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Crítica: 'El caso Makropulos' de Janacek en en la Deutsche Oper de Berlín, bajo la dirección de Donald Runnicles

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Autor: Raúl Chamorro Mena
22 de febrero de 2016

LA VIDA NO DEBERÍA DURAR TANTO

Por Raúl Chamorro Mena
Berlin. 19/II/16 Deutsche Oper. VÊC MAKROPULOS -EL CASO MAKROPULOS (Leos Janacek). Evelyn Hertlizius (Emilia Marty), Ladislav Elgr (Albert Gregor), Derek Welton (Barón Jaroslav Prus), Jana Kurucovà (Krista), Seth Carico (Doktor Kolenaty), Robert Gambill (Hauk-Sendorf) Paul Kaufmann (Vitek). Dirección musical: Donald Runnicles. Dirección de escena: David Hermann

 “¡Qué espantosa soledad!” exclama en un aranque de inmensa humanidad Elina Makropulos en la maravillosa escena final de esta magistral ópera, última creación para el teatro del genial compositor checo Leos Janacek. Efectivamente, a sus 337 años de edad, la protagonista se encuentra -y se siente- absolutamente sola. Ha vivido todos esos años y manteniendo, además, su juventud inmarchitable, por lo que ha visto envejecer y morir a todos los seres que han pasado por su vida.

   Dos iniciales E. M., como reflejaba el telón en el inicio de la ópera, permanecen inalterables en las distintas manifesciones de su larga existencia. Elina Makropulos, Ellian MacGregor, Ekaterina Mishkyn, Eugenia Montez, Elsa Müller… y esta Emilia Marty, diva de ópera, que irrumpe fascinante y enigmática en el despacho del abogado Kolenaty al principio de la ópera. Estamos en Praga 1922 y un pleito hereditario se alarga por casi un siglo. Dos familias enfrentadas, los Prus y los Gregor. Esta mujer conoce la clave que resolverá el pleito, pero lo que a ella en realidad le interesa es recuperar la fórmula que su padre Hieronymus Makropulos, alguimista y médico personal del Emperador Rodolfo II creó a órdenes de éste, con el objetivo de alcanzar la vida y juventud eternas. Eso sí, se vió obligado a probarlo en su hija Elina.

   Ya ha vivido más de 300 años y el efecto se agota, está envejeciendo y debe recuperar la fórmula que entregó al hombre que más profundamente amó durante sus tres siglos de vida, el Barón Josef Ferdinand Prus (al que llama cariñosamente Pepi) y con el que engendró un hijo ilegítimo del que es ahora heredero Albert Gregor que se enamora locamente de la que es su antepasada directa. Al morir el barón sin descendencia conocida, el pleito se alarga sin posible solución hasta que aparece la extraordinaria Emilia Marty y afirma tener pruebas de que Prus engendró un hijo ilegítimo con Ellian MacGregor (una de sus indentidades un siglo atrás).

   Tan fascinante y complejo personaje, que exige una actriz cantante, no pudo tener mejor intérprete en esta nueva producción que se entrenaba en la Deutsche Oper Berlinesa, que la soprano alemana Evelyn Hertlizius, un auténtico “animal de escena”. Apoyada en su inagotable talento dramático y camaleonismo escénico puso de relieve todos los pliegues, matices y abundantes elementos psicológicos y emocionales del personaje. La diva seductora, inquietante y plena de magnetismo, que irrumpe en el despacho del abogado en el primer acto. La mujer cínica, fría y manipuladora que ofrece al descendiente del Barón Prus una noche de sexo a cambio del sobre que contiene la fórmula. La misma que provoca el suicidio del hijo de éste, incapaz de asumir su rechazo, además de hechizar a su propio descendiente Albert Gregor. Finalmente, surge con toda su fuerza la gran vulnerabilidad y humanidad de este personaje, que a pesar de recuperar la fórmula mágica, renuncia a utilizarla y fallece en una escena final digna de figurar entre las más memorables de la historia de la ópera. No quiere vivir más, porque esa longevidad de que ha disfrutado le ha garantizado la infelicidad, la desolación, el hastío y la desgracia. A un despliegue e intensidad dramática de tal magnitud sumó Hertlizius su habitual sonido potentísimo, pletórico de metal y expansión tímbrica, así como el dominio del canto conversacional no exento de momentos líricos y puntuales ascensos al agudo, que caracteriza su parte, Una fabulosa interpretación premiada con el público con atronadoras ovaciones.

   Más flojo resultó el resto del reparto, que como ya se ha indicado, se enfrenta a un recitado dramático continuo, empezando por un engolado Ladislav Elgr como Albert Gregor, cuyos ascensos a la zona alta resultaron un suplicio, continuando por un apagado Derek Welton como Jaroslav Prus y el veterano y destartalado Robert Gambill como Hauk Sendorf en una caracterización demasiado caricaturesca del estupendo personaje, que quizás sea el único pequeño lunar de la producción. Mucho mejor Jana Kurucová, de timbre pleno y redondo, como la joven cantante Krista, que venera a Emilia Marty y a quién ésta entrega el pergamino con la fórmula por si quiere ser eternamente joven, pero, inteligentemente, la rechaza.

   Impecable, de una factura musical superlativa, la dirección de Donald Runnicles, titular de la casa, al frente de una orquesta a nivel óptimo. Se pudo escuchar en todo su esplendor, atención al detalle y con plena transparencia todo el entramado musical creado por Janacek siempre al servicio del drama. Una orquestación elaboradísima y compleja que fluyó con un refinamiento, pulimiento y claridad en los planos sonoros y texturas orquestales sobresalientes.

   Esta gran interpretación musical se integró perfectamente con la magnífica producción de David Hermann, que sustentada en una artista de la categoría de la Hertlizius y una trabajada dirección escénica permitió al público seguir con gran interés la intriga argumental expuesta con nitidez, progresión y tintes de filiación cinematográfica. Una buena idea la división del escenario en el primer acto en dos planos, uno de ellos en la época del libreto y el otro 100 años antes cuando se desarrollan los hechos que dan lugar al pleito y con los personajes doblados por figurantes. Asimismo, resultó impactante el final del acto segundo con Emilia Marty saliendo del escenario en una especia de marcha solemne llevando detrás sus otras manifestaciones de su larga vida, las mismas que en el final de la obra engullen el pergamino con la fórmula de la vida eterna.

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