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Crítica: Fabien Gabel y Eric Le Sage con la Real Filharmonía de Galicia

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Autor: Beatriz Cancela
24 de abril de 2017

Fervorosa sensatez

   Por Beatriz Cancela | @beacancela
Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia 20/IV/17. Concierto de temporada. Real Filharmonía de Galicia. Director: Fabien Gabel. Piano: Eric Le Sage. Obras de Mendelssohn, Schumann y Honegger.

   Narran las Memorias de Víctor Hugo que cuando Ruy Blas se estrenó aquel 8 de noviembre de 1838, las condiciones no eran precisamente las más favorables: "la sala no estaba aún terminada, las puertas de los palcos crujían; los caloríferos no calentaban (...)", lo que pudo favorecer que la obra no fuese recibida del modo en que se encumbraría posteriormente en el corpus del literato francés. Siempre crítico ante las injusticias sociales; la desconsideración con respecto al papel del sexo femenino o la denuncia ante la falta de cultura, en cierto modo estuvieron presentes este jueves con la Real Filharmonía de Galicia (RFG) en un auditorio no excesivamente concurrido. Curiosamente algo frecuente en estos últimos conciertos de temporada, pese a lo prometedor de la velada.

   El argumento de condena política y social de aquella España que estaba asistiendo al final del reinado del último de los austrias servirá también de inspiración para la Obertura Ruy Blas, op. 95 (1838) de un Mendelssohn al que le bastarían 3 días para componerla, en un arrebato de vehemencia y delirio, perceptibles en su ejecución. Magnífica sonoridad la que arrancó Gabel a la RFG, reclamando sonoridad, tensión y arranque, dejando a un lado al Mendelssohn más agradable y complaciente. Un fraseo ampuloso, unos matices sobrios y graduales, unos graves mordaces, unos tutti triunfales y unos metales que enfatizaron grandiosos el final, fueron los ingredientes de este genial inicio de velada.

   También alemán y coetáneo a Mendelssohn, Schumann se manifestó a través de las manos de Eric Le Sage y de su sublime interpretación del Concierto para piano en la menor, op. 54 (1845). Obra de gran dificultad técnica pero con el añadido de una intensa carga expresiva, cuya interpretación requiere, ya no sólo un incuestionable dominio del instrumento, sino un categórico conocimiento de la obra del compositor y crítico; premisas que Le Sage atesora y demuestra ante el piano con pasmosa serenidad. El discurso melódico fluyó espontáneo, albergando un amplio catálogo de matices que iban desde la quietud más etérea hasta el desasosiego más abisal. Sin ir más lejos, el primer movimiento constituyó una exhibición de sonoridad y colorido; unas melodías claras en cada mano que se entrelazaban, se acompasaban y revoloteaban, bajo un tempo ágil y con una orquesta embelesada ante el solista. Ese dinamismo dio lugar, al inicio del segundo movimiento, a una aparente sencillez melódica y tímbrica donde el francés, despojado de efectismos, subrayaba los inicios de frase con ataques suaves y unos ritardandi previos a las cadencias que incidían en el carácter frágil de las melodías. Por su parte, la orquesta se mantuvo en un segundo plano aunque no desmereció, defendiendo la partitura con honradez.

   Como una vaharada fresca y sosegada, brindó a los allí presentes el número XIV, Zart und singend (Dolce y cantando), de Las danzas de la liga de David, op. 6 (1837); hermoso vestigio musical de aquella lucha romántica que libraba Schumann contra los "filisteos" del arte. Todo un dominio de la extramusicalidad elevada y donde su esposa, Clara, tiene un especial papel relevante. Vuelta al carácter reivindicativo: el reconocimiento de la igualdad de sexos que ya no sólo encontramos en Clara Schumann, sino en Fanny Mendelssohn o en Andrée Vaurabourg, esposa de Honegger, todas ellas destacadas pianistas en su tiempo.

   Así llegábamos a la segunda parte del concierto, abandonando la decimonónica Alemania romántica para adentrarnos en las colindantes Francia y Suiza contemporáneas, acompañados por Honegger y su Sinfonía número 4 "Deliciae Basiliensis" (1946). Compositor suizo, aunque francés de nacimiento, y miembro del vanguardista Grupo de los seis, compone esta obra por encargo para conmemorar el nacimiento de la Orquesta de Cámara de Basilea, dedicada a su fundador, Paul Sacher, el mismo que también le había encargado la 2ª. La orquesta resurge ante esta obra colorista, guiada por un Gabel que logra articular el conjunto de forma inteligente. Con absoluta coherencia dio sentido a esta partitura que arrastraba, envolvente, por materiales melódicos que se iban relevando y superponiendo entre los distintos timbres. Desde el primer movimiento, Lento e misterioso, donde el concertino arrancaba una melodía lacerante en su registro más agudo, se iría sucediendo un diálogo sobre un ritmo laxo que se afianzaría a medida que discurren los demás movimientos. El segundo de ellos comenzaba con la aparición de las cuerdas graves y, sin cambios abruptos, intervenía un clarinete con una nitidez embaucadora, una trompeta brillante o unas trompas plenas. El último movimiento fue ganando en intensidad, dejándonos intervenciones como la de la caja con el glockenspiel bajo una sencilla melodía, antes de desvanecerse cual imagen onírica, previa al final.

   En definitiva, magnífico el trabajo de la orquesta, que en las últimas ocasiones nos regala espléndidas interpretaciones de buen gusto, fruto de la visión en conjunto de unos directores con las ideas claras y una comodidad evidente. Por supuesto, la elección del repertorio, que en este caso lo configuraban tres formas puramente orquestales de tres compositores comprometidos con unos firmes ideales y con una sensibilidad erigida sobre un criterio racional y rupturista.

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