Crítica de Raúl Chamorro Mena de El gitano por amor en el Teatro de la Zarzuela de Madrid
Foto: Javier del Real / Teatro de la Zarzuela
Bel canto italiano a la española
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 22-IV-2026, Teatro de la Zarzuela. El gitano por amor (Música y libreto de Manuel García). Sabina Puértolas (Rosita), María José Moreno (Inés), Juan Antonio Sanabria (Hernando), Javier Povedano (Baldaquín), Pietro Spagnoli (Marqués del Pino), Begoña Gómez (Laura), Jose Ángel Florido (Manolo), Emilio Sánchez (Corregidor). Coro y Orquesta de la Comunidad de Madrid, titulares del Teatro de la Zarzuela. Director musical: Carlos Aragón. Director de escena: Emilio Sagi.
Manuel García (Sevilla 1775, París 1832) es una figura importantísima en la música española y en la lírica del primer tercio del siglo XIX, lo cual tuvo continuidad a lo largo del siglo gracias a sus vástagos. Dos de las más emblemáticas prime donne de la época, María Malibrán y Pauline Viardot, así como el inventor del laringoscopio y autor del primer gran tratado de canto de la historia, Manuel Patricio García.
El patriarca, Manuel del Pópulo Vicente García, fue un gran tenor, cuya condición de primer Almaviva en el estreno de El Barbero de Sevilla (1816) le aseguró la gloria eterna. También fue un destacado profesor de canto, empresario y aventurero con tribulaciones en México y Estados Unidos dignas de una serie televisiva con varias temporadas e indudable éxito. Sin embargo, él tuvo siempre la espina clavada de no alcanzar la gloria como compositor de numerosas piezas líricas, pero la sombra de Rossini era muy alargada, tanto, que como escribió Stendhal, su único límite era la civilización.
Foto: Elena del Real / Teatro de la Zarzuela
Compuesta en 1829, pero, al parecer, nunca estrenada, El gitano por amor es una ópera buffa basada en la novela ejemplar La gitanilla de Cervantes, sobre libreto en español del propio compositor. En esta comedia de enredos, equívocos y disfraces García muestra su gran oficio y dominio de la escritura belcantista italiana, integrada con los ritmos españoles, principalmente el bolero, y el exotismo que aporta el campamento y grupo de personajes de raza gitana. La música atesora encanto y mucho oficio e incluso la inspiración aflora en algunos números, fundamentalmente encuadrados en el segundo acto, pues, bien es verdad, el primero con sus 85 minutos de duración se hace largo.
En 2024, en una muy meritoria labor recuperadora, Ópera estudio de Málaga con la dirección artística del gran barítono Carlos Álvarez, rescató este gitano por amor, que después de su paso por Oviedo ha llegado al Teatro de la Zarzuela de Madrid.
La protagonista Rosita es un papel muy exigente y extenso, pues su presencia sobre el escenario es constante. Se trata de una escritura más bien central y que demanda también una franja grave bien guarnecida. La soprano Sabina Puértolas, de manera inteligente, se lo llevó a su terreno de soprano lírico-ligera con numerosas variaciones y adornos, como está mandado en el bel canto, y el añadido de notas agudas y sobreagudas. La Puértolas caracterizó a la gitana con un desparpajo algo empalagoso y no exento de amaneramientos. En lo vocal, lució su habitual emisión retrasada y algo temblona, pero cantó con gusto y estilo belcantista. En su estupenda escena final de gran exhibición virtuosística emitió algún sobreagudo de factura y coloratura aceptable, que luciría más, claro, si el sonido estuviera liberado. Fue muy aplaudida al terminar dicho pasaje de lucimiento, pero la soprano navarro-aragonesa no esperó a que la ovación se consolidara para salirse del personaje y colocarse en el centro del escenario a saludar cual divona los aplausos del público con indisimuladas ganas por dar el bis. Afortunadamente, no se produjo, pues no estaba justificado, pero, seguramente en alguna de sus siguientes funciones caiga el bis.
Foto: Elena del Real / Teatro de la Zarzuela
Manuel García escribió el papel del tenor, Hernando, para sí mismo, un baritenore ya declinante. Juan Antonio Sanabria compensó con su implicación escénica un timbre pobretón y blanquecino, coloratura muy problemática y abundantes sonidos estrangulados y forzados fruto de una técnica sucinta.
Hubo que esperar al segundo acto para que la soprano María José Moreno nos mostrara lo que es una voz liberada, impecablemente proyectada y apoyada sobre el aire. El timbre se mantiene fresquísimo, lozano, con la belleza y luminosidad de siempre y la delicadeza y elegancia de su canto engalanó la sala desde su cavatina “Amor piadoso”. La coloratura de la Moreno, toda fuera, también fue un bálsamo y un ejemplo, frente a la gutural y aspirada del resto del elenco. Realmente incomprensible la escasa presencia en los escenarios de María José Moreno y que se le atribuyan papeles de escaso fuste, del que la Berta de El Barbero que le ha ofrecido del Teatro Real para la próxima temporada constituye en un ejemplo particularmente indignante.
Engolado y con una pronunciación extrañísima, pero de adecuada y desenvuelta comicidad, resultó el Baldaquín de Javier Povedano.
Pietro Spagnoli, como el Marqués, demostró sus tablas y dominio del lenguaje buffo, particularmente en los recitativos, y resolvió apropiadamente uno de los números más destacados de la obra, el aria buffa del segundo acto “¿Dónde está?”.
Cumplieron Begoña Gómez y José Ángel Florido, mientras el veterano Emilio Sánchez aprovechó con su acentos y experiencia las pocas frases del corregidor.
Más allá de los constantes desajustes, no sonó mal la orquesta de la Comunidad de Madrid y, aunque acompañó aceptablemente a los cantantes, es difícil encontrar una dirección musical más anónima e impersonal, en su plana y anodina pulcritud sonora, que la de Carlos Aragón.
Foto: Elena del Real / Teatro de la Zarzuela
La puesta en escena de Emilio Sagi no traicionó su sello sempiterno de elegancia y distinción. Quizás el estrechamiento del escenario y las apiñadas sillas afectaron algo el dinamismo que debe atesorar el movimiento escénico en una ópera buffa. La escenografía de Daniel Bianco, en tonos rojos y blancos, resultó grata a la vista con un fondo lleno de flores formadas por las enaguas de los trajes de gitana. Espléndido el vestuario de Jesús Ruiz.
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