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Crítica: Esa-Pekka Salonen y la Philharmonia Orchestra en Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
28 de febrero de 2017

MAGISTRAL SALONEN

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 24 y 25-II-2017. Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Obras de Igor Stravinsky, Tansy Davies, Maurice Ravel, Ludwig van Beethoven y Richard Strauss. Nigel Black, Katy Woolley, Richard Watkins y Michael Thompson, trompas. Pierre-Laurent Aimard, piano. Coro de la CAM y Joven Coro de la CAM. Philarmonia Orchestra. Director: Esa-Pekka Salonen.

   Dos magníficos conciertos ofreció este fin de semana en Madrid la estupenda Philarmonia Orchestra, -asidua del ciclo Ibermúsica desde el año 1986-, con su actual director titular al frente, el finlandés Esa-Pekka Salonen. Dos estrenos en España ocuparon la primera parte del concierto del Viernes 24. Una obra recientemente recuperada, Canto fúnebre op. 5 compuesta por Igor Stravinsky como homenaje a su profesor Nicolai Rimski-Korsakov, fallecido en 1908. Esta partitura, que se encontraba perdida y fue hallada en 2015 en la biblioteca de San Petersburgo, fue expuesta por Salonen con su gran sentido de la construcción y en una subyugante combinación de misterio, belleza y refinamiento sonoro. A continuación, otra novedad,  Forest-concierto para 4 trompas y orquesta de Tansy Davies, encargo de la Philarmonia Orchestra, la New York Philarmonic y el Festival de Otoño de Varsovia a esta compositora británica nacida en 1973. Una obra que ofrece un atractivo colorido orquestal, aunque dio la impresión de carecer de cierta cohesión y consistencia, y que fue impecablemente traducida por Salonen con nitidez en las texturas y demostrando con ese cuidado por las tímbricas orquestales, su afinidad a la música contemporánea a la que no es ajena, desde luego, su condición de importante compositor de nuestro tiempo. Notables, bien empastados los cuatro solistas. Tampoco es muy habitual escuchar el ballet completo Daphnis et Chloé de Maurice Ravel y aún menos, en una interpretación tan deslumbrante como la que ofreció Salonen al frente de una orquesta totalmente entregada a su gesto amplio, preciso y elegantísimo.

   Magistral interpretación, sabiamente construida, plena de contrastes, apoyada en una gran transparencia orquestal, brillantez y refinamiento tímbrico y que supo crear apasionantes clímax y sugestivas atmósferas. Voluptuosidad, sensualidad, misterio, embriagadora sonoridad… Si estuvo presente el elemento danzable y evocador, también el tono “salvaje” de la danza guerrera así como el frenesí y desenfreno de la danza general final, un clímax al que el gran músico finlandés condujo en un sutil, pero implacable crescendo que dejó al público conmocionado. Las intensas ovaciones y vítores fueron la adecuada catarsis a tal impresión. Gran prestación de la orquesta en la que destacaron las primorosas maderas y la exhibición de la flauta solista, absolutamente memorable. La prestación del Coro y Joven Coro de la Comunidad de Madrid no fue especialmente brillante, pero sí inmaculada y contribuyó impecablemente al extraordinario nivel de la interpretación.

   La primera parte del concierto del Sábado 25 constituyó para el que suscribe, el punto más bajo o menos estimulante si se puede hablar así cuando estamos ante un gran nivel, de los dos eventos. Se interpretó una obra cumbre como el Concierto para piano nº 5 de Beethoven “Emperador” con Pierre-Laurent Aimard, como solista. El pianista francés, especialista en repertorio del siglo XX y contemporáneo, no salió triunfante en ese tour de force con la orquesta que constituye el primer movimiento, siendo engullido por la misma en muchos momentos. El sonido justo de potencia y sonoridad, limpio y cristalino en las notas altas, pero más bien sordo en las centrales y graves, capituló -es preciso insistir-, en el exigentísimo primer capítulo de la monumental obra. Mejor el celestial segundo movimiento, en que Aimard “cantó” con sensibilidad la maravillosa melodía bien secundado por Salomen. Discreto el rondó, en el que el pianista francés mostró un limitado virtuosismo con un tempo más bien moroso por parte del director finés, que ofreció un Beethoven austero y escasamente épico, nada prerromántico, poco grandioso.

   En palabras de un amigo “poco emperador”. En resumen, una interpretación a cargo de dos “no románticos”, que intentaron mostrar otra visión de obra tan habitual, conforme a sus afinidades y sensibilidades, pero en opinión del que firma, el resultado fue más bien plano y desangelado. Magnífica, sin embargo, la propina ofrecida, en la que Aimard demostró cuál su repertorio más afín, el que domina y en el que alcanza el mayor nivel. Dos miniaturas de György Kurtág, que interpretó en palabras del propio pianista, Entre dos monumentos (sin duda se refería a las dos obras –o a los dos compositores- que protagonizaban el programa del concierto).

   La excelencia volvió en la segunda parte con uno de los grandes poemas sinfónicos (o “poemas sonoros” en palabras del propio autor como subraya Javier Pérez Senz en su nota al programa) de Richard Strauss. Así habló Zaratustra (Also sprach Zarathustra Op. 30) en una interpertación en la que Salonen volvió a demostrar, que en repertorio postromántico, siglo XX y contemporáneo, es un músico absolutamente referencial. Con una labor bien planificada y mejor organizada, con esa minuciosidad y control que le caracterizan, desplegó ese brillantísimo espectáculo sonoro diseñado por el inagotable talento y virtuosismo orquestador del genial compositor bávaro. Desde el espectacular -y popular gracias, especialmente, al cine y a Stanley Kubrick- comienzo, el maestro finlandés sedujo al oyente con un primoroso juego de detalles, contrastes y colores, entre los que cabría destacar el impactante tutti orquestal de la parte VII y el Tanzllied de la parte VIII, una danza a doble cuerda en la que aún más que el propio concertino de la orquesta, brilló su compañera, la ayuda de concertino. Emotivo el final, en el que el público, en absoluto silencio, no prorrumpió en ovaciones hasta que Salonen terminó de bajar muy lentamente los brazos. Sólo cabría pedir, quizás, a tan estupenda interpretación para que hubiera llegado a lo excepcional, ese punto de transparencia en las texturas y primor en las tímbricas, que, quizás, sólo pueden ofrecer orquestas tan afines a Strauss y de tan colosal calidad como la Staatskapelle Dresden, la Wiener Philarmoniker o la Royal Concertgebouw de Amsterdam.

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