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CRÍTICA: "L'ELISIR D'AMORE" DE DONIZETTI EN EL TEATRO CAMPOAMOR DE OVIEDO

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16 de diciembre de 2010
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La Voz de Asturias (Martes, 14/12/10)

UN SOPLO DE "ELIXIR" FRESCO

Después del discreto resultado escénico del "Trovatore" y la inquietante oscuridad de "Katia Kabanova" , "El elixir de amor" de Donizetti ha resultado ser un verdadero elixir para los sentidos. Estéticamente la producción resultó atractiva, aunque es una pena que hubiera un solo decorado para toda la ópera. La versión de Daniel Slater también pecó de alguna inconsistencia que otra: es dudoso que un camarero italiano de mediados del siglo XX no sepa firmar más que haciendo una cruz, como lo hace Nemorino, que en la obra original no es camarero sino un ingenuo aldeano de principios del siglo XIX. Esta traslación restó cierto encanto a la historia. Tampoco encaja con facilidad el hecho de que unos clientes de una terraza de un hotel se puedan sentir a gusto cuando Dulcamara les llama pueblerinos, queriendo referirse a un grupo de campesinos decimonónicos, que fue lo que escribió en su día el libretista.  Slater también añade algún detalle propio, que a veces aportó sabor local, al realizar Ismael Jordi el movimiento del escanciado; e incluso el toque erudito: cuando se menciona la historia de Tristán e Isolda que inspira a los protagonistas el embrollo del elixir, se pudo oír el famoso acorde de Tristán , un recurso wagneriano escrito más de 20 años después de la ópera de Donizetti. Con todo, la producción destiló frescura y buen hacer, y rodeó la historia de un montón de movimientos escénicos inteligentemente pensados y desarrollados, que resultaron agradables de ver. La versión musical estuvo a cargo de José Miguel Pérez Sierra, un joven director de talento que está haciendo buena parte de su carrera en Oviedo. En su manera de dirigir hay un aspecto positivo que además le define muy bien como director: su energía gestual, que consiguió mover a la Oviedo Filarmonía con auténtica fruición, obteniendo una sonoridad contundente, aunque en ocasiones excesiva y, otras, algo descuidada.

Sierra se preocupó de dotar a la ópera de un cuerpo sonoro realmente expresivo, pero pareció perder la perspectiva del buen acompañar a los cantantes, de respirar con ellos y no para ellos. Por momentos la orquesta seguía su propio camino, mientras en el escenario coro e intérpretes se acomodaban a la visión del director, que no estuvo mal, pero que también podría haber hecho gala de un mayor control, flexibilidad y refinamiento estilístico. Los actores Del reparto sobresalió el trabajo de Giorgio Surian. Su participación resultó tan brillante que logró dejar en un segundo plano a sus compañeros. Su Dulcamara fue de primera, lleno de registros, vocales y escénicos. Surian hizo un trabajo a la altura de los mejores repartos del mundo, cosa que no se puede decir de sus compañeros que, habiendo realizado un gran esfuerzo, ni estuvieron ni están a esa altura. Ismael Jordi fue incluso más aplaudido que Surian. Su interpretación de la famosa Furtiva lagrima resultó atractiva. Sin tener una gran voz de tenor, Jordi demostró que se puede emocionar con una actuación decorosa que, sin duda, está al mayor nivel que él podía dar. El tenor también hizo las delicias del público en escena, gracias a un talento cómico que se convirtió en otro de los alicientes de la velada. Un tanto sorprendentemente, Patrizia Ciofi, quizás el mayor nombre de los principales, ofreció una versión menos brillante de lo que cabría esperar. Ciofi es una artista de gran trayectoria, pero sus cualidades líricas no parecen casar del todo con la fresca y pizpireta Adina. Como no puede ser de otra forma, su trabajo estuvo a una gran altura, pero sin lograr hacerse del todo con el papel, ni vocal ni escénicamente. Cuando Rodion Pogossov salió a escena parecía que iba a ser de lo mejor, por sus evidentes virtudes cómicas, pero cuando empezó a cantar ya no fue lo mismo. Su interpretación de Belcore resultó convincente. Marta Ubieta fue una más que correcta Giannetta. Otra vez, el Coro de la Ópera de Oviedo se convirtió en uno de los protagonistas de la función, no sólo por un volumen vocal realmente llamativo, sino por unas cualidades escénicas que resultaron todo un placer.

Autor:Aurelio M. Seco
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