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Crítica: Esa-Pekka Salonen dirige la 'Sinfonía turangalila' en el ciclo de la Filarmónica de Nueva York

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
18 de marzo de 2016

ANTE LA INMENSIDAD DE MESSIAEN

Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. David Geffen Hall. 11/3/2016. Temporada de abono de la Orquesta Filarmónica de Nueva York (NYPO). Yuya Wang, Valérie Hartmann-Claverie. Director musical: Esa-PekkaSalonen. Sinfonía Turangalila,de Olivier Messiaen.

   Con la interpretación de la Sinfonía Turangalila, ha concluido la semana que la Orquesta Filarmónica de Nueva York ha dedicado a la figura del compositor Olivier Messiaen. Un homenaje con conciertos en varios escenarios de la ciudad, y una breve exposición en la “Bruno Walter Gallerie”, el principal expositor de la sala principal del antiguo Avery FisherHall, donde se exhiben fotos, partituras, cartas y programas. En el sitio de honor, la partitura original de los “Éclairs sur l'Au-Delà...”, el encargo que Zubin Mehta le hizo para festejar el 150° aniversario de la orquesta. La historia posterior es conocida. Olivier Messiaen terminó la obra, su última para gran orquesta, pero no pudo llegar a verla representada al fallecer en Paris el 28 de abril de 1992. Seis meses más tarde, el 5 de noviembre, Mehta estrenó la partitura con Yvonne Loriod presente, quien además escribió las notas del programa de mano. En la exposición está también su carta de agradecimiento a la orquesta por la interpretación llevada a cabo con “una técnica suprema, una presencia intensa, una gran emoción y una espiritualidad conmovedora”.

   En la exposición hay más ejemplos de la relación del músico francés con la NYPO, desde los programas de las primeras obras interpretadas en 1947, “Hymne” y “L’Ascension” dirigidas por Leopold Stokowsky, hasta una foto de la orquesta con Renée Fleming y Alan Gilbert tras interpretar los “Poèmespour Mi” en la noche inaugural de 2009.

   En esa relación tan fuerte con la orquesta, llama la atención que la Sinfonía Turangalila, quizás la obra para gran orquesta más interpretada de su autor, sólo haya subido a sus atriles en un par de ocasiones. En 1988 con Zubin Mehta y en 2000 con Hans Vonk. Más aún cuando Esa-Pekka Salonen, “Compositor en residencia” esta temporada de la orquesta, director de este concierto y gran conocedor de una obra que ya grabó en los años 80, comentó la obra del francés y diversas anécdotas de suvida, entre ellas la compleja situación que vivió un profundo católico como él, su relación con Yvonne Loriod, hasta la muerte de su primera esposa.

   Situó su partitura en el grupo de las cinco que han cambiado la Historia de la Música. Obras que “han trascendido a lo universal”. La Sinfonía heróica de Beethoven, la Sinfonía fantástica de Héctor Berlioz, el Tristan e Isolda de Richard Wagner, la Consagración de la primavera de Igor Stravinsky, y la Sinfonía turangalila. Quizás yo no sea tan atrevido como el Sr. Salonen, pero tirando de mis recuerdos musicales, uno de los más presentes es de una noche de abril de 1993, cuando Riccardo Chailly con la Orquesta de La Scala la interpretó en el Auditorio Nacional dentro del Ciclo de Ibermusica. Según avanzaba la obra, la sala se fue vaciando y al final quedaríamos como mucho medio Auditorio. Tras el acorde final, completamente  apabullados por lo que habíamos oído, aclamamos a orquesta y director de tal forma, que posteriormente en los camerinos, el maestro Chailly, profundamente emocionado, nos confesaba que pocas veces había visto una reacción similar. “Es una obra que hay que oír en vivo, donde adquiere todo su sentido y donde impacta” nos comentó el maestro italiano, y solo pudimos aseverar.

   Algo parecido debieron sentir los asistentes el viernes 11 porque las aclamaciones y “rugidos” del público neoyorkino, me hicieron recordar aquella velada madrileña. Salonen comentó en sus palabras iniciales que no quería decirle a nadie como era la obra, sino que contaba como la veía él. Explicó los 10 movimientos, llamó a la pianista Yuya Wang y a Valerie Hartmann para las ondas Martenot, y colocó las dos celestas y el vibráfono en la parte delantera del escenario.

   Comenzó entonces un viaje de una hora y media por este “canto de amor que trasciende el cuerpo y crece a una escala cósmica”, al que la mayor parte de los adjetivos que se le pueden poner son mayestáticos. Excesivo, majestuoso, grandioso, monumental. Pero donde también hay remansos de paz, con momentos para la espiritualidad, refinamiento de timbres y colores exóticos. Salonen dirigió la obra con pulso firme, control absoluto de los diferentes ritmos y con una claridad encomiable cuando tienes cerca de 140 músicos en el escenario.

   Desde la “introducción” asombró con las diferentes sonoridades. Los dos “cantos de amor” fueron dichos con ritmo continuo y tímbricas muy notables como el precioso cierre del segundo con la caja y el xilófono.  

 En los tres movimientos Turangalila, los más sobrios y moderados en orquestación, dibujó un mundo donde convivían sonoridades que nos evocaron paisajes lejanos.

   En el Jardín del sueño del amor, quizás el movimiento más hermoso, se alcanzó el momento de mayor refinamiento tímbrico de la noche con el juego entre el piano, más que nunca un instrumento de percusión, con el xilófono y las ondas Martenot, envueltas por el denso fondo orquestal creado por las cuerdas. Fue sin duda un momento mágico.

   En Alegría de la sangre de las estrellas y en el Final, el Sr. Salonen jugó más con los tempi. El tutti orquestal casi continuo constituyó un auténtico desafío a todas las secciones de una orquesta que respondieron de manera óptima.

   Yuja Wang fue simplemente perfecta en esta partitura inclemente para el piano, que exige un poderío y un nivel técnico fuera de serie. Con arpegios en la zona aguda que son martillos percutientes. Con un sinfín de escalas ascendentes y descendente. Con colores que deben crear sonoridades muy concretas como mencionamos antes en Jardín del sueño del amor. Con la fuerza necesaria para imponerse en ciertos momentos a una orquesta de esta magnitud.

   Valerie Hartmann-Claverie fue igualmente una intérprete óptima. Las ondas nunca se descontrolaron, vibraron como se debe y su equilibrio con el resto de la orquesta fue modélico. También cuidó las frecuencias para evitar accidentes acústicos desagradables.

   El acorde final, clímax absoluto de la obra, construido lentamente con una intensidad extrema por todas las secciones, liberó por fin todas las tensiones acumuladas en esta excelente interpretación, posiblemente insuperable hoy en día.

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