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ENRIQUE ROJAS, gestor: «Siempre he querido trasladar a los artistas una relación familiar»

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24 de junio de 2019

ENRIQUE ROJAS, gestor: «Siempre he querido trasladar a los artistas una relación familiar»

Una entrevista de Agustín Achúcarro
Enrique Rojas Guillén pertenece por derecho propio a una generación de responsables musicales que les tocó abrir un camino en una España musicalmente bastante pobre. Él es una de esas figuras que puso las bases de parte de lo que actualmente significa la música en su país, como lo demuestra su cronología profesional. Pasó por la Orquesta Sinfónica de Tenerife de 1973 a diciembre 1992, por la Orquesta Sinfónica de Galicia de enero 1993 a octubre 2000, volvió a la Orquesta Sinfónica de Tenerife de 2000 a enero 2004, y de ahí pasó a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León en la que permaneció de enero 2004 a enero de 2010. Entre otros cargos, fue gerente de las Orquestas Sinfónicas de Tenerife, Galicia y Castilla y León, asesor de las restauraciones de teatros como el Leal de La Laguna, Guimerá de Santa Cruz de Tenerife y Rosalía de Castro de La Coruña, fue director general del Auditorio de Tenerife y responsable del Centro Cultural Miguel Delibes de Valladolid.

Hay una anécdota que revela el protagonismo que alcanzó Rojas en la vida musical cuando en una conversación privada José Antonio Echenique, que fuera director de la Quincena donostiarra, se refirió a él diciendo que era uno de los más destacados gerentes de orquesta y que poseía una de las mejores agendas de Europa.

Enrique Rojas pasa revista a sus 40 años de trabajo haciendo hincapié en lo positivo y rehusando voluntariamente comentar lo negativo, sin pasar facturas, y con el ánimo de una persona agradecida a lo que la vida le ha dado.

Empecemos por el final ¿Por qué se unió al proyecto de Iberacademy ¿qué labor desempeña? ¿qué es lo que más le satisface de este trabajo?

A mediados de enero de 2010 se terminó mi contrato con la Fundación Siglo en Valladolid y comenzó mi jubilación. Me uní a la Fundación Iberacademy en Colombia a petición personal de Alejandro Posada, el director colombiano con el que he trabajado desde el comienzo de los años 90 tras obtener, dicho maestro, el segundo premio en el Concurso de directores de orquesta de Cadaqués. Suelo viajar a Medellín dos o tres veces al año para asesorar a los equipos de trabajo de Iberacademy en distintas facetas, desde las organizativas a las de comunicación. Si tuviera que destacar algo en particular de mi colaboración con este maravilloso proyecto me referiría al factor humano, unido al altísimo nivel de calidad musical del mismo y a su profunda huella social.

¿Cuáles son los valores de la Academia Filarmónica Iberoamericana y los rasgos que la caracterizan?

En alguna medida lo he contestado en la pregunta anterior. La mayor parte de los chicos que forman parte de Iberacademy provienen de situaciones personales, sociales y/o familiares en las que nadie podía pensar que tuvieran una salida digna. En Iberacademy se busca el talento que tienen los seres humanos y se propician los mecanismos para que salga a flote y se desarrolle.

A los miembros para formar parte de este proyecto se les pide, en palabras del propio Alejandro Posada, tres cuestiones: talento, vocación y disciplina. Y luego cuando forman parte de esta familia se les exige eterna gratitud con todo lo que reciben, generosidad para compartir todo lo que aprenden y la máxima excelencia en lo que hacen.

Y resumiría en palabras de Gustavo Navarro (Coordinador Pedagógico), el trabajo de cada uno de los miembros del equipo cuando expresa lo siguiente: cumplimos una misión, no desarrollamos una labor, y lo hacemos con dedicación plena, ofreciendo confianza, credibilidad y espacio afectivo.  Así se logra que las personas se vuelvan rentables y ejemplos para la sociedad, líderes, para ser cada día mejores seres humanos.

Vayamos a los inicios ¿En qué momento decidió vincularse al mundo de la música y por qué? ¿Cómo fueron aquellos primeros años?

A mi regreso a Tenerife desde Madrid, al final de los años 60, volví a ser un asistente, como socio, a los conciertos de la Orquesta de Cámara de Canarias, que más tarde se transformaría en la Orquesta Sinfónica de Tenerife, donde comencé a trabajar gracias al empeño de su director titular Armando Alfonso en 1973, que determinó con su elección mi futuro profesional. Fueron años de cambios muy grandes, ya que la orquesta se transformó en profesional cuando se adscribió al Cabildo de Tenerife, que la sigue financiando en la actualidad.

La convocatoria internacional de nuevos componentes de la mano de Edmon Colomer y más tarde de Víctor Pablo fue larga pero muy fructífera. La primera incorporación grupal fue la del entonces Cuarteto Casoviae, llegados de la entonces Checoeslovaquia, lo que nos proporcionó a Ondrej Lewit como concertino y a sus compañeros como jefes de fila de las cuerdas. Las pruebas en Londres fueron nutriendo de nuevos y valiosos músicos a la OST, algunos de los cuales aún están entre sus componentes.

Su vida profesional ha girado fundamentalmente en torno a tres orquestas: la Sinfónica de Tenerife, la Sinfónica de Galicia y la Sinfónica de Castilla y León. Háblenos de su labor en la de Tenerife, de cómo se inició en ella y cómo fue desarrollándose el proyecto.

Primero hay que preguntarse cuál era la situación de la vida orquestal de nuestro país en aquella época y ver la inexistencia de la mayoría de las orquestas que hoy hay en nuestro país, hijas de la etapa democrática, como las de Sevilla, Galicia, Euskadi, Castilla y León, Murcia, Extremadura... En ese contexto temporal hay que situar la creación de una primera asociación de orquestas, que trajo más tarde el nacimiento de la actual AEOS (Asociación española de orquestas sinfónicas) en 1993, y el trabajo de los responsables de todas y cada una de las orquestas que forman parte de ella, para organizar el mundo orquestal español.

Por lo que se refiere a la propia OST el trabajo de Víctor Pablo y todo el equipo técnico-administrativo liderado por Carmen Kemper fue fundamental, ya que no se hubiera conseguido nada sin ese trío que formamos Víctor, Carmen y yo, contando con el apoyo institucional correspondiente. El nacimiento del Festival de Música de Canarias en los 80 y nuestra inclusión en el mismo, gracias al apoyo de Rafael Nebot, su director, fue otro escalón importante en el crecimiento artístico de la orquesta, obligada a competir a un nivel altísimo.

¿El trabajo en la Sinfónica de Galicia qué supuso para usted? ¿Cómo vivió el crecimiento de dicha formación?

En lo personal fue un reto impresionante. Suponía tener los medios para crear desde cero una orquesta de nivel europeo en muy poco tiempo. Llegué a finales del 92, a pocos meses de su nacimiento, unos días antes de su primer concierto de abono en la primera temporada de su historia, en los días en que muchas personas pensaban en que no cuajaría, en su total desaparición. Me incorporé en enero del 93 y en enero del 95 hacíamos nuestra primera gira europea en las grandes salas de conciertos, gracias a una solicitud de Alfonso Aijón y Meghan King (Ibermúsica). En el 94 creamos la Escuela de Práctica Orquestal, germen de la actual Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia, que recientemente ha celebrado sus 25 años de historia y por donde han pasado más de 1.500 alumnos. Le siguió el Coro de la Sinfónica de la mano de Joan Company. El apoyo total y decidido del Ayuntamiento de La Coruña, encabezado por su alcalde Francisco Vázquez y sus concejales de Cultura, José Luis Méndez, y de Hacienda, Javier Losada, fueron determinantes y explican que el equipo técnico-administrativo diera todo de sí para afianzar el proyecto.

Hay un binomio fundamental en la historia de las orquestas españolas y es el que formaron usted y Víctor Pablo Pérez. Coméntenos cómo fue.

Lo del binomio había que precisarlo y convertirlo en cuarteto en los primeros años de la Orquesta Sinfónica de Tenerife hasta mi marcha a la Orquesta Sinfónica de Galicia. Cuando me incorporo a la OST el director titular, como ya he mencionado, era el maestro Armando Alfonso. En los años 80 cuando se profesionaliza la misma el Patronato Insular de Música, que en ese momento presidía Víctor Álamo Sosa, decidió la contratación como director titular de Edmon Colomer, director y fundador de la JONDE (Joven Orquesta Nacional de España), y en ese momento es cuando se inicia el cambio total dentro de la orquesta. Ante la renuncia del maestro Colomer, a propuesta de un miembro del PIM, René de Armas, profesora entonces del Conservatorio, se contrata a Víctor Pablo para «hacer» la nueva Orquesta Sinfónica de Tenerife. Como ya dije anteriormente el binomio con Víctor en este período se convierte en trío por el papel fundamental de Carmen Kemper como Secretaria General y de inmediato en un cuarteto, pues cuando hablamos del equipo de dirección del proyecto, un pilar fundamental fue el concertino Ondrej Lewit, sin el cual el proyecto no hubiera funcionado. Por ello es de justicia histórica hablar de un cuarteto, aunque es cierto que en el devenir de mi carrera profesional Víctor y yo formamos un binomio durante muchos más años y somos la base de la Sinfónica de Galicia, a la cual se incorporó Víctor Pablo un año, o año y medio más tarde que yo. Binomio que funcionó hasta diciembre de 2003 cuando me trasladé a Valladolid.

Asesoró en las restauraciones del Teatro Leal de La Laguna, el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife y el Teatro Rosalía de Castro de La Coruña. Cuéntenos cuál fue su participación y qué objetivos pretendía que se consiguieran.

Durante los primeros años de la democracia, un amigo entrañable de la infancia, Leandro Trujillo Casañas, era Concejal de Cultura del Ayuntamiento de La Laguna, y me pidió asesoramiento ante el hecho de la compra por parte del Ayuntamiento del Teatro Leal de esa ciudad. Colaboré estrechamente para que la dotación del mismo fuera lo más adecuada posible, dados los medios con que contaba la corporación.

Más tarde, a finales de los 80 y comienzo de los 90, presté mis opiniones al arquitecto Carlos Schwartz, responsable de la restauración del Teatro Guimerá, que fue mi segunda casa durante muchísimos años y que conocía al dedillo, sobre todo sus carencias. Ya en La Coruña, el Ayuntamiento de la ciudad realizó los trabajos de restauración y acondicionamiento del Teatro Rosalía de Castro, así que me vi inmerso en la asesoría que se me pidió sobre las necesidades del mismo y la mayor optimización de sus posibilidades. Como se puede entender fácilmente, mis años de espectador y de trabajos en los espacios que existían en esos momentos, no había todavía auditorios hechos para la música, me daban una experiencia que puse al servicio de quien me lo pidió con el fin de optimizar los servicios que esos espacios pretendían ofrecer en el futuro.

También participó en la remodelación del Palacio de Congresos de la Coruña para que fuera una sala en la que pudiera representarse ópera. Cuéntenos por qué consideró la necesidad de que hubiera ópera y la anécdota que le sucedió con el entonces alcalde de la ciudad.

Efectivamente. Un verano coruñés me entrevistaron en La Voz de Galicia y en algún momento de la misma mencioné que sería bueno para La Coruña tener un espacio adecuado para las representaciones operísticas, pues dicha ciudad posee una gran tradición operística: por ejemplo, allí tuvo lugar la primera representación española del Don Giovanni de Mozart. Habiendo leído esa entrevista el entonces alcalde de la ciudad Francisco Vázquez me llamó a su despacho para hablar del tema. Ante la imposibilidad económica de construir un teatro de ópera se estudió la posibilidad de adecuar el Palacio de Congresos de la ciudad para esos menesteres. No olvidemos que Galicia en ese momento no tenía ningún lugar adecuado con foso y equipamiento técnico para el nivel de representaciones que el público demandaba. El devenir histórico de la vida operística de la ciudad, tomando como eje la Asociación de Amigos de la Ópera y los años del Festival Mozart, dejan patente que la necesidad existía y la rentabilidad de la inversión estuvo muy justificada.

Y llega usted a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León en el momento en que se va a producir su traslado al nuevo Auditorio ¿Cómo resultó la época anterior a la inauguración del Auditorio?

Permítame otra precisión que creo importante. Antes de que llegase mi incorporación a Valladolid me llamaron desde Tenerife, con Víctor Pablo, con el cual estuve trabajando toda mi etapa gallega, para volver a la Sinfónica de Tenerife, sobre todo para hacerme cargo del Auditorio de Tenerife. En octubre del 2000, cuando me incorporo, era un solar junto al mar con unas obras de excavación y el proyecto de Santiago Calatrava por ejecutar. Esto trajo consigo que durante tres años me vinculara a ese proyecto de construcción. El Auditorio de Tenerife no es solo una sala de conciertos, sino un buen espacio para la ópera, que en la actualidad asume la temporada de la OST, una temporada operística amplia, alberga a grupos residentes como, entre otros, el Quantum Ensemble, y una serie muy grande de actividades.

Así que la etapa anterior a la inauguración del Centro Cultural Miguel Delibes fue apasionante.

Volvamos pues con su llegada a la OSCyL.

La Orquesta Sinfónica de Castilla y León ya existía y tenía sus actividades en el Teatro Calderón, y realizaba un peregrinaje de ensayos en locales no adecuados, pero, aun así, los profesionales que la formaban lograban resultados muy buenos. Al frente de la orquesta estaba Alejandro Posada, otra de las personas claves en mi vida profesional.

El organismo que la regía y la rige en la actualidad es la Fundación Siglo y al frente estaba un personaje clave para la Sinfónica, como fue Jesús Gómez Sanz, y sobre todo una Consejera de Cultura, Silvia Clemente, a la que la ciudad le debe todo el esfuerzo que hizo por el fortalecimiento y proyección internacional de la orquesta, así como la existencia y el nivel del Centro Cultural.

Lo que podríamos llamar la etapa del Teatro Calderón fue importante gracias al apoyo que siempre tuvimos del Ayuntamiento y de la directora del mismo, Mercedes Guillamón, pero todos mirábamos al futuro esperando entrar cuanto antes, en lo que iba a ser la casa de la orquesta, o sea el Centro Cultural Miguel Delibes, un espacio creado por y para la música y por ende para la Sinfónica.

No quisiera olvidar la vinculación de la OSCYL con la vida musical de Castilla y León y su participación en eventos como el Otoño Musical Soriano, el Festival de León, y otras actividades, así como las grabaciones discográficas, nuestra participación en el Festival de Ópera, etc.

Fue un trabajo de equipo donde en este caso el binomio Alejandro Posada y Enrique Rojas funcionó adecuadamente, porque además teníamos un equipo técnico-administrativo de primer nivel, al igual que ocurrió en La Coruña.

Coméntenos qué supuso para usted poner en marcha nuevos espacios culturales, como los de Tenerife o Valladolid.

He contestado anteriormente a la primera parte de la pregunta, pero quisiera precisar algunas cuestiones. Se trataba de poner al servicio de una ciudad y de una isla, en el primero, y de una ciudad y de una región, en el segundo, un contenedor pensado para la música, aunque cada uno de ellos tuviera, como es lógico, sus singularidades.

En Tenerife hay que tener en cuenta que el arquitecto responsable era Santiago Calatrava, al que nunca traté, a pesar de trabajar en ese proyecto durante tres años. Creo recordar que en ese período de tiempo solo estuvo en la obra una vez. Que cada lector saque las conclusiones que crea conveniente. No creo adecuado que los usuarios de un espacio cultural no tengan un diálogo fluido con el responsable máximo de un contenedor cultural. Las relaciones con el personal de la obra eran buenas, pero yo sentía que nuestras opiniones no llegaban y sobre todo no se tenían en cuenta adecuadamente. En Valladolid ocurrió todo lo contrario, el diálogo semanal con el equipo de la Consejería de Educación, responsable de las obras, con el equipo técnico en obra del arquitecto y con el responsable del mismo trajo consigo que todas las cuestiones que planteábamos se tuvieran en cuenta para su adecuada solución. La situación de partida fue la misma, un solar, en este caso no estaba junto al mar, un agujero de excavación y algunas obras de cimentación, pero a partir del primer día todos y cada uno de nosotros remamos en la misma dirección, conscientes de la importancia de construir una obra bien hecha.

¿Qué se siente cuando, por los motivos que sean, uno no puede terminar un proyecto, como pasó con la construcción del Auditorio de Tenerife?

Frustración. Es elemental pensar que durante el período de construcción de un edificio de estas características uno se lo imagina acabado y va durante su construcción elaborando lo que se podría programar cuando esté terminado. En el caso del Auditorio de Tenerife ocurrió que yo llegué a ese proyecto cuando Adán Martín era presidente del Cabildo y salí del proyecto con el cambio de Presidente. Abandonar ese proyecto me dio numerosos disgustos, me obligó a repensar muchas cosas y cambiar relaciones personales que se habían mantenido durante muchos años. Sí, creo que frustración es el término adecuado.

¿Cuál fue el secreto para que en un periodo de tiempo tan corto pasaran por Valladolid tantas figuras de la música?

No hubo ningún secreto. Trabajo de equipo, mucho trabajo de equipo, y un grandísimo apoyo institucional. Existía un objetivo de alto nivel muy claro, que era colocar a Valladolid en el circuito musical europeo al máximo nivel. Sin atajos, con la excelencia como meta, a base de disciplina en el trabajo. Se trataba de tener un compromiso con los destinatarios finales. Hacer que los artistas se sintieran en casa y a nuestro público como su familia, por lo que había que darles lo mejor de nosotros mismos en cada momento. Mi gratitud infinita a quienes nos apoyaron y nos dieron oportunidades.

Algunas de aquellas figuras de la música eran o se hicieron amigas suyas ¿Cómo vivió esa relación amistosa y profesional a la vez?

Para mí la familia es el eje fundamental de mi existencia. Yo he querido siempre trasladar a los artistas con los que he trabajado una relación familiar. A nadie se le esconde que la vida de los artistas en general, de aeropuerto en aeropuerto, de hotel en hotel, de país en país, de ciudad en ciudad, en la mayoría de las ocasiones no ofrece cercanía. Muchos de ellos han compartido conmigo y mi familia momentos entrañables en nuestra casa, pero no sólo ellos, sino algunos de sus familiares que los han acompañado, como Cecilia Bartoli y su madre, Sir. John Elliot Gardiner y su esposa, Ton Koopman y la suya, Rodion Schedrin y su esposa Maya Plisétskaia, Kristian Zimerman, Misha Maisky, y un largo etcétera que se haría interminable. Con muchos he pasado semanas enteras, como es el caso de Gardiner o Koopman, con motivo de los conciertos del Camino que pudimos organizar en Castilla y León. Después de tantos años jubilado sigo manteniendo contacto con ellos.

En el Auditorio de Valladolid ¿qué retos se planteó y cuáles cree que logró y cuáles piensa que quedaron por hacer?

Quizás el primero era lograr que ese contenedor musical tuviera la mayor calidad posible, tanto a nivel acústico, como en sus aspectos funcionales y que fuera, en primer lugar, la sede oficial para la vida diaria de la OSCYL y creo que se logró al 100%. La sala donde ensaya una orquesta es el «instrumento» común para el grupo orquestal y es allí donde se tienen que preparar todos los ensayos previos a la celebración de su temporada oficial de conciertos y por ello donde se va formando el sonido propio del grupo orquestal. Se trataba de contar con un magnífico espacio que dejara con la boca abierta a todos aquellos que tuvieran la fortuna de poder realizar conciertos allí. Asimismo se buscaba que el público asistente se sintiera en la mejor de las salas posibles y orgulloso de que esa sala estuviese en su ciudad o región y al servicio de su orquesta. En segundo término pretendíamos poner en el mapa de las mejores programaciones europeas al Centro Cultural Miguel Delibes, propiciando que grandes figuras de la música llegaran a ser grupos o músicos residentes en el mismo (Giovanni Antonini e Il Giardino Armónico, Cecilia Bartolli, Jerusalem StringQuartet, Gidon Kremer, etc.) y que su programación fuera puntera en nuestro país y pudiera hablar de tú a tú a muchas y prestigiosas organizaciones musicales del mundo. Propiciar fuera del Centro Cultural, al servicio de la región, ciclos del máximo nivel, como por ejemplo El Camino en Castilla y León, que inaugurara Sir. John Eliot Gardiner con su Monteverdi Choir, en el verano de 2004, por las iglesias románicas de Burgos, Palencia y León, y que continuaron directores y grupos corales de la talla de Ton Koopman o Paul McCresh con sus respectivas organizaciones corales. Es imposible reseñar todo lo logrado en esos años.

Claro que siempre quedan cosas por hacer. En mi caso lo más importante que no pude realizar, aunque pensaba que era muy importante, fue llevar a cabo una Escuela de Práctica Orquestal con su Orquesta Joven correspondiente. La realidad es que cuando llegué a Valladolid desde el gobierno regional se encomendó tal función a la Consejería de Educación y por ello no pude realizar nada en ese sentido, salvo apoyar a la Orquesta Joven en todo aquello que nos solicitasen, pero era una organización totalmente al margen de la Consejería de Cultura y por ende de la Fundación Siglo. Siempre he pensado que un proyecto orquestal profesional está cojo sin un eslabón que propicie la práctica orquestal para los estudiantes de música antes de su incorporación a la vida profesional.

Háblenos de los directores con los que ha convivido en razón de su puesto de trabajo, con personas como el ya mencionado Víctor Pablo Pérez, Alejandro Posada, Lionel Bringuier o Vasily Petrenko.  

En primer lugar quisiera mencionar, aunque ya hice alguna referencia, a Armando Alfonso, director titular de la Sinfónica de Tenerife durante muchos años y persona que propició que me dedicara a este oficio durante cuarenta años. Sin la oportunidad que él me ofreció al comienzo de los años 70 esta entrevista no se estaría produciéndo. Su seriedad profesional y categoría personal me han servido de guía durante toda mi vida profesional y con él sigo en contacto continuo. Otro eslabón importante en mi carrera fue el tiempo pasado con Edmon Colomer. El rigor y su capacidad enorme de trabajo, así como su amor por la música formaron mi personalidad profesional. Lamentablemente su dedicación plena a la JONDE limitó nuestro tiempo juntos, pero le estoy eternamente agradecido por todo lo que me enseñó.

Llegamos ya a la década de los 80 y la relación con Víctor Pablo duró muchos años, en Tenerife, Galicia y otra vez en Tenerife, concretamente hasta el año 2003. Con Víctor tuve la suerte de trabajar día a día, y no exagero, y sacar adelante dos proyectos muy importantes para la vida orquestal de nuestro país: la OST y la OSG. Creo que nuestras respectivas familias sufrieron nuestra dedicación en cuerpo y alma a estos proyectos. Tuvimos la fortuna de contar con dos equipos técnico-administrativos del máximo nivel y unos grupos de músicos incomparables, con dos concertinos de oro, Ondrej Lewit en Tenerife y Massimo Spadano en La Coruña. Los logros que esos colectivos nos brindaron justifican todos los sacrificios personales y familiares que tuvimos que hacer.

A Alejandro Posada lo conocí gracias al Concurso de Directores de Orquesta de Cadaqués y lo mismo pasó con Vasily Petrenko y Gianandrea Noseda.

Háblenos, pues, de Posada

Estoy hablando del comienzo de los años 90 y me prestó un gran servicio con la Sinfónica de Galicia y luego más tarde, cuando llegué a la Sinfónica de Castilla y León en 2004, él era el director titular de la misma. Quisiera mencionar aquí que acabé en esta orquesta gracias al generoso ofrecimiento que me hizo Valentina Granados, la gerente de la OSCYL en ese momento, que se trasladaba a Madrid por motivos familiares. Como se puede observar mi vida, como la de muchos mortales, está jalonada de personas que me han dado oportunidades, a las que estoy eternamente agradecido y de las que seré siempre deudor. Alejandro es música y generosidad a raudales, contagia a quien se acerca a él y es una especie de torbellino de ideas y de entrega a los demás. Con Alejandro sientes que te falta tiempo para hacer todo lo que le ronda por su cabeza, es imposible decirle que no y te arrastra a sus proyectos, cuyos objetivos son su entrega para que otros consigan sus metas. Ahí está Iberacademy, su proyecto estrella, con el que tengo la suerte de poder colaborar.

La etapa de Lionel Briguier fue la más corta de todas ellas, pero no menos intensa. Le conocí en Londres y pensé que era la persona adecuada para el momento de crecimiento orquestal que la OSCYL estaba viviendo. Mi jubilación truncó nuestra vinculación y la de él con la OSCYL terminó pronto.

¿Y Petrenko?

He dejado a Vasily Petrenko y a Noseda para el final. Como bien se sabe Petrenko ha estado muy relacionado a la OSCYL como principal director invitado. Cuando me acerqué a él para vincularlo a la orquesta como titular lo era de la de Liverpool y su vida profesional no le permitía ser titular de la nuestra, pero su unión con la OSCyL ha sido muy larga y fructífera, y muy apreciada por parte de la orquesta y del público. Nuestra amistad sigue y aunque nos vemos con menos frecuencia de lo deseado, por parte de ambos, sigo día a día su vida profesional llena de éxitos.

Con Noseda, aunque lo intenté en varias ocasiones, fue imposible sumarle a alguno de los proyectos orquestales en los que trabajé. Se convirtió en la asignatura pendiente de mi vida profesional. Lo único que se produjo fue la grabación de una cuarta de Shostakovich, uniendo las orquestas de Castilla y León y la de Cadaqués. Como en el caso anterior sigo su magnífica carrera profesional y el próximo mes de septiembre podré ver y escuchar a ambos con sus respectivas orquestas (Filarmónica de Oslo y Sinfónica de Londres) en el Festival George Enescu en Bucarest. No suelo faltar cada dos años a mi cita en esa ciudad para disfrutar de uno de los grandes festivales de música del mundo. La próxima edición, en  septiembre de 2019, la inaugurará la Filarmónica de Berlín con Kiril Petrenko y la clausurará la Orquesta del Concertgebow de Amsterdam con Maris Jansons.

¿Qué recuerda del final de su etapa con la Sinfónica de Castilla y León?

Tengo en primer lugar que decir que se me ofreció la posibilidad de continuar, pero después de 40 años quería dedicar mi tiempo a mi familia y a mí mismo. No fue fácil, pero lo tenía muy claro, aunque la mayor parte de la gente de mi entorno no creyó que iba a dejar de trabajar. No me arrepiento de haberlo hecho. Los últimos meses fueron muy difíciles y muy duros, habían sido muchos años de trabajo y quedaban tantas cosas por hacer…, pero el tiempo libre para leer, escuchar música, hacer senderismo, estar con los amigos, ir al teatro, al cine, pasear, etc. y sobre todo estar con la familia ganaron la batalla, y en enero de 2010, al cumplirse mi contrato, me jubilé. Una nueva etapa se abrió. He recuperado amigos del Grupo Montañero de Tenerife y las actividades del mismo, mis antiguos compañeros de la Escuela de Comercio, aprecio la lentitud y no tengo prisa, porque como dice un buen amigo "la prisa mata". Paso tiempo en Bucarest y en Rumanía, de donde es mi esposa, tengo nietos en Tenerife y también otro en París, mis cuatro hijos viven en Tenerife, París, La Haya y Londres. Distribuyo mi tiempo como puedo, pues es imposible estar con todos a la vez. Me siento un europeo que nació en una isla del Atlántico, que tiene una gran familia, y es tremendamente feliz porque posee tiempo para su familia, mis amigos y para mí mismo. Soy muy rico, tengo tiempo.

Y al margen de su labor en Colombia, qué proyectos personales tiene y cómo vive ahora la vida musical.

Mi relación con la vida musical es muy amplia, evidentemente vivo la que sucede en Tenerife, con la temporada de la OST, que ahora pasa por una nueva etapa de la mano de Antonio Mendez como titular y de Miguel Ángel Parera como gerente, del Quantum Ensemble, grupo residente en el Auditorio, que lideran David Ballesteros, Gustavo Díaz y Cristo Barrio, que ofrecen cada mes conciertos de altísimo nivel y propuestas programáticas muy interesantes. Suelo viajar a Madrid con alguna frecuencia y disfruto del amplísimo abanico que ofrece el Auditorio Nacional, gracias sobre todo al CNDM y a los Ciclos de Ibermúsica, Scherzo, así como la temporada de la ONE. En el tiempo que paso en Bucarest suelo asistir a los conciertos que cada semana ofrecen la Filarmónica George Enescu, la Nacional de Radio o la de Cámara de la Radio, asimismo y, como ya he mencionado antes, tengo muy en cuenta estar en el mes de septiembre cada dos años (años impares) en el Festival George Enescu, si me cuadra y estoy en octubre-noviembre suelo asistir a un magnífico festival de música de cámara, denominado SONORO, que ofrece un amplísimo y en muchos casos infrecuente repertorio, con artistas de un nivel muy alto, usando espacios emblemáticos de la ciudad y algunas veces lugares no habituales para conciertos. Cada dos años (años pares) se celebra un Festival de Orquestas de Radio muy interesante al que asisto siempre que me coincida el estar allí con la celebración del mismo. No hay que olvidar que en Bucarest existe un teatro de ópera y ballet con programación casi diaria con precios muy asequibles. De forma esporádica en la capital rumana asisto, cuando cuadra mi estancia en la misma, a unas sesiones del Club de lectura que organiza el Instituto Cervantes. Por desgracia mis visitas a Valladolid y La Coruña no son habituales y no puedo hacer un seguimiento puntual de la vida musical de las mismas.

Si tuviera que hacer un listado de agradecimientos y reproches relacionados con su vida profesional ¿qué escribiría?

Los agradecimientos serían tantos, al margen de los ya comentados, que sería imposible enumerarlos, pero creo que el colectivo de los funcionarios de la Fundación Siglo con Fuencisla a la cabeza y los de la propia OSCYL, que no creo haber mencionado, merecen un lugar importante en mi vida, sin todos y cada uno de ellos nada de lo que hicimos hubiera podido materializarse. Mi última etapa en Valladolid sin la ayuda de Francisco Lorenzo hubiera sido imposible. Los agentes de conciertos como Enrique Subiela, Carmen Prieto, Enrique Rubio, y un amplio etcétera, dieron cuerpo y sentido a mi trabajo. En mi etapa gallega el apoyo de Antonio Moral, Alberto Zedda, Cristina Vázquez, Xoan Manuel Carreira, César Wonenburger, José Víctor Carou... En fin, que me perdonen los que no he nombrado, todos saben que siento mucha morriña gallega. A Jorge Zubiría y a Miguel Ángel Aguilar mi agradecimiento eterno, dos profesionales como la copa de un pino. Reproches ninguno y si en algún momento de debilidad los hubo ya los he olvidado.

¿Le resulta difícil decir adiós?

No lo digo, prefiero decir hasta luego. Si estoy vivo y se me necesita aquí estoy. Por fortuna tengo una familia amplia y muchos amigos, me gusta la vida y siempre pongo en primer lugar lo positivo de cada lugar. El único problema es que soy muy exigente y me gusta, persigo, aprecio y respeto el trabajo bien hecho.

Foto: Radu Rojas

Autor:Agustín Achúcarro
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