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Crítica: «El Rey que rabió» de Chapí en el Teatro de la Zarzuela

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Autor: Raúl Chamorro Mena
12 de junio de 2021

El cuento del Rey entre bellos cuadros

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 10-VI-2021, Teatro de la Zarzuela. El rey que rabió (Ruperto Chapí). Jorge Rodríguez Norton (El Rey), Sofía Esparza (Rosa), Rubén Amoretti (El General), José Manuel Zapata (Jeremías), Alberto Frías (El Capitán), Carlos Cosías (El Almirante), Igor Peral (El intendente), José Julián Frontal (El gobernador), Pep Molina (El Alcalde), Ruth González (El paje), María José Suárez (María). Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Iván López Reynoso. Dirección de escena: Bárbara Lluch.

   Zarzuela grande, ópera cómica, opereta… en cualquier caso, El Rey que rabió es una de las creaciones más significativas de Ruperto Chapí, uno de los grandes compositores españoles y pilar del género lírico nacional. El «xiquet de Villena» es capaz de asumir influencias de la opereta, especialmente la francesa, pero también la vienesa, manteniendo el carácter español, sin el recurso de melodías populares genuinas y con una depurada orquestación plantear en clave cómica, pero con mucho calado y trasfondo, una sátira de los poderes fácticos o estamentos más importantes de la sociedad, empezando por la monarquía, continuando por los gobernantes y los políticos en general, el ejército, hasta llegar a la medicina, convenientemente parodiada en el genial coro de doctores del tercer acto, perfecta sátira de los médicos fatuos y pagados de sí mismos que nunca se ponen de acuerdo más allá de diagnósticos o situaciones muy evidentes. Por tanto: «El perro está rabioso… o no lo está». El soberano vive feliz y despreocupado porque sus gobernantes le hacen creer que su pueblo vive holgadamente y en plena dicha, cuando la situación es justamente la contraria. Él reina, pero ellos gobiernan y lo solucionan todo con dinero, por lo que el viaje del Rey de incógnito les llena de zozobra. Eso sí, cualquier cosa antes que dimitir -no puede ser más actual y cotidiano- como queda claro en el genial cuarteto de la dimisión a ritmo de polca. 

   Un lugar y tiempo indefinidos son la mejor manera de evitar censuras o polémicas cainitas, aunque la obra, además de en otras creaciones líricas europeas anteriores con Monarcas o Dioses, que vestidos de criaturas humildes, se lanzan a deambular entre el pueblo llano, tiene un cercano antecedente real, nunca mejor dicho, en la España de 1891, año en que se estrena la obra, como eran los paseos de incógnito que se daba por Madrid el Rey Alfonso XII, que reinó entre 1874 y 1885. El Rey de Chapí y sus libretistas Miguel Ramos Carrión y Vital Aza, que pasa por ser pastor y recluta, no logrará arreglar los problemas de gobernanza y bienestar de sus súbditos, pero sí encontrará el amor verdadero, de alguién que no se acerca a él por lo que representa. 


   Bárbara Lluch en su puesta en escena ha preferido subrayar el carácter de fábula o cuento de la trama –incluso algunos personajes nos recuerdan con su rabito a las típicas ratitas y gatos de algunos de los más famosos, mientras el General porta orejas de asno-, en lugar de profundizar en toda esa parodia y consiguiente crítica que subyace en la misma. El montaje -apoyado en una bella escenografía de Juan Guillermo Nova asistido por Carmen Castañón, un colorista vestuario de Clara Peluffo Valentini y una estupenda iluminación de Vinicio Cheli- crea vistosos cuadros, bonitas pinturas, bellas postales, que delimita el marco que rodea el escenario. El movimiento escénico resulta lo suficientemente dinámico para que pueda seguirse la trama de forma amena y con una sonrisa en los labios, aunque el montaje no pueda librarse de cierto aroma de superficialidad 

   El papel del Rey está destinado a una soprano in travesti o un tenor. Las tres últimas veces que se ha representado El rey que rabió en el Teatro de la Zarzuela, -años 1997, 2007 y 2008 presenciadas todas ellas por el que firma- se optó por un tenor como soberano, al igual que en esta producción. Jorge Rodríguez Norton ha completado una interpretación correcta, irreprochable, tanto en lo vocal como en lo interpretativo, en una creación que resaltó apropiadamente el carácter nonchalance del soberano protagonista, pero a la que faltó un punto de ironía. Su timbre resulta agradable, pero anónimo, escasamente rico en cuanto a color, brillo y punta, aunque corre con suficiencia por el teatro y el canto es correcto, sin fantasía, pero compuesto, como así pudo comprobarse en sus couplets a dos estrofas –típicos de ópera cómica- de salida y en su bella romanza «Intranquilo estoy» del último acto. La jovencísima Sofía Esparza no pudo resultar más ajustada en escena a su papel de lozana, bellísima y aparantemente inocente aldeana y digo, aparentemente, porque nada más ver al Rey vestido de pastor se enamora y toma total iniciativa para hacer efectiva esa pasión. Timbre rozagante, por descontando, el que lució la soprano navarra, aunque el margen de mejora es grande en cuanto a afianzamiento técnico y aquilatamiento del fraseo. Frescura y encanto demostró en la mazurca de los segadores, además de cantar con corrección su gran romanza «Mi tío se figura», aunque la resolución de la pieza fue más bien discreta. Dueño de la escena en lo interpretativo y siempre sonoro e intencionado en su canto, Rubén Amoretti como el General, que destacó claramente entre los ministros del Reino, todos ellos sin nombre propio, al igual que el Rey, frente a un consumido vocalmente José Julián Frontal, un discreto Carlos Cosías y un anónimo Igor Peral. El ahora showman José Manuel Zapata ha podido volver, siquiera temporalmente, a su cuerda originaria en un papel para tenor cómico. Si vocalmente no queda nada, en lo escénico resultó excesivo y un tanto pasado de rosca como el atolondrado Jeremías, enamorado primo de Rosa, que lo tiene crudo ante un rival tan ilustre, que le toman por el propio Rey y encima, recibe la mordida del perro. Exagerado también Alberto Frías y aún más allá, María José Suárez. Mejor Pep Molina como el Alcalde. Como siempre, muy resuelta en escena, con esa sensación que dan los que se sienten a sus anchas sobre el escenario, Ruth González como el paje, con lo que compensó la modesta presencia sonora en su número con coro del tercer acto. 


   A falta de mayor inspiración, la dirección musical de Iván López Reynoso expuso, ya que no con especial elegancia, con apropiada claridad la transparente y acrisolada orquestación de Chapí, con un correcto acompañamiento al canto, además de delinear adecuadamente, sin magia, pero de forma solvente, el maravilloso nocturno, muestra perfecta del talento del «xiquet de Villena». El coro cantó bien y sonó empastado, aunque con limitada sonoridad. 

   La función contó con un espectador de excepción, Plácido Domingo, que a su llegada al teatro junto a su esposa Marta Ornelas, fue agasajado por Daniel Bianco, además de recibir el saludo y apoyo de muchos espectadores. 

Fotos: Javier del Real / Teatro  de la Zarzuela

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