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Crítica: 'Elektra' en Zúrich con Herlitzius, Meier y Magee

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Autor: Alejandro Martínez
22 de septiembre de 2015

ORA ÉPICA, ORA KITSCH

Por Alejandro Martínez

Zúrich. 20/09/2015. Opernhaus Zurich. Strauss: Elektra. Evelyn Herlitzius (Elektra), Emily Magee (Chrysothemis), Waltraud Meier (Klytämnestra), Michael Laurenz (Aegisth), Michael Kraus (Orest). Dirección de escena: Marin Kusej. Dirección musical: Lothar Koenigs.

   Tras su Isolda de este verano en Bayreuth, Evelyn Herlitzius volvió a demostrar que es una Elektra imbatible, de armas tomar, de un poderío físico apabullante. En plena forma, su instrumento inundaba la pequeña sala de la Ópera de Zúrich casi como si estuviese amplificado, verdaderamente titánica, resolviendo la exigente partitura con una facilidad aparentemente pasmosa. Waltraud Meier fue de nuevo una Klytämnestra señorial, devolviendo al papel una dignidad maternal a veces negada, reducido su retrato al de una psicótica crispada. A pesar de haber retirado hace apenas unos meses de forma definitiva el rol de Isolda de su repertorio, al instrumento de Waltraud Meier todavía le quedan muchas funciones por cantar y mucha cosas por decir. La voz sigue sonando templada, dueña de un centro reconocible, y al servicio de una acentuación tan cargada de magnetismo como su presencia escénica. Encontramos a Emily Magee algo fatigada, con un instrumento que suena más avejentado de lo que debiera, esforzada casi siempre su emisión, poco desahogada en términos generales a la hora de habitar el lirismo que expresa aquí la parte de Chrysothemis. Muy solvente, en fin, el resto del reparto, tanto las cinco doncellas como Michael Laurenz como Egisto y Michael Kraus como Orestes.

   En el pequeño foso de la Ópera de Zúrich, abigarrado hasta sus límites para dar cabida a la extensa plantilla de Elektra, Lothar Koenigs planteó la obra con un pulso siempre épico, afortunadamente con más intensidad que grandilocuencia, y logrando plasmar una dosis grata y loable de detalles y subrayados minuciosos en su lectura de la partitura. En escena, la propuesta de Martin Kusej, que tiene ya más de diez años, alterna momentos de logrado interés con otros de muy desafortunado enfoque. Entre los primeros, cabe destacar el propio planteamiento escenográfico, concebida la escena en torno a una sala en perspectiva, rodeada de puertas que acrecientan la sensación de tensión, casi claustrofóbica que va llevando la acción hacia adelante. Entre los momentos menos afortunados, amén del desfile arbitrario de figurantes de tanto en tanto, es forzoso citar el espectáculo que protagonizan media docena de bailarines, ataviados al modo del carnaval brasileño durante la orgiástica danza final, arruinando por completo el efecto liberador de connotaciones casi tribales. Esta banalización de la escena en cuestión sin duda un recurso premeditadamente kitsch, aunque a la postre resulta más propio de un espectáculo de José Luis Moreno que de una producción que se precia de tener un cierto poso intelectual.

   Así las cosas, una Elektra ora épica, ora kitsch, que no pasará a los anales salvo por el brillante papel de Herlitzius y Meier, a las que por cierto ya habíamos escuchado antes en esta misma partitura, bien en Dresde con Thielemann, bien en Milán con Salonen, bien en Múnich este mismo verano.

Fotos: Zurich Opernhaus

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