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Crítica: Recital de Elina Garanča en el Carnegie Hall de Nueva York

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
23 de marzo de 2017

SOBERBIO

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall. 19-III-2017. Elina Garanča, Soprano. Kevin Murphy, Piano. Obras de Johannes Brahms, Henri Duparc y Sergei Rachmaninov. Bises de Johannes Brahms, Robert Schumann  y de Jazeps Vitols.

   En los últimos tiempos, los aficionados al canto y a los recitales nos encontramos con una paradoja. Por un lado tenemos programas interpretados por supuestos estilistas con voces mínimas y que en muchos casos desconocen los parámetros básicos del canto, y por otro a cantantes de ópera, con voces más o menos grandes, pero que aquí naufragan al no ser capaces de controlar su voz en un ambiente íntimo.

   El Carnegie, con sus más de 2800 localidades, es un recinto de una acústica excepcional para orquestas o para recitales de piano, pero no es el mejor lugar para la intimidad de un recital de lied. A veces sin embargo, se obra el milagro y conseguimos “la cuadratura del círculo”. Un intérprete técnicamente solvente, de gran voz, y capaz de llenar este enorme recinto.

   No vamos a descubrir aquí a Elina Garanča. La mezzosoprano letona posee un instrumento envidiable. La voz es homogénea, aterciopelada, de gran belleza, y timbrada en todos los registros, sobre todo en un centro denso y carnoso, y en un agudo holgado. El grave que en el pasado estaba algo desguarnecido, gana día a día. Tiene el tamaño suficiente para no tener que esconderse detrás de un piano con la tapa casi cerrada (ayer con la tapa abierta completamente, trataba al piano de tú a tú). Su elegante canto legato y su musicalidad cautivaron durante toda la velada. Su facilidad para controlar, apianar, dar en cada momento la nota justa, con la intensidad necesaria y con una facilidad insultante, es encomiable. En resumen, dio una clase de como con una voz de ópera con mayúsculas, se puede cantar lied de la mejor manera posibleen un espacio de grandes dimensiones.

   El programa contenía canciones de tres compositores diferentes –Brahms, Duparc y Rachmaninov- en tres idiomas distintos (alemán, francés y ruso), y que fueron compuestas en un margen de apenas 50 años.

   La primera parte del recital constó de catorce lieder de Johannes Brahms, separados en dos tandas de siete cada uno. No hubo ciclos concretos, ni orden alguno en función del número de opus. El recital fue de menos a más. Desde la primera de las canciones,“Liebestreu, Op.3 n°1”, cuando aún estaba calentando la voz, nos dio varias pinceladas de lo que iba a ser el recital, con unos graves rotundos que corrieron por el teatro envolviéndonos a todos. El registro grave volvió a ponerlo a prueba varios minutos después en una “SappischeOde, Op. 94, n°4” imponente. Pero más en sí que su facilidad para el canto, fue una agradable sorpresa encontrarnos una intérprete con carisma, menos fría que antaño, que se sentía cómoda en el escenario, y que buscaba la complicidad del público.

   El primer momento mágico de la noche fue con un intenso y cálido “O lieblichewangen, Op. 47, n°4” donde dos escasos minutos le sirvieron para ganarse al público. Terminó el primer set con el “Ruhe, Süssliebchen, Op. 33, n°9” del ciclo La bella Magelone, cantado de manera excepcional, desgranando frase a frase con calma, y alcanzando un anti-clímax muy emotivo.  

   En el segundo set bordó canciones como “Mädchenlied, Op. 107, n°5” o ”Die Mainacht, Op. 43, n°2” con una excelente variedad en el fraseo y dando el matiz adecuadoen la mayor parte de las veces. De gran factura igualmente “Von ewigerLiebe, Op. 43, n°1” con el que cerró la primera parte.

   Tras el descanso el nivel del recital subió si cabe un escalón más. La afinidad de la cantante con las canciones de Henri Duparc parte de un exquisito dominio de la lengua francesa, lo que le permite matizar hasta el último de los detalles. Si nos dio grandes versiones de canciones como “Extase” o “Phidylé”, favoritas en día de José van Dam, fue en la primera del grupo, “Au paysoù se fait la guerre” donde echó toda la carne en el asador. Con la mezcla justa de sensibilidad y expresividad, nos puso los pelos como escarpias las tres veces que repite “Et moitouteseule en ma tour, J’attendsencore son retour”.

   De aquí hasta el final del recital, el pianista Kevin Murphy mostró un gran sentido del color, y se fundió de manera muy adecuada con Garanča. Antes sin embargo, hubo momentos en que parecía que quería volar por su cuenta.

   Con las ocho canciones de Sergei Rachmaninov, elegidas al igual que las de Brahms sin seguir un ciclo concreto o un orden en función del número de opus, llegamos al punto culminante del recital. Con la voz excelentemente colocada y su brillantez natural, rica y colorida, combinó la oscuridad eslava propia de su voz con la luminosidad mediterránea que adquiere día a día en su casa de Benalmádena, con lo que va limando poco a poco esa imagen de frialdad que tantas veces se le ha echado en cara. Además las canciones del ruso tienen el componente dramático que tanto gusta a los cantantes de ópera cuando bajan al terreno del lied.

   Arrancó con dos canciones melancólicas como “Oh no, te lo pido, no me abandones, Op 4 n°1” y “He crecido aficionado al dolor, Op. 8, n°4” llenas de suspiros de amor. En las 3 romanzas que interpretó de la Op. 21–uno de los ciclos más bellos que compuso Rachmaninov -, la n° 3 “Crepúsculo”, la n° 4 ”La respuesta” y la n° 5 “Lilas”, creó un ambiente fascinante y pudo soltar la voz, emitiendo agudos bien colocados y proyectados que llenaron el Carnegie. Terminó el recital con el lirismo a flor de piel y la melancolía exacerbada de “No me cantes más, preciosa, Op. 4 n° 4” cantada de nuevo de manera imponente. Fue terminar el último acorde del piano tras la melancólica escala descendente que poco a poco se va difuminando, y estallar el patio de butacas, puesto en pie como un resorte, en una clamorosa ovación.

   La artista respondió con 3 piezas fuera de programa. Volvió al repertorio alemán con un apasionado “MeineLiebeistgrün, Op. 63, n°5” de Johannes Brahms y con el primero de los mirtos “Widmung, Op. 25, n°1” de Robert Schumann, para cerrar definitivamente la velada con una delicada canción del compositor letón JazepsVitols, “Cierra los ojos y sonríe”, que Garanča interpretó de manera refinada y elegante.

   Durante la última parte del recital, me preguntaba si ninguna casa de discos le propondría la grabación del ciclo completo de canciones de Rachmaninov, para complementar la referencial grabación de los años 70 de Elisabeth Söderström y Vladimir Ashkenazy que nos enseñaron a amar estas canciones. A la vista de este soberbio recital, sería sin duda una excelente elección.

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