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Crítica: Eliahu Inbal dirige la 'Sinfonía Leningrado' de Shostakovich al frente de la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
12 de junio de 2017

 UN DIRECTOR SABIO

   Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 9-VI-2017. Auditorio de Valladolid. Temporada de la OSCyL. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Shostakóvich: Sinfonía Nº7  en do mayor, op. 60, Leningrado. Dirección: Eliahu Inbal.

   Eliahu Inbal realizó junto a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León una versión de la Sinfonía Nº7 Leningrado de Shostakóvich soberbia. Qué afinación, qué avalanchas sonoras, qué manera de anticipar lo que iba a suceder, preparando sutilmente el clima apropiado, qué pasajes camerísticos tan profundos, qué tuttis orquestales tan apabullantes, qué ostinatos, qué melodías con doble intención, qué cambios tan raudos, y qué cuadratura tan capaz de martillear el oído de cualquier oyente.

   Sí, la obra de Shostakóvich es especialmente espectacular, permite muchas especulaciones teóricas sobre el asedio de Leningrado por los nazis, la falta de libertad en general, y las posibles ideas ocultas, o no tanto, manifestadas en la partitura por el compositor, algo ante lo que Inbal no fue un mero notario. Él, en perfecta simbiosis con la orquesta, llevó la sinfonía a un plano magistral, en donde la aridez, el machacante maquinismo o la sutileza tenían cabida y provocaban efectos demoledores, sin concesiones gratuitas.

   La labor del director partió de una musicalidad absoluta, de una comprensión de la obra y una plasmación de la misma tan plena, que ningún efecto se quedaba corto, ni sobraba. Consiguió que aquellos pasajes que pudieran sonar algo banales, como ese final triunfal, resultaran simplemente el fruto lógico de todo el proceso anterior.

   Fue la victoria de la música sin paliativos, lo que justifica que la interpretación en directo sea algo único. Y cuando el arte adquiere tal dimensión, quizá el pretender reflejarlo en palabras sea tan sólo una apuesta bien intencionada.  

   Y todo comenzó con esa célula motívica que pasa por las maderas, se apoya en las cuerdas y acaba contagiando a toda la orquesta. El crescendo del primer movimiento, tan fabulosamente planteado por el director, se precipitó hacia una sonoridad brutal e irritante, que todo lo aplasta.

   Imponente el tema del fagot en manos de Alberola, la melodía del oboe, la pujanza de las cuerdas, con unos violines perfectamente conjuntados, de sonido acerado y contundente, así como la relación entre las maderas; con el oscuro timbre de la melodía del clarinete bajo sobre el efecto de las dos arpas, la sonoridad de las flautas, y las incisivas intervenciones del piccolo. Unido a unos metales que derrocharon energía y precisión, contundentes pero no excesivos, sin olvidar tampoco la labor de la percusión.

   Inbal, que cuenta por éxitos sus actuaciones con la OSCyL, dominó con sabiduría la sinfonía de principio a fin, y orquesta y director se recrearon en su creciente agitación y en cómo ésta decaía y retornaba.  

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