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Crítica: La Filarmónica de Nueva York interpreta 'El Mesías' de Haendel

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
21 de diciembre de 2016

MESÍAS BRILLANTE DE TEXTURAS ÁGILES

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. David Geffen Hall. 13/XII/2016. Temporada de abono de la Orquesta Filarmónica de Nueva York (NYPO). Christina Landshamer, soprano; SashaCooke, mezzo-soprano; Matthew Polenzani, tenor; John Relyea, bajo. Concert Chorale of New York dirigido por James Bagwell. Director musical: Alan Gilbert. El Mesías de Georg Friedrich Haendel.

   Llega la Navidad, llega el Mesías. Una tradición que permite en estos días poder asistir a interpretaciones de la obra inmortal del compositor sajón por prácticamente todo el mundo. Al menos seis agrupaciones distintas la programan estos días en la ciudad de los rascacielos. La Orquesta Filarmónica de Nueva York participa de esta tradición casi desde sus orígenes, aunque se ha incrementado mucho en los últimos años. Desde el año 2002, se ha dado anualmente sin interrupción con cuatro o cinco conciertos en cada ocasión que acostumbran a poner el cartel de “sold-out”. Es curioso comprobar que con tantas ocasiones en que se ha dado la obra, Alan Gilbert solo la había dirigido en una ocasión. Fue en 2004, cinco años antes de comenzar su titularidad.

   Quizás por ello, y al ser ésta su última temporada al frente de la orquesta, ha querido volver a subirse al podio. Para la ocasión, se ha rodeado de un Coro de muy buen nivel como el Concert Chorale of New York, y un cuarteto vocal de campanillas que como luego veremos ha tenido luces y sombras.

   Alan Gilbert redujo la orquesta a la mínima expresión. Los solistas que pide la partitura – dos oboes, dos trompetas, un fagot y timbales -, el bajo continuo – clave y órgano a los que se sumaban cuando lo pide la partitura el solista de violonchelo, el fagot o la trompeta- y veinticuatro instrumentos de cuerda – ocho primeros violines, seis segundos, cuatro violas, cuatro violonchelos y dos contrabajos -. Aunque es evidente que el barroco no es el fuerte del Sr. Gilbert, planteó una versión ágil, de gran musicalidad y claridad, muy bien concertada y destacando sobre todo las partes más bondadosas de la obra. La interpretación siguió criterios historicistas si bien la brillantez de los instrumentos modernos fue una baza a favor. Los tempi fueron vivos en líneas generales salvo alguno concreto más amplio como el del coral “His name shall be called Wonderful, Counsellor” o el final “Worthy is the Lamb”.

   De entre todos los coros profesionales, semiprofesionales o amateurs que en estos días preparan esta obra, la elección del Concert Chorale of New York dirigido por James Bagwell resultó acertada. Con voces transparentes y bien empastadas fue evidente el trabajo previo y su conocimiento de la partitura. Fueron ovacionados con calor al terminar el concierto.

   La soprano alemana Christina Landshamer fraseó con intención y cantó con gusto, aunque su voz, bien emitida y con cierto atractivo, tiene un volumen muy justo, brillando más en el agudo que en un centro escaso o en un grave desguarnecido.

   A la mezzo Sasha Cooke le sobra lo que le falta a Landshamer y le falta lo que le sobra. Su voz es de más volumen con un timbre atractivo, y tanto el registro superior como el inferior son de calidad, pero con este material mejoraría mucho sus prestaciones si buscara más intención en el canto que evitase la sensación de cierta monotonía que desprende.

   El tenor Matthew Polenzani fue la voz de más calidad de la noche. Lírico ligero de timbre atractiva, aseada técnica, una dicción perfecta y un adecuado estilo belcantista, estuvo enérgico en su papel y evitó esa sensación almibarada que en bastantes ocasiones transmite más de lo deseable.

   El barítono canadiense John Relyea es uno de los casos cada vez más numerosos y que suelen abundar en las voces graves, en que una sonoridad imponente esconde carencias básicas en la forma de cantar. Con un registro grave enteramente desguarnecido y el agudo engolado, un timbre que no es atractivo y una emisión nada homogénea, su interpretación fue decepcionante. Con este tipo de emisión, fue difícil entenderle a pesar de cantar en su lengua materna. Cantando siempre en forte, no hubo variedad en el fraseo aunque su gran volumen fue efectivo a la hora de recibir ovaciones.

   En la interpretación global surgió un problema añadido. El utilizar una orquesta tan pequeña en un recinto tan grande como el David Geffen Hall hace que se pierda parte del elemento grandioso de este tipo de oratorios. El balance entre secciones se convierte en una pesadilla en los números corales. Alan Gilbert lo solucionó en la primera parte colocando a las trompetas fuera del escenario y dejando abierta la puerta de acceso al mismo. Pero en la segunda el problema se agudizó y por ejemplo, en el Aleluya, solo se oía al coro y a las trompetas.

   Comentar también que la práctica totalidad del público se puso de pie para oír el Aleluya. Según se puede leer en el programa de mano, es una tradición, desconocida hasta la fecha para mí, que viene del S XVIII y hay diversas versiones sobre el origen de la misma. Nunca lo había visto, ni siquiera en Dublín, ciudad donde se estrenó la obra en 1742. Personalmente creo que es un elemento de distracción en uno de los momentos cumbres de la obra, pero como todo el mundo a mi alrededor se levantó, hice lo propio no fuera a ser que pensaran que quedarse sentado era una falta de respeto.

   El público aplaudió con fuerza a todos los intérpretes y se fue satisfecho de haber cumplido con la tradición anual.

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