Crítica de Agustín Achúcarro del concierto de Erik Nielsen con la Sinfónica de Castilla y León
Beethoven por Nielsen
Por Agustín Achúcarro
Valladolid, 15-II-2026. Auditorio de Valladolid. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Johannes Brahms, Arnold Schoenberg y Ludwig van Beethoven. Director, Erik Nielsen.
Thierry Fischer no pudo acudir a su cita con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León [OSCyL] por enfermedad, y le sustituyó el director Erik Nielsen. Más allá del hecho más importante, el que éste estuviera enfermo, en el apartado musical fue una lástima no poder escuchar al titular de la orquesta dirigir la obra de Beethoven, en su proyecto de ponerse al frente de la OSCyL, con todas las sinfonías de dicho compositor, que culminará este curso con la novena. De hecho, no estaría de más que se volviera a programar esta partitura bajo la dirección de Fischer. Erik Nielsen aplicó durante todo el concierto una suerte de claridad sonora, con un sonido fluido, una relación de las distintas secciones muy equilibrada, y un sugestivo empleo de la extensión dinámica, resaltando el espíritu «clasicista» que imbuía a las obras elegidas: las Variaciones sobre un tema de Haydn de Brahms, las Variaciones para orquesta de Schoenberg y la Sinfonía nº 8 de Beethoven. Esto hizo que el resultado fuera esencialmente positivo, aunque se dejó en el camino un trazo más enérgico y contrastante, lo que repercutió particularmente en la interpretación de la obra del genio de Bonn.
En la partitura brahmsiana, Nielsen consiguió reflejar esos matices de cada una de las variaciones; la atmósfera de caza, el sabor beethoveniano, con un Finale radiante, que a su vez contiene una serie de breves variaciones.
Posiblemente el cénit de este concierto llegó con las Variaciones para orquesta de Schoenberg (se cambió el apellido original, Schönberg, cuando tuvo que salir de Alemania hacía EEUU ante la acusación del nazismo de que su obra era música degenerada). En ella se reflejó, siempre con la transparencia ya comentada, la idea de partir la melodía entre los distintos instrumentos y basarse en timbres, acentuaciones y ritmo. Se pudo aplicar una sonoridad más agresiva, punzante, en particular en las últimas variaciones y el Finale. Nielsen y la Sinfónica realizaron una versión acorde con una obra maestra, entre el clasicismo y la modernidad del serialismo, incluido el homenaje a J.S. Bach con el motivo B-A-C-H. Excelentes las intervenciones de los músicos de la Sinfónica de Castilla y León, ya que el protagonismo del timbre de los instrumentos resulta imprescindible para sacar adelante esta obra.
Y el concierto concluyó con la Sinfonía nº 8 de Beethoven, en la que volvió a plantearse esa transparencia y claridad comentada desde el principio. Este planteamiento propició que los mayores logros se dieran en los tiempos centrales, allí donde el genio de Beethoven se centra más en sonidos delicados, sin que esto quiera decir que no haya pasajes contrastantes. En el primero de ellos, al retomar la melodía principal, y en el segundo, en el que Beethoven recupera el minueto, al señalar la delicada melodía de las trompas.
En el primer y último movimientos, Nielsen siguió con lo que había sido la característica principal de todo el concierto. Se potenció así las hermosas melodías del Allegro vivace e con brío inicial, mientras la energía, los acentos y los contrastes quedaban difusos. Eso mismo ocurrió en el Allegro vivace conclusivo, quizá de forma más papable, en el que el director pudo decantarse por cierta exageración y un ritmo más afilado para conseguir contrastes extremos. En todo caso, fue un concierto en el que la ductilidad y la claridad en la articulación se impusieron, con una sonoridad siempre sugerente, a lo que contribuyó una orquesta capaz de amoldarse a la manera de entender las obras por parte del director.
Foto: OSCyL
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