusión de registros, el canto legato, la regulación de intensidades, la coloratura…,  porque soy actriz y tengo tipazo… dedíquese a hacer “Fuenteovejuna” o “Casa de muñecas”, o bien a pases de modelos, pero no a cantar.

   Si hablamos de técnica superlativa, de fénomeno vocal deslumbrante, el nombre y la trayectoria de Edita Gruberova surge de inmediato en nuestra mente. Una soprano que debutó en 1968, que ha transitado por un repertorio en el que la ductilidad, la coloratura y el dominio del agudo y el sobreagudo son fundamentales, manteniendo sus cualidades tantísimos años de manera compatible con la natural evolución de la voz. 50 años de carrera en su cuerda y dentro del repertorio belcantista, casi nada. El Festival de Munich en que que tantas veces ha triunfado, un teatro que es una de sus plazas fuertes, ofrecía esta gala en celebración de medio siglo de carrera a una Gruberova ya septuagenaria, pero aún dueña de buena parte de sus cualidades artísticas. La decadencia es lógica y más si se compara con ella misma y el programa del concierto, aunque encerraba gran dificultad, ya no fue, aparantemente, de aquellos “sin red” que prodigaba una soprano siempre abonada al “más difícil todavía”, pero cuando se decae de tan alto, el nivel es aún considerable y el faro gruberoviano resplandece cada día más en esta “edad de hojalata del canto” que nos toca vivir.

   Desde el primer momento, ahí está la impecable colocación que le permite situar su sonido en el centro de la sala, algo que parecería un mínimo exigible, un rudimento imprescindible para subirse a un escenario, pero que hoy día carecen muchos de los supuestos divos que vemos en los teatros cotidianamente, que no tienen ni siquiera la voz bien colocada. La primera parte del concierto estuvo dedicada íntegramente a Mozart con tres grandes arias precedidas por las correspondientes oberturas de cada título. El “Traurigkeit” de la Konstanze de El rapto en el serrallo, uno de sus papeles indiscutibles, encontró a la diva aún fría, algo dura y con algún sonido fijo y calante, pero ya puso de relieve otra de sus grandes cualidades y que se mantiene perenne: el total control de la respiración, la magistral dosificación del aliento. El “Non mi dir” de la Donna Anna de Don Giovanni fue perfectamente homologable con lo que ha sido una de sus referencias. Emisión firme, sin asomo de oscilaciòn, legato de alta escuela y una coloratura en el allegro final propia de fuori classe. En punta terminó la primera parte la Gruberova con un aria de tan extrema dificultad como es “D’Oreste d’Ajace” que canta Elettra en Idomeneo. Resulta insólito como una soprano tan veterana puede afrontar esta pieza tan intrincada con ese arrojo, con esos acentos vibrantes en “ceraste, serpenti”, reproduciendo perfectamente la ira y agitación del personaje con la guinda final de esas cuasisimposibles escalas descendentes que emulan una risa sardónica y que la eslovaca reprodujo de manera deslumbrante y con lo que compensó sobradamente unos sonidos un tanto broncos en una franja grave ya totalmente inexistente. Marco Armiliato demostró su escasa afinidad con el repertorio mozartiano en una discreta y muy poco inspirada intepretación de las tres oberturas de las óperas citadas en las que se pudo disfrutar, eso sí, del buen sonido de la orquesta. Indudablemente, demostró su acreditada complicidad como acompañante durante todo el evento. Más en su terreno en la segunda parte, Armiliato condujo con eficacia el preludio del acto tercero de La traviata y todo el acto desde “Teneste la promessa… Addio del passato” al final de la ópera. La Violetta de Gruberova resultó  un tantito sobreactuada, sí,  y penalizada por un centro sordo, hueco, pero dominadora en las largas frases legato del aria referida, del dúo “Parigi o cara” y del terceto “Prendi: quest’é l’imagine”, además de escanciar aquí y allá otra de sus capacidades marca de la casa: la maestría para regular el sonido. Colaboraron con la diva, el tenor natural de Turkmenistán y miembro del ensemble de la Opera de Hamburgo, Doviet Nurgeldiyev de timbre grato y correctísimo canto, como Alfredo Germont, un engolado y zafio Boris Prygl como Giorgio Germont y una cumplidora Alyona Abramowa como Annina.

   Vehemente fue la obertura de Norma que dio paso a la escena final de Amina en La sonnambula, sin el recitativo, pero con el aria “Ah non credea mirarti” y la cabaletta subsiguiente con las dos estrofas “Ah non giunge uman pensiero”. Uno tiene que volver a subrayar lo insólito que resulta escuchar a una soprano después de 50 años de carrera y con 71 y medio de edad abordar una parte que corresponde habitualmente a cantantes jóvenes. A pesar de algún sonido blanquecino, hay que destacar los reguladores y la capacidad para sostener las larguísimas frases bellinianas en el cantabile. Realmente deslumbrante y muy reveladora fue la exhibición de coloratura aérea de la cabaletta, que encarna la catarsis del personaje con la que libera toda la tensión en el momento que recuperar la felicidad. En una ópera actual en que encontramos sopranos ligeras y lírico-ligeras con coloratura paupérrima y sin sobreagudo, pero se nos dice “es musicalita y muy mona, además la coloratura es circo” (¡Pásmense!), tiene que venir una veterana diva a demostrar lo que es la coloratura de alta escuela, la propia de una fuoriclasse. Aunque se había mostrado hasta el momento precavida en los ascensos, llegaron también los  viajes al sobreagudo, con un punto de acritud si se quiere, pero timbradísimos y penetrantes, que dieron lugar a una ovación estruendosa con el público del Teatro Nacional de Munich puesto en pie y la aparición de pancartas, vítores, gritos de “Brava” y “Gracias Edita”… Entre el final del programa oficial y la última salida a saludar de la Gruberova transcurrieron unos 45 minutos de ovaciones, incluidas dos propinas. La primera, sorprendente, aunque es una pieza que está incluyendo últimamente en sus recitales, el aria de salida de Elisabeth “Dich teure halle” del Tannhäuser Wagneriano. Y de alta factura fue la interpretación, intensa, entregada, con una envidiable proyección, sin problemas para traspasar la orquestación Wagneriana. La segunda propina fue todo un clásico de la Gruberova, una encore habitual en sus conciertos (también lo ha sido el segundo aria del personaje). Se trata de “Mein Herr Marquis” o “Aria de la carcajada” de la Adele de “El Murciélago” de Johann Strauss hijo, otro de los personajes en que ha dejado una referencia insuperable. Una Gruberova hilarante, con esa vis cómica tan personal y con miembros de la orquesta haciéndole la parte del coro, volvió a demostrar que nadie ha realizado ni realizará como ella esa fusión notas picadas-carcajadas de la pieza.  

   Llegado a este punto, el lector me permitirá que exprese la emoción personal que sentí durante el concierto-celebración de una de mis cantantes favoritas de siempre. Sea o no la última vez que vea a Edita Gruberova sobre un escenario –en cualquier caso y por ley de vida no pueden quedar muchas-, yo también me uno con todo mi corazón y en recuerdo de tantas noches de ópera memorables, al grito “¡¡¡Gracias Edita!!!”.

Autor:Raúl Chamorro Mena
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