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Crítica: Fabio Luisi en la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España

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26 de abril de 2021

Haydn teatral y vibrante 

Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. 23-IV-2021. Auditorio Nacional. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Director musical: Fabio Luisi. Soprano: Valentina Farcas. Mezzosoprano: Veronica Simeoni. Tenor: Mauro Peter. Barítono: Jochen Kupfer. Las metamorfosis de Richard Strauss. Missa in tempore belli de Franz Joseph Haydn.

   El concierto de este fin de semana de la Orquesta y Coro Nacionales de España presentaba atractivos suficientes como para que la sala sinfónica del Auditorio Nacional hubiera presentado un lleno absoluto. Dos grandes obras del repertorio escasamente programadas, y la presencia en el podio de un director del prestigio del genovés Fabio Luisi tuvieron que «enfrentarse» a las medidas anti-covid, por lo que dada la presencia del Coro Nacional en la misa de Haydn, el aforo se vio bastante reducido sin venta de las localidades de los bancos del coro, de las dos tribunas, y de más de la mitad de ambos laterales del primer anfiteatro.


   Las metamorfosis son quizás la obra más personal del compositor bávaro. Compuesta a sus ochenta años, con la sabiduría de toda una vida dedicada a la música, con la amargura acumulada durante la II Guerra Mundial y en sus años previos, con el aislamiento de su «casi autoexilio» en su villa alpina de Garmisch, y con el dolor de saber de los destrozos sufridos por las Óperas de Viena y Munich, y la destrucción completa de la ciudad de Dresde, es una suerte de autobiografía musical, escrita en menos de un mes -marzo de 1945- en la que en poco menos de media hora, Richard Strauss nos propone una partitura donde no encontramos las narraciones y descripciones que nos mostró en sus poemas sinfónicos de juventud o en sus sinfonías, sino una partitura donde conviven la amargura con el encanto, y la nostalgia de un mundo que se derrumba con el anhelo de la llegada tras la guerra de un mundo mejor que le devuelva la calidez de un pasado añorado no tan lejano.

   Strauss juega con cuatro motivos principales que se cruzan, se mezclan, se encuentran, se transforman y se modulan en tonalidades distintas. La tradición de los maestros de la 2ª mitad el S.XX nos ha presentado la obra como el punto final del romanticismo musical. Fabio Luisi huye en parte de este cliché, pero no tanto como podríamos prever. Es verdad que no hubo rubatos explosivos, tampoco dinámicas desequilibradas, ni esa permanente lucha interior que la partitura emana. Luisi nos propuso una versión sobria y reposada, llena de vida, pero no una vida atribulada y difícil, sino una más calmada y donde ya se atisba un pronto final. Debido al protocolo anticovid, los veintitrés profesores se distribuyeron por todo el escenario, situándose a bastante distancia unos de otros. Parecía difícil conseguir que aquello empastara, pero el Sr. Luisi explotó el bello y rico sonido de las cuerdas de la orquesta, reforzada con la colocación de los tres contrabajos en la parte posterior del escenario, consiguiendo una versión fluida, sin acentos ni intensidades especiales a la que faltó un punto de tensión y calor para que hubiese sido redonda.


   La segunda parte del programa se dedicaba a la Missa in tempore belli de Franz Joseph Haydn, otra obra quizás no tan crepuscular como las Metamorfosis de Strauss, pero que compuesta a sus 64 años, tras 35 en la Corte de Nicolás Esterházy y sus dos extensas visitas a Londres, también rezuma toda la sabiduría y experiencia acumulada por el compositor. Eran los años de la primera coalición contra Napoleón Tras su jubilación, Haydn seguía cobrando generosamente de los Esterházy, por lo que cuando Nicolás II, nieto de su patrón, le llama para componer una misa anual que celebrara el cumpleaños de su esposa Josefa María. Las seis que compone entre 1796 y 1802 se encuentran entre los trabajos más vehementes, dinámicos e innovadores de su extenso catálogo. La obra, también conocida como la «misa de los timbales», consta de las seis partes clásicas -Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Benedictus y Agnus Dei- aunque algunos de los desarrollos -p.ej el «qui tollis» del Gloria o el «Donna nobis pacem» del Agnus Dei- bien podrían haber tenido una entidad diferenciada.

   Haydn compone una misa bella, intensa, con innumerables aportes sonoros y con un indudable sentido teatral, en el que el Sr. Luisi, director que ha desarrollado una parte importante de su carrera en fosos como los de Semper Oper de Dresde, el MET neoyorquino o la Opera de Zurich, se encontró mucho mas en su salsa que en Strauss. Fue admirable su trabajo de conjunción y ensamblaje de la obra, y como logró conseguir el empaste tanto de la orquesta -unos 40 músicos- que ocupaba todo el escenario como del coro, discreto de efectivos, pero diseminado de nuevo por los bancos de coro -15 miembros en los 140 asientos- y los laterales del 1er anfiteatro -otros 15 o 20- a lo que sin duda colaboró el trabajo de ensayos previo con su director Miguel Ángel García Cañamero.


   Luisi huyó de planteamientos historicistas dándole a la obra empaque y grandeza. En el Kyrie marcó con destreza el contraste entre unos «Kyrie eleison» vibrantes y fogosos, con la orquesta a alto nivel desde el principio, con el bellísimo y lírico «Christie eleison» donde la soprano Valentina Farcas, de voz bella y atractiva, aunque con poco cuerpo y limitado volumen, parecía que en vez de pedir piedad a Cristo le estuviera dando las gracias por habérsela concedido. Tras un grandioso Gloria donde el Coro empezó a mostrar la gran tarde que nos dieron, en el «Qui tollis» destacó más el primer violonchelo de la orquesta que el barítono Jochen Kupfer también de voz atractiva y también de cuerpo bastante limitado. El Sr. Luisi esbozó un Credo teatral y contrastado donde de nuevo se lucieron orquesta y coro. La mezzo Veronica Simeoni mostró el material más interesante de la noche, con un registro alto brillante y un centro efectivo, y un grave algo desguarnecido. Por su parte, el suizo Mauro Peter, de voz colorida y con cuerpo discreto pero efectivo, puso entusiasmo en el «Hosanna» del Sanctus, aunque su timbre no es particularmente atractivo. Se conjuntaron bien los cuatro solistas en el bellísimo Benedictus, mostrando sus virtudes y carencias, pero arropados en todo momento por Luisi. Impresionante el estremecedor “Agnus Dei” final con sus vibrantes metales y timbales, con el crescendo muy bien medido por Luisi y con el vehemente «Dona nobis pacem» donde de nuevo coro y orquesta mostraron lo mejor de ellos mismos, y que fue recibido con grandes ovaciones por un público que aclamó especialmente al Coro, y que no pudo aplaudir en particular al Sr. Luisi, ya que fiel a su tradición, se quedó en un discreto segundo plano.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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